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Eric Schierloh: “Escribiendo es la forma en que habitamos internet”

Por Luciano Sáliche | Foto: Hernán Zenteno

Este fin de semana se realizará la sexta edición de la Feria de Editores, un pequeño cóndor que está dejando la pubertad para ser el adulto que todos ansían ver: vuela, planea y caza, casi tanto como el águila imperial que lleva 43 años deambulando La Rural llamada Feria del Libro. Pero con esta experiencia autogestiva que crece y crece, ¿puede, la Feria de Editores, seguir pensándose en contraposición, alternativa o resistencia frente a la del Libro? ¿Acaso ya no se ganó un lugar firme y sólido en la agenda cultural argentina? Esta vez será en Santos Dumont 4040 los días viernes 9, sábado 10 y domingo 11 de junio de 15 a 20 horas con entrada libre y gratuita. Buenos catálogos, charlas, debates, firmas de libros y más de 140 editoriales pequeñas y medianas de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay y Venezuela buscarán abrir aún más las alas.

Barba de Abejas, una editorial que, además de pequeña e independiente, es artesanal, estará formando parte del evento. Su editor, Eric Schierloh, la dirige desde su creación en 2011. Y además de llevar adelante este proyecto colorido y minucioso, es traductor y escritor: publicó las novelas Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012), El maguey (2016) y La mera tierra (2017) y los libros de poemas Costamarina (2012), Los cueros (2014), Frío en las regiones equinocciales (2014), El mamut (2015), Por el camino de tierra (2017) y Troglodytes (2017). Particularmente sobre la edición, sobre la Feria de Editores, el proyecto EDITORAA, la literatura post internet y el mercado literario local, habló con Polvo.

¿Por qué editar hoy libros en Argentina?

Porque “la Argentina” es el territorio que alcanza mi praxis, lo que quiero hacer; en este territorio escribo, traduzco, edito y publico. Aunque si mañana me mudara a Islandia seguiría haciéndolo. Con esto quiero decir que para mí el territorio es más bien lo que hago, lo que estoy haciendo, no tanto dónde lo hago (lenguaje de por medio, claro, aunque publicar en español en Islandia en el año 2017 es algo perfectamente posible y hasta viable, imagino). En cuanto al otro matiz que podría tener la pregunta, lo hago porque creo que tanto el trabajo con el texto (escritura, traducción, dibujo, edición) como con el soporte material (edición, encuadernación, publicación) son formas viables de trabajar con los materiales que más me interesan y de comunicar ciertas cosas con un grupo pequeño de personas.

¿Cuál es tu objetivo al llevar adelante una editorial? ¿cuál es la misión -por llamarle de alguna forma- de Barba de Abejas dentro de la cultura y de la literatura?

Antes que nada, publicar lo que quiero, como quiero y según mis propios tiempos. Formar un catálogo que le dé identidad y distinga a la editorial, y que paralelamente haga sistema con mi propia escritura o vida artística, por así decir. Traducción mediante, poner a disposición ciertas obras de autores que a mí me interesan y que no estaban disponibles antes para el ámbito de nuestra lengua. Una editorial es un auténtico work in progress y un contexto ideal para desarrollar muchos de mis proyectos así como de contribuir con el de otros pocos autores. Creo que lo que vos llamás “misión” es lo que yo llamo “destino”: mantener Barba de Abejas fiel a la autogestión y a la impronta textual y material que tiene y que (creo) en parte distingue al proyecto.

Una especialidad de Barba de Abejas está en la traducción de obras inéditas de clásicos, muchas veces de textos que nunca antes se tradujeron a nuestra lengua. ¿Cómo se lleva esta odisea en medio de un mercado con editoriales enormes y contenidos coyunturales?

Por un lado diría que tanto Barba de Abejas como otras editoriales diseñamos estrategias para sobrevivir a partir de esos espacios vacíos o intersticios que dejan los grandes grupos o conglomerados editoriales (no son editoriales de editores, son, la mayoría de las veces, grandes grupos o conglomerados de sellos editoriales a cargo de publicadores, en el mejor de los casos, y eso es muy diferente: en el fondo, Planeta y Dunken no son muy diferentes). En ese editar mucho y algo idióticamente, en ese correr para alimentar la “industria cultural”, inevitablemente dejan cosas de lado, y esos son los pequeños nichos de mercado que venimos a ocupar (y a generar, también) muchas editoriales microscópicas, pequeñas y medianas, estrategia mediante. Por otro lado, los contenidos coyunturales son más bien típicos de ese idiotismo de publicación rápida de los grandes grupos de sellos editoriales, y por eso es que trabajan a la velocidad del sonido y acaban destruyendo sus catálogos de acumulación (saldo, pulpa, desaparición). Lo mío es más bien el ritmo editorial de la caminata, y asegurar la pervivencia del catálogo, ejemplar por ejemplar, hecho a mano, al menos mientras la editorial exista. En este sentido, sería estúpido o suicida querer funcionar según las reglas del libro industrial (producción, venta, difusión, etc), ocupar sus espacios más representativos (cadenas de librerías, grandes superficies, FIL, etc) y perseguir ese tipo de crecimiento exponencial que es su propio “destino”. No me interesan para nada esos espacios.

La editorial va a estar en la Feria de Editores, ¿qué lugar ocupa esta feria que viene creciendo a pasos agigantados?

Para mí la Feria de Editores es la feria más importante de la Argentina. Aspiro a que tenga una larga continuidad y siga creciendo (siempre dentro de su propio gesto inicial e idea, evitando desvirtuarse), y quisiera que en el futuro tenga otras ediciones a lo largo del año en otros lugares del país: una por región, por ejemplo, no estaría nada mal (en cierta forma, como existe ya la FED La Plata, cuya organización está a cargo de mis hermanos héroes de Malisia). Hay además de la FED, claro, otras ferias que vienen instalándose y creciendo y que hacen sistema con ella (UNLP, UNQUI, Librósfera, etc, y sólo estoy mencionando algunas de las de Buenos Aires), justamente porque proponen un recorte (una edición), nuclean similitudes y políticas editoriales afines y propician experiencias de auténtica cercanía entre autores, lectores y editores. Ahí sí reconozco un lugar de pertenencia. Eso sí que me interesa. Ahí pongo el hombro.

Por otro lado, ¿de qué se trata el proyecto EDITORAA?

Llevo adelante un relevamiento de editoriales artesanales de Argentina, tanto de las que están activas como de las que suspendieron o finalizaron sus publicaciones y que en cualquier caso pueden considerarse parte de la historia de la edición independiente artesanal en el país (una historia sobre la que aún se escribe muy poco). Es algo que hago en gran parte por una inquietud personal, aunque al mismo tiempo creo que puede resultar una buena herramienta para aquellos que están iniciando este camino. Quiero saber cuántos somos, dónde estamos, qué publicamos, cómo hacemos circular el material, qué problemas tenemos y qué estrategias diseñamos, entre otras cosas. Quizás en algún momento, interés por medio del Estado, esta herramienta pueda servir para atender reclamos concretos de este microsector editorial, generar espacios de encuentro, herramientas de difusión, estrategias colaborativas, etc. Aquellas editoriales que entren en el perfil o recorte planteado allí pueden escribirme a proyectoeditoraa@gmail.com y colaborar respondiendo un cuestionario.

Viviste el mundo de los dos lados, antes y después de internet, ¿cómo cambió la literatura en esta bisagra? ¿Creés que internet deterioró o alentó la relación de la sociedad con la literatura?

Creo que internet alienta nuestro contacto con la escritura, aunque esa escritura en general es (lógicamente) poco literaria. Es obvio que internet modificó nuestra forma de leer y de narrar (creo que en la misma medida que lo hizo la enciclopedia, algo bastante parecido a una parte de internet, por cierto), pero sobre todo de escribir, pues escribiendo es la forma en que habitamos internet. Nuestras vidas digitales son, básicamente, textos. Por otra parte, estos dos mundos pre y digital siguen coexistiendo, superpuestos aún como en un palimpsesto, y entre ellos hay (todavía hay) derrames, contaminaciones, cruces. Tendemos a olvidar eso. Cuando estoy en medio del campo y escribo y dibujo en mi libreta, “haciendo un libro”, internet no existe. Luego sí, claro. Pero entonces no, o en todo caso es apenas un espejismo que vuelve la realidad más real, prístina. Internet me ayudó a escribir algunas cosas (tengo un libro escrito enteramente con mis lecturas en internet, un poco para combatir eso de que ahí sólo se pierde el tiempo, y finalmente resultó un libro interesante: se llama La comadreja montó al pájaro carpintero y juntos volaron atravesando el bosque y va a salir este año en coedición Bajo la luna/EME, junto a otros dos textos también algo experimentales), y sin dudas fue fundamental para llevar adelante la editorial, para darla a conocer, para poder mover yo mismo gran parte del material, para acceder a libros digitales de obras que no estaban disponibles “en físico” o que yo no podría haber comprado en su momento y, por lo tanto, leer para luego traducir, editar y publicar. Por otro lado están las condiciones materiales de este mundo digital, que ya tienen casi 30 años aquí: las computadoras personales, las impresoras hogareñas, los programas de texto y de diseño, todo eso que es fundamental para esta cultura del DIY que es un poco la bandera de muchos de nosotros y que, paradójicamente (o no tanto) necesitó del revival de un oficio antiquísimo como la encuadernación para darle forma definitiva (y distintiva) a algunos proyectos editoriales de libros. Creo, en definitiva, que como toda herramienta internet depende de quien la utiliza y de la forma en que se utiliza.

¿Hasta qué punto modificó la forma de narrar? ¿por dónde creés que pasan hoy las tendencias literarias en lo que refiere a los temas y las formas de las ficciones?

La verdad es que no sabría decir por dónde pasan las tendencias literarias hoy, pero entiendo que un libro como Leñador dialoga con internet (aunque también podría estar dialogando con un Melville inclinado sobre una mesa repleta de enciclopedias y libros de cetología junto a la Biblia, o a un Sterne demorándose en la acumulación de sus manuscritos), de la misma forma que en Ártico está ese problema (bueno y sano problema) de la forma que determina lo narrado (o viceversa), y eso de alguna manera también ocurre en internet (y con toda seguridad ocurre en algunos libros preinternet de Cormac McCarthy). Pongo el caso de Mike Wilson y escribo estas cosas porque lo he leído recientemente. Otro escritor en el que yo noto aquel derrame entre mundos del que hablé antes (y con sumo virtuosismo y vitalidad, además) es Carlos Ríos. También en Martín Felipe Castagnet, Pablo Katchadjian, Mario Ortiz, esos son los que me vienen a la cabeza ahora.

¿Cómo definirías al ambiente literario argentino de los últimos años?

Me resulta interesante que después de los 90 ya no se hable de generaciones o grupos sino de proyectos de escritura muy personales. ¿Qué es un ambiente literario? Láthe biósas.

Y por último, ¿cómo evaluás las políticas estatales de los últimos años en el mercado editorial? ¿hubo cambios desde el último cambio presidencial? ¿ves un futuro esperanzador?

Es indudable que durante el kirchnerismo hubo cosas que funcionaron bien, como los MICA, el Programa Sur o las compras por parte del Estado (compras que, dicho sea de paso, sólo están pensadas para las editoriales industriales), pero también es cierto que después de aquellos 12 años seguimos teniendo serios problemas con el papel y algunos otros insumos, carecemos de una ley del libro orgánica, de un instituto nacional del libro (como el que sí tiene el cine) y se sigue alimentando la maquinaria burocrática de organizaciones como la CAL. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que los editores no podamos firmar acuerdos personales locales con el Correo Argentino para asegurarnos la distribución nacional de nuestros libros, cuando todo el mundo sabe que la distribución es uno de los grandes problemas de todo editor? ¿Cómo es que las compras del Estado se siguen pensando en “libros físicos” y no en obras intelectuales que el propio Estado podría entonces imprimir y distribuir de manera auténticamente federal a través de imprentas/editoriales universitarias o municipales? ¿Alguien en el Ministerio de Cultura, o en el ámbito estatal que sea, está pensando alguna de estas cosas? Lo dudo mucho. Y creo que es obvio que el panorama del sector no es bueno y que continúa empeorando, aunque en términos generales no se trata de algo reciente. En cuanto al futuro y a seguir editando, creo que así es como comienza nuestra entrevista.

 

 

 

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