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El hábito no hace a la monja

Por Coni Valente y Matías Lemo

No es que Laura estuviera desesperada, pero hacía mucho tiempo que no tenía sexo. Se había instalado en la Capital hacía más de un año y aunque no encontrara con quién mantener relaciones sexuales, se sentía bien. Al menos, eso aparentaba. Tenía solo dos amigas “íntimas” en Buenos Aires y ni siquiera con ellas hablaba del asunto. Es más, solía inventarse historias con tipos que creaba en su imaginación. Era mejor eso que tener que afrontar el no conseguir llegar a la cama con nadie.

Laura era de Bahía Blanca. Allá habían quedado sus padres y sus dos hermanos menores. También había dejado un novio, más bien un ex novio. Ya en la ciudad de la furia había tenido algunos roces esporádicos con otros hombres, pero nada significativo. Y mucho menos, sexualmente activo. Digamos que ponía su libido en el trabajo. Compartía oficina con algún que otro colega lindo, pero el único que le gustaba era, como decía ella, un homosensual.  Incluso, hubo días en que coqueteó con él pensando en esa idea arcaica de la posible conversión pero estaba claro: no iba a ocurrir.

Iba de mal en peor, y para colmo, no se concentraba en la pintura. Era artista plástica. Se hacía la superada pero la verdad es que no tener sexo la tenía preocupada. Trataba de ocuparse pero no lograba conectar con nadie.

Finalmente, una noche, Laura decidió ir a un recital de un conocido y si bien no se sentía cómoda yendo a eventos en donde no conociera gente, se dijo a sí misma “si quiero cambiar los resultados, tengo que empezar a hacer cosas distintas”.

Era en un pseudo antro en Palermo. Tocaba Willy, voz y guitarra principal de Los veladores satánicos, una banda punkie. Llegó y no vio caras conocidas hasta que a los quince minutos entró Aurelia, compañera de la galería de arte en donde Laura trabajaba como curadora. Compartieron mesa un rato y charlaron animadamente hasta que cayó una horda de chicos y chicas que conocían a su colega. Se juntaron varias mesas y el recital empezó.

En esa salida, Laura conoció Gabriel, que también era músico y no era especialmente agraciado. Parecía hípster. Esos seres emergentes como una subcultura bohemia que lucían con orgullo sus exageradas barbas y se regodeaban hablando en contra de todo lo que representaba el consumismo. Le pareció interesante. Cerveza va, cerveza viene, al cabo de más de dos horas de charla, se pasaron los teléfonos y quedaron en verse otro día.

Se buscaron en Facebook, se agregaron a WhatsApp y Cupido, los likes y los emoticones hicieron lo suyo. Todo muy posmoderno. Laura buscaba sexo y era la primera vez que lo sentía tan cerca.  No dudó en ir en esa dirección y quedó con Gabriel verse en Plaza Serrano para cenar al aire libre en uno de esos bares de moda. Por casualidad, esa noche, Laura se cruzó con el homosensual, que estaba más sexy que nunca, pero indiferente como un gato ante sus encantos, lo eludió todo lo que pudo y aprovechó el hecho de estar con Gabriel para enrostrarle que ella tenía una vida con otros a pesar de él. Supuso por alguna extraña razón que su objeto de deseo sentiría celos. Ridículas conclusiones a las que suelen arribar las mujeres.

En fin, como siempre: Arte, vacaciones, pavoneo, voz sensual, empujoncito, agarradita, miradita, chistecito. “Despabílate, boluda, es un lindo chongo”, se dijo, a la vez que sintió vergüenza por pensar solamente en sexo. Como sea, mientras Laura pensaba en intimidad y mientras su mente se iba hacia lugares oscuros, Gabriel la besó. Y fue prometedor. Ella tiritó y no de frío, y entonces su mente volvió casi de un sopapo al lugar de donde nunca se debería haber ido: “esta noche coges, nena”.

Terminaron en la casa de Laura. Volvieron a besarse en el ascensor. Escucharon jazz en los parlantes de una notebook. Ella estaba nerviosa. Pensó en abrir un vino.

—¿Querés algo para tomar?

—Agua —dijo él, acompañando la respuesta con una sonrisa de sanidad infatuada.

Mientras iba a la cocina a buscar el agua, pensó: “¿me pidió agua? ¡Qué raro!”. De camino pasó por el baño, se arregló el pelo y se miró al espejo haciéndose a sí misma un gesto de “vamos Laurita, que vos podés”. Al entrar a su diminuto lugar de aseo, vio un montón de bombachas en el bidet que guardó en el vanitory.  Para cuando regresó al living sonaba Blue in green de Miles Davis y Gabriel ojeaba unos bocetos de ella que había encontrado entre las revistas de la mesa ratona.

—Podrías hacerme un retrato, ¿no? —lanzó él, con una postura digna de Felipe IV.

“Boludeces, no”, pensó ella, que respondió, hábil:

—Cuando quieras.

Se sentaron en el sofá-cama y se besaron un rato largo. Él la besó en el cuello, uno de los puntos débiles de ella, y le dijo:

—Me encantaría que te gustaran las cosas asquerosas, para que vieras que más asco dan el miedo y la soledad

¡Point! ¡Point! ¡Point! La bolita de pinball tocó cada fibra íntima de Laura, se activó su sensualidad y su corazón dio un giro de ciento ochenta grados. Quizás no fuera solo sexo. Se repitió para sí “las cosas asquerosas para que veas que…”. Y pensó en Egon Schiele. Creyó que le hablaba Egon Schiele y empezó a decirle Fritz, aunque se llamaba Gabriel. Se sintió envuelta en una burbuja de lujuria repentina y el halo de sofisticación que él pavoneaba la excitó. Quiso imaginar algún tipo de fantasía que involucrara estar por coger con un refinado señor del arte en vez de con un barbudo medio sucio. Ciento ochenta grados más, y estaba perdida.

Gabriel le desabrochó el corpiño, le sacó los jeans y la tocó. Laura ya se había olvidado de sí misma y estaba a horcajadas sobre el amante. Pero algo no funcionaba. Él se limitó a decir “pará” y la besó en el cuello de nuevo, medio sopapa, medio babosa. Ella comenzó a tocarlo.

—Perdoná, debe ser que estoy cansado. El alcohol.

Laura se sentó al lado y le dio un beso en el cachete.

—Debe ser porque me gustás mucho… —agregó él.

Ahí Laura se debatió por dentro: “o lo mando a cagar o dejo que me chamulle”. Eligió lo que era más propio de su carácter. Charlaron un rato largo sobre el arte y justo ahí recordó un tuit que había leído esa mañana que decía: “Quiero un novio amante que me hable de arte hasta que me duerma”  y también se le vino a la mente lo que le había sugerido esa frase “yo prefiero hacer el amor antes de dormirme”.

Se iba haciendo tarde, Laura madrugaba al día siguiente y no pasaba nada, así que le dijo a Gabriel, con un tono suave pero sugestivo, que se quería ir a dormir.

—¿Cómo, no vamos a dormir juntos? —fue la voz de alarma de él.

Laura le dijo que no, que estaba todo bien con él, que le caía re bien, pero que prefería dormir sola. Y ahí él se sacó. Le dijo de todo, frases hechas, que incluían insultos como “puta, mierda, cualquiera, igual a todas, no merecés lo que tenés”. Ella no lo podía creer: un tipo que no la conocía, con aires de grandeza, la estaba maltratando sin motivos. Ella solo quería volver a tener sexo con alguien y al parecer él no estaba dispuesto a hacerlo. Excusas o no, el tipo se había encabronado por no poder quedarse a dormir con ella ¿con qué derecho?

—Pará, banca, cálmate, ¿qué te pasa? —le dijo Laura al borde del enojo.

Empezó a tener miedo por sus cosas, por su departamento, por ella misma. Pensaba que tenía que calmarlo y lo único que quería era cerrar la puerta tras de sí, pero no podía simplemente echarlo. En el estado que estaba Gabriel, primero tenía que calmarlo, sino podía reaccionar de cualquier forma. Ella, que no era sumisa, se sintió infinitamente insegura. Le dijo que salieran a tomar aire y logró que bajaran. Lo acompañó hasta la parada de colectivos. Una vez afuera, recuperó un poco de tranquilidad. Nunca la habían humillado así, en su propia casa y lo peor, por nada. El colectivo que sacaría a Gabriel de la vista de Laura, por suerte, llegó más rápido de lo que la ira de ella podría crecer y él se fue relativamente calmado.

Al día siguiente, Laura tenía un mensaje en el celular. Era una foto de unos renglones de un libro, estaba enfocada la palabra “Laura”. Abrió Facebook y vio un estado ambiguo, claramente dedicado a ella. Ese mismo mediodía, él le escribió un inbox en donde le pedía disculpas tratando de ensayar algo así como una explicación que se reducía a “estaba borracho”. Ella lo borró de todas las redes sociales.

El tipo, evidentemente violento, merecía una denuncia, que Laura nunca hizo. En cambio, hizo un retrato genial (o quizá no tanto) de Gabriel, a lo Egon Schiele, a quien, después de aquel episodio, dejó de venerar. Todavía sigue sin haber logrado la gran liberación que imaginaba en la Capital. Ni hablar del amor. Y mucho menos del sexo.

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