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Eso no se ha visto

Por Luciano Sáliche

1.

Hoy las series hablan más o menos de lo mismo: ambición, amor, felicidad, justicia, heroísmo. ¿Qué otros temas podrían tratar? ¿Qué otros sentimientos suceden en las vidas cotidianas de los chicos que miran Netflix o hacen zapping por HBO un martes a la noche después de Intratables o van al cine a buscar un poco de drama y diversión levemente intelectual? De un tiempo a esta parte, internet le puso unas cuantas ventanas a esa oscura habitación que fue el siglo XX; el problema es que los vidrios son todos espejados. Por eso, el corpus de productos que dan vueltas por el itinerario de esta época adquiere un tono personalista, fácilmente adaptable a los dilemas morales que cualquier ser humano ignoto y mediocre transita a lo largo de su vida ignota y mediocre. Un espectador que se identifique fácilmente, que sienta lo que siente el protagonista, que se conecte a la trama por una asociación directa con lo que le sucede, le sucedió o quiere que le suceda en su cotidianidad; esa misma sinapsis emocional que te lleva a apretar el botón de compartir cuando, en la imagen posteada, un perro igual al tuyo, solo que golpeado y maltratado, necesita alguien bueno como vos que lo adopte.

2.

En las ficciones escolares de Estados Unidos, los chicos suelen decir weird. Lo dicen con la cara haciendo una contracción, como arrugándola; una expresión de asco. You are so weird, le dice Hannah Baker a Clay Jensen en 13 reasons why. Sin embargo en esa pronunciación hay una ironía: la sonrisa que se dibuja cuando lo dicho ya es dicho. Es que weird, que podría traducirse perfectamente como raro, es una palabra exquisita, calificativa, determinante, que pende entre dos sensaciones contrapuestas, la peyorativa y la elogiosa, porque las condensa. ¿Cuántas series weird se proyectan hoy en las pantallas planas? The O.A. es una serie weird. Hay varios motivos pero, fundamentalmente, porque al ver pasar los capítulos –intensos e imponentes como los trenes eléctricos que cruzan las avenidas– y escuchar la historia que narra Brit Marling, la actriz principal que interpreta a Praire Johnson, el espectador comienza a experimentar algo extraño, novedoso, inquietante, eso que Leopoldo Lugones narraba en La Metamúsica, cuento de Las fuerzas extrañas (la editorial Odelia hizo una buena reedición en 2016): “¿Qué estaba diciendo aquella alucinada? ¿Qué torbellino de extravagancias se revolvía en su cerebro?”

3.

El comienzo tiene que ser un golpe seco, como un látigo de cuero en una espalda sin corpiño. Así arranca The O.A., la serie que estrenó su primera temporada en Netflix, sus primeros ocho capítulos en diciembre de 2016, cuando Praire vuelve a casa después de haber estado desaparecida durante siete años; era ciega, pero cuando la encuentran, puede ver. Ahora tiene 28 años y en las redes sociales todos hablan de ella: ¿una chica no vidente que, luego de desaparecer siete años, aparece sin su ceguera y, producto del shock, no sabe dónde estuvo, qué le pasó, cómo recobró la visión? Si bien sus padres adoptivos no lo saben, ella se quedó ciega en Rusia, de muy pequeña, cuando un ataque al colectivo que la llevaba a la escuela hizo que cayera al río congelado. Durante unos segundos murió –la muerte, a veces, puede ser reveladora–, pero se salvó. ¿Dónde estuvo esos siete años? Fue secuestrada por un científico que estudia las ECM, experiencias cercanas a la muerte. Cuando ella llega a su cautiverio, está junto a varias personas que han tenido una ECM, en peceras pegadas pero diferentes, bebiendo sólo agua de río y plantas, aislados unos de otros, separados por un vidrio grueso. ¿Por qué están ahí? Todos los secuestrados, luego de morir, reviven con una suerte de sensibilidad superior; por ejemplo, Renata –Paz Vega prueba como cubana de pelo corto– toca la guitarra con una velocidad inaudita. En otra habitación, Jason Isaacs, como el Dr. Hunter Hap, estudia absolutamente todo lo que hablan y los somete a experimentos: busca saber con qué conecta la vida humana cada vez que está cerca de la muerte. Allí está, según este científico, el sentido de la existencia.

4.

¿La ciencia tiene ética? Aunque el Tratado Hipocrático que todo profesional de la salud debe jurar comience con primum non nocere (“lo primero es no hacer daño”), hay una larga tradición de experimentación con humanos: Josef Menguele hería e infectaba a los prisioneros de los campos de concentración para probar la sulfamida como antibiótico, Keith Reemtsma trasplantó riñones de chimpancé a enfermos con insuficiencia renal, J. Marion Sims hacía operaciones ginecológicas experimentales en esclavas sin anestesiarlas. Cada época da un margen ético para trabajar; y si no lo da, la ciencia se las ingenia.

5.

¿Cuánto vale un avance científico? ¿Cuál es el propósito de ultrajar cuerpos y vidas como si fueran objetos, materiales descartables, piedras en estado vivo? “Saborear un poco de verdad”, dice el Dr. Hap y sus ojos se llenan de un brillo infantil, como si estuvieran flotando entre los anillos de Saturno. Su teoría es que hay infinitas dimensiones con infinitas posibilidades y aquí, en este presente, sólo estamos en una. Las personas que experimentan una EMC salen de esta dimensión y conectan con otra; al no morir, vuelven a esta. En un ególatra y tenso diálogo con un colega que también estaba trabajando en el asunto con sus propios conejillos humanos, asemejan sus trabajos a los de Copérnico: “Imagina el alivio que le supondrá a la humanidad saber que lo que hay tras la muerte es más vida”. ¿Por qué The O.A. es una serie que sobresale entre tanto enredo naif de costumbrismo ambicioso que prolifera en las listas de las series más vistas? Porque logra alumbrar –permítaseme el chiste obvio– más allá de esta dimensión. Por eso la ciencia ficción es necesaria: para salir de la burbuja del yo, para pensarse dentro de una sociedad, un mundo, un universo, y dejar de acotar la fascinación a vulgares, monótonas e intercambiables situaciones personales que le pasan a todos y a cualquiera. Porque eso… como sugiere el George Harrison de Los Simpson, eso ya se ha visto. Por suerte, The O.A. no.

 

 

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