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Javier Cababié: psicoanálisis y periodismo como hachas

Por Luciano Sáliche

Anunciar el fin del psicoanálisis, algo que se viene gritando desde hace más de tres décadas, tiene más que ver con lo que puede llegar a suceder o no en un consultorio que a un discurso que sirva de prisma para mirar el mundo. Que cada época tenga su pena implica pensar la especificidad de una contemporaneidad que requiere nuevas herramientas para comprender, ya no de dónde venimos o hacia dónde vamos, sino algo más sintomático: qué es lo que nos sucede.

Hace unos años, Slavoj Žižek sostenía que, frente al fundamentalismo de la liberación donde la exigencia del goce termina volviéndose opresiva, el psicoanálisis es más necesario que nunca. Esto habla un poco de por qué la crónica de una muerte anunciada del psicoanálisis no es más que un bestseller mal escrito, posiblemente por los paladines del autoayuda, y por ende, con argumentación mercantil. Entonces, ¿qué decir de Freud que ya no se haya dicho? ¿Y qué decir de Lacan? ¿Cómo mirar esta disciplina de una forma tal que aún se puedan realizar trucos para develar relaciones y tensiones con nuestra contemporaneidad? Javier Cababié publicó La práctica del salto: psicoanálisis más allá del periodismo (Editorial Letra Viva), donde traza una nueva línea para pensar nuestro presente tan atravesado por las experiencias mediatizadas que proponen los medios de comunicación y las plataformas digitales.

“El periodismo se ofrece como el representante en la tierra de la verdad, la objetividad, la neutralidad, la transparencia y la justicia –dice Cababié en entrevista con revista Polvo–. Nada muy lejano a la propuesta de Dios, con la diferencia de que Dios está en la mente de las personas pero el periodismo es una cosa que podemos tocar todos los días. Si este orden de cosas está en crisis o herido de muerte, cosa que no creo, sería una muerte digna de celebrarse, más no una muerte digna. Pero, insisto, eso no está ocurriendo ni tiene previsto ocurrir. Las fake news, la posverdad, y todas las novedades de las redes sociales no son nuevas ni originadas por las redes sociales, vienen de cualquier otro tiempo y lugar, y no le hacen cosquillas al periodismo, al contrario: es el propio periodismo el que hace uso de las redes, un uso pésimo pero funcional porque anula su amenaza”.

Aquella vieja sentencia nietzscheana de que ya no existen hechos, sólo interpretaciones, se renueva con la digitalización de los discursos en la era de internet. ¿Cómo desentendernos del mejunje mediático de que todo vale nada, todo es opinable y manipulable, todo es panelismo y distracción? “Cristina Fernández de Kirchner, como una diosa, hizo mucho para acabar con la inmaculación del periodismo –continúa Cababié–, y eso tal vez haya sido lo mejor de su grandilocuencia, pero ya vemos, no alcanza. El periodismo que ejercen los medios masivos es conservador (buscar conservar su masividad) y como todo conservadurismo bien llevado intenta integrar y apropiarse los elementos disonantes, en este caso las redes sociales. Crean la ilusión de que el público es protagonista porque manda al noticiero un video mal filmado de una lluvia que no llega a granizo en la esquina de su casa. Filma desde el balcón, porque está todo bien con el periodismo ciudadano pero tampoco da para mojarse las medias, y se clava cinco horas esperando que le pasen su video, que posiblemente no reconozca porque será idéntico al video anterior.”

Cababié utiliza el concepto lacaniano de losange, un rombo verticalizado, que posibilita establecer una relación entre dos elementos sin que el conector agote otras relaciones. En su caso, psicoanálisis y periodismo (la música será el gran discurso transversal) que son abordados mediante fuertes puntos de encuentro como la verdad, el hablante, la mirada/visión), el yo del enunciado y el tiempo lógico y cronológico. Entonces es ahí donde aparece otro asunto: con la llegada de internet y las redes sociales se abrió una suerte de crisis o renovación -según el estado de ánimo del que lo juzgue- del periodismo, pero ¿y al psicoanálisis?, ¿qué le representan estas nuevas tecnologías? “También encuentra en las redes sociales una amenaza –responde–, pero su propia impotencia le niega los recursos para apropiárselas. (Nuestra historia reciente nos enseña que el ejercicio de la apropiación se ofrece sencillo para el poderoso.) Entonces se aferra en la ortodoxia y reza para que todo aquello no lo interfiera en su actividad. A veces lo logra. En el medio se juega la disputa generacional a la manera de efecto de campo: los de afuera pugnan por entrar, los de adentro quieren cerrar filas. Las redes, ni siquiera lo disimulan, no ofrecen igualdad de oportunidades: solo evidencian la desigualdad.”

Hay una tesis más que interesante que aparece en La práctica del salto sobre la mirada del cronista y la importancia de que la escritura contemple la falta, algo propio de la teoría psicoanalítica: “lo importante no es lo que el sujeto ve, sino lo que el sujeto no ve; precisamente, la mirada”. El autor le comenta a Polvo: “El periodismo es el discurso de la voluntad, el psicoanálisis es la apuesta por el encuentro con lo involuntario. El periodismo te dices ‘vos podés’. El psicoanálisis te dice ‘vos no podés’, pero algo te va a pasar, estate atento. El periodismo, sobre todo el periodismo progre, invita a una profundización de la visión como ‘mirar es ver mejor’ o ‘mirar es atender a los detalles’. El periodismo busca focalizar, el psicoanálisis sabe que un día te vas a encontrar con algo y te va a llevar puesto: le asigna una importancia al golpe en el pie contra el filo de la cama cuando ibas hacia la cocina, desenfocado, en la noche oscura.”

No es nuevo decir que cuando los dirigentes políticos de los partidos tradicionales dicen que la gente quiere esto, que la gente quiere lo otro, se refieren a la opinión pública, esto es, lo que los medios dicen que dice la gente. Justamente, una mediatización de lo real (si es que lo es). De esta forma, el periodismo se erige como constructor de verdad, incluso muchas veces por encima de la política. Pero a Cababié no sólo le interesa el periodismo como denominador común (“la lógica del Todo es la lógica imperante en los medios masivos de comunicación”) sino también sus contradicciones más fértiles. Por ejemplo la crónica (inscrita “más allá del periodismo”) que, según escribe, “propone prescindir de la tentación del Todo, para dar lugar a una lógica del no-todo: no-todo puede ser homologado, y sobre todo, no-todo puede ser contado”. Una forma de contar la realidad que se aleja de la solemnidad de las tapas de diarios y de los zócalos de noticieros y que, pese a la proliferación de cronistas solemnes que creen que estar ahí es sinónimo de comprenderlo, aún tiene mucho para dar.

Mientras están los que aseguran que se trata de un género acabado, Cababié propone llevarlo a otro plano de discusión. “Los debates en torno a la crónica periodística son escasos, no cuentan con un gran historial y sobre todas las cosas, y acá está, creo yo, el problema central, son debates propuestos, exclusivamente, por los propios cronistas. Salvo contadas excepciones, la academia nunca pareció interesarse en desentrañar los ejes discursivos de la crónica. Entonces la crónica no ha sido alimentada más que por la propia crónica y el testimonio de sus cronistas, que en definitiva es la misma cosa”, dice, y continúa: “Imaginemos si los psicoanalistas hicieran un escrito sobre su práctica: cómo se preparan para atender, qué desayunan, qué leen, qué hacen con su angustia. Bueno, no estaría mal. Incluso, bien escritos, podríamos considerar comprarlos. Ahora imaginemos que el conjunto de esos escritos conformaran la totalidad de la literatura psicoanalítica. Bueno, eso es lo que le ocurre a la crónica periodística. En definitiva a la crónica le falta su Lacan, y nunca lo tendrá porque no hay Lacan sin Freud, y a la crónica, sobre todas las cosas, le falta un inventor.”

Si atendemos la prédica semiótica, tanto el periodismo como el psicoanálisis son discursos que dan cuenta de lo real. Ya lo dice Ingrid Sarchman en el prólogo del libro: “ambos coinciden en una modalidad de reconstrucción de los acontecimientos”. Pueden ser meros reproductores de las condiciones desiguales y opresivas que nos rigen, pero también, y he aquí la posibilidad de un discurso, ir más allá de la esquematización, de lo ya dicho, de lo ya sabido, sin miedo al zigzagueante acto de interpretar y lograr eso que decía Kafka en una carta de 1907 sobre los libros: “ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Eso es lo que nuestro mundo necesita. El periodismo y el psicoanálisis aún pueden ser ese hachazo.

 

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