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23-06-2017 Ficciones

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Por Enrique Balbo Falivene

“Sólo intento contar una historia y tal vez comprender
los resortes ocultos de ésta, aquellos que
en su momento no vi y que ahora me pesan”.
Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.

Cuando los militares dieron el golpe del setenta y seis me encontraba allá en el norte, en las entonces agrestes tierras del Curuzú.

Los festejos duraron casi una semana y, aunque hoy esto resulte complejo de entender, las razones eran sencillas: la gente estaba harta de aquella viuda y su nigromante particular, su brujo medieval, su zahorí de campaña; si bien Curuzú Cuatiá tenía un importante destacamento militar (lo único que había, aparte de un hotel decadente, guaraníes, monos, moscas y serpientes), los que estaban festejando en las calles eran civiles de a pie y boina ladeada. “Un clavo saca otro clavo”, le escuché al único relojero del pueblo y nadie –ni siquiera aquel metódico artesano- podía sospechar la ola de terror que estaba a punto de desplegarse por toda la geografía patria, nadie podía oler siquiera que la Argentina volvía a cumplir –y sigue cumpliendo- su eterna pulsión por autofagocitarse.

Así, mientras los fastos duraban y la gente se saludaba con la venia por la calle, mi amigo Nelson y yo nos internábamos cada siesta en la selva, bajo una humedad pegajosa y un calor insoportable, pero con toda la ilusión aventurera: íbamos en busca del curupí, íbamos a la caza del monstruo.

El curupí nos resultaba un ser absolutamente fascinante, tibiamente erótico, advenedizo y sometido de por vida a sus deseos (ay) carnales. Al parecer el bípedo medía casi dos metros, negro como un teléfono, rápido como un rayo, cubierto de pelos, ausente de coyunturas y una principal característica, su enternecedora y erótica morfología era que su verga medía más de tres metros; como tal, con semejante y tan molesto y elástico atributo, se veía obligado a llevarla anudada a la cintura.

Los adolescentes de ambos sexos teníamos prohibida la entrada a la selva en lapsos de la siesta ya que el curupí prefería las horas de las chicharras para atacar. Entre sus distinciones estaban las mujeres, pero si se cruzaba con algún tierno varón, tan ingenuo e imberbe como Nelson y yo, también intentaba la penetración; el curupí era bisexual y era evidente que no le hacía asco a cualquier delicado bocado.

Sin embargo nosotros íbamos sobradamente preparados para el encuentro con el monstruo. Llevábamos agua, frutas, nuestros rifles de aire comprimido para disparar a la verga del monstruo (era difícil no acertar) y nos forrábamos el culo con cuerdas de esparto y bolsas de arpillera. Con tanto pertrecho, pensábamos, la penetración sería más bien para la bestia una dolorosa imposibilidad. También llevábamos señuelos: aguardiente, miel y tabaco ante los cuales el Curupí sucumbía, más una estampita de nuestros santos protectores, René Houseman y Carlos Babington.

Una vez en la selva (Nelson, los guaraníes y mensúes le llamaban el monte) trepábamos a lo más alto de algún árbol desde dónde controlábamos los senderos, y allí nos dedicábamos a esperar. Pero como el curupí no aparecía nos aburríamos y disparábamos con los rifles a cualquier cosa que nos parecía que se movía (no se movía nada), a comernos las frutas,  y a masturbarnos con alegría desde lo alto del ramaje, casi como dos monos. Los dos, secretamente, imaginábamos que el monstruo nos penetraba, que destrozaba nuestras protecciones anales con un par de embestidas de su verga, mientras sentíamos su aliento y sus bufidos de toro en la nuca.

Nelson decía que nuestro esperma entre la hojarasca de la selva ayudaba a nacer a las serpientes, y que nuestro esfuerzo era importante y en un futuro no demasiado lejano sería recompensado. De hecho cada vez había menos ratas y más yararás; nuestra contribución al delicado equilibrio selvático estaba garantizada.

Luego, cuando juzgábamos que los adultos habían cumplido la siesta, volvíamos al pueblo arrastrando los pies de tantas pajas, del mismo modo que el curupí arrastraba su gigantesca verga por la selva.

Así estuvimos muchos veranos persiguiendo a la bestia hasta que un año, y ya en mi pueblo pampeano,  tuve al curupí de frente, en un baño y a escasos metros de distancia. El club en el que jugaba baloncesto contrató a un negro; no sé, nunca supe, de quién fue la brillante idea de traer a aquel muchacho de Chicago que se llamaba White. Medía más de dos metros y fue el primer negro que vi, que muchos en el pueblo vimos, en nuestras vidas.

Después de entrenar, en las duchas, el negro White lucía su hermosa verga negra. Se enjabonaba y parecía disfrutar de la admiración de los que nos sentábamos y no nos atrevíamos, por vergüenza, a desnudarnos ante semejante manguera. La verga le rondaba casi las rodillas y el negro la trataba con una dedicación que parecía que iba a exponerla en alguna vitrina, casi como la verga en formol de Rasputín.

Pero como White no hablaba ni una palabra de castellano (no consiguió pasar, en los años que estuvo en el pueblo del “hola amigo” y “adiós amigo”) le pusieron una traductora que lo acompañaba a todos lados (yo los he visto entrar juntos, por ejemplo, en la consulta del urólogo; al negro de tanto en tanto, le entraban terribles picores en el culo). Aquella mujer tendría unos treinta años, la mirada triste, era bella como una flor y tenía un cuerpazo. Todos fantaseábamos con la traductora de mirada melancólica.

Al negro le alquilaron una pieza en un viejo, húmedo y destartalado edificio de apartamentos al que la traductora iba a buscarlo todos los días. Al poco tiempo se fue a vivir con él y todos imaginábamos a tan esbelta mujer cabalgar en ese enorme rabo negro.

Pero lo cierto, lo que después supimos, fue que el negro no sólo era un pésimo jugador, era también altamente ineficaz en los asuntos del amor y sucumbía ante el alcohol y las drogas. Sólo servía para dar grititos en la cancha; de hecho, cada vez que conseguía atrapar un rebote parecía que había descubierto América de la alharaca que hacía.

El negro White estuvo un par de temporadas entre nosotros y después se esfumó, aunque a los pocos meses ya había dejado de ser una novedad. La traductora desapareció con él.

Muchos años después, una mañana, después de una juerga antológica en el bajo porteño, terminé desayunando en el café Las Violetas de la avenida Medrano, y allí me cruce con la mirada melancólica de la traductora. Me acerqué, y aunque ya habían pasado los años,  conservaba su estupenda cara triste, su endiablada melena castaña, su apagada y pálida piel. Me contó que el negro White era adicto a la morfina y que solía pincharse en las piernas, también le rondaban las pastillas y el alcohol. Me confesó, y de inmediato me arrepentí de haber preguntado, que nunca habían sido amantes. White no conseguía mantener una conversación más o menos decente, del mismo modo que no conseguía tener algún deseo sexual. Y si vivían juntos era porque el pobre muchacho no sabía hacerse ni un huevo frito. Cuando nos despedimos, mientras caminábamos juntos por Rivadavia, me dijo que solía ir por Las Violetas los domingos por la mañana. Era una invitación que meses después intenté cumplir pero ya era tarde. Me dijo sin pesar uno de los camareros que la leucemia se la había llevado. Después supe también que el negro White había muerto en una sucia calle de Chicago de una sobredosis.

Mi amigo Nelson, mi compañero de aventuras en la selva, murió en un bar. Quiso mediar en una pelea y alguien con un machete le abrió por error la femoral. Se desangró en no más de cinco minutos.

A veces me pregunto por qué todos ellos se fueron y yo insisto en vivir. No tengo respuestas a esto; pero si sé que he desarrollado alguna sensibilidad para narrar todas las historias de la gente que alguna vez tuve a mi lado. Narrar también es recordar, y recordamos no sólo lo que vivimos, recordamos lo que hemos amado.

Aunque hoy mire desde la distancia y me esconda detrás de una cortina (el que esté dispuesto a mirar puede ver mis pies debajo) sé que en los momentos de vértigo no he titubeado y he sido más o menos valiente. Y tengo esperanzas: algún día el curupí y yo nos encontraremos frente a frente; le contaré las vidas de White, Nelson y la traductora. Quizá ya las conozca, pero estoy seguro que tendrá ganas de escucharme recostado sobre su lánguida verga negra.

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