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A lo que llegamos

Por Federico Capobianco

Son las 20:05 del segundo miércoles de julio y estoy parado en la puerta de la esquina de La Anónima, uno de los dos grandes supermercados de la ciudad. La calle está tranquila: a esta hora la mayoría de las personas salieron de sus trabajos y están volviendo a sus casas; el semáforo amontona algunos autos que de a poco se van. El ruido del tránsito es tan cotidiano que se vuelve silencioso, ya nadie le presta atención. Por eso es una noche, como casi todas en este pueblo de la pampa, tranquila.

Dos mujeres salen del supermercado riéndose a carcajadas. “Boluda, no lo puedo creer” dice una de ellas con una voz que resuena, medio elevada pero sin gritar y con un tono agudo de los molestos. “Esto es increíble”, responde la otra. Cruzan la calle sin mirar, el semáforo les facilita la tarea en el primer tramo, en el otro hacen frenar a un auto. Ninguna presta atención, cruzan a completa carcajada. Ambas llevan un acolchado inmenso en cada una de sus manos.

Me quedo con la vista fija en los acolchados hasta que una voz gruesa me hace volver al supermercado. Un señor mayor y robusto sale apurado y -su voz es la de un hombre robusto enojado- le dice a otros dos que lo esperan a unos pocos metros de mí: “Esto es un quilombo, es imposible comprar algo acá, vayámonos a otro lado”, y sale caminando. Uno lo sigue sin mediar reacción. El restante, en cambio, se asoma y mira por la puerta. “Macri te da de comer un día y te caga de hambre el resto del mes”, dice buscando un interlocutor pero sus acompañantes ya no lo escuchan.

En el mes de mayo, el Banco Provincia lanzó la resolución por la cual otorgaban a sus clientes la posibilidad de realizar compras en supermercados adheridos abonando con tarjetas de crédito y débito y recibir el beneficio del reintegro del 50% del total. La resolución podría haberse redactado de otra manera: al cliente del Banco Provincia que compre en supermercados y abone con tarjetas de crédito y débito se le reintegrará la mitad. Es que la promoción, en sus inicios, iba a poder aprovecharse durante una semana entera estipulada; pero luego, como anticipando el complicado desarrollo, se fijó para los segundos miércoles de cada mes.

Cinco minutos después llega mi pareja y entramos. Una doble puerta vaivén separa la tranquilidad de una noche de invierno del completo caos. Como si un apocalipsis imperceptible estuviera por desatarse y hubiera que llenar las largas estanterías de los bunkers para sobrevivir, personas y más personas empujan sus changos repletos y desbordados –se ve a un hombre empujarlo mientras la mujer va intentando, con sus brazos extendidos, que la mercadería no se caiga-  mientras hacen fila esperando para pagar. El cambio de ambiente es chocante, tanto que nos quedamos observando, clavados a dos pasos de la puerta.

No hay chango disponible. Dos horas antes, en el programa radial de Zlotogwiazda en Radio 10, el movilero entrevista a una mujer en el Walmart de San Martín que tuvo que seguir a un hombre hasta su auto y esperar que descargue la mercadería para quedarse con el chango. Me acuerdo de la nota y miro para todos lados. A través de la puerta veo a un hombre cruzar la calle con un chango vacío hacia el supermercado. Salgo y se lo pido dándole mi moneda de un peso para devolverle la que él puso para destrabarlo.

El supermercado que la familia Braun –entre la que se encuentran el Jefe de Gabinete Marcos Peña y el Sec. de Comercio Miguel Braun- instaló en Chivilcoy no es siquiera la mitad de un gran supermercado de una gran ciudad. Es un rectángulo de 50 metros por 30 aproximadamente con góndolas laterales de punta a punta y otras cinco que se intercalan, en dos series, en el centro. Cada pasillo que hay entre medio desemboca en una caja. A la hora que entramos, en cada caja esperan changos en fila que llegan hasta el pasillo transversal que marca la mitad del supermercado. Es decir: para comprar en las góndolas de adelante hay que pedir permiso y para comprar en las góndolas de atrás, en las que están los alimentos, hay que esperanzarse de que va a encontrarse algo.

Así, para contarlo. Para estar ahí, en las góndolas de adelante hay que ser muy habilidoso para llegar al producto a través del ínfimo hueco que dejan los changos. No es culpa de las personas que los llevan. No tienen espacio. Es tarde y todos se quieren ir, y como si sirviera de algo, se empujan y amontonan lo más cerca que pueden de la caja esperando presionar a la cajera -que desea volver a su casa más que todos nosotros juntos- y la haga cobrar más rápido. En las góndolas de atrás es una carrera desalentadora para intentar obtener algo de lo poco que queda y que a nadie le sirve. Nos encontramos con un familiar, lo único que lleva en el chango es a su hija de 3 años que tiene en sus manos dos paquetes de ñoquis con la etiqueta del dibujo animado Pepa Pig: “No hay nada, y cuando no hay nada lo único que terminás comprando son boludeces.”

A simple vista el supermercado no se ve vacío. Apenas entramos, un pequeño ejército de repositores hacía lo que podía para evitar que la chapa blanca de las góndolas aparezca, pero un encargado los fue reclutando para descargar un camión de mercadería porque “mejor reponemos mañana”. Son las 20:45 y en las góndolas de no perecederos, enlatados, papel, panificados, yerba y aderezos no hay nada. Se ve el polvillo del fondo de la chapa que no suele limpiarse seguido porque semejante suceso nunca se da. Pido permiso a un guardia de seguridad que le comenta a una señora que nunca vio algo así, que ni siquiera para las fiestas vio semejante quilombo. Usó esa palabra: quilombo. El guardia está ubicado en el pasillo transversal, me da permiso y acomodo el chango a un metro de él. Ahí me quedo como último de la fila hacia la caja. Son las 20:50 y saco las bebidas alcohólicas que cargué para devolverlas, después de las 21 no se vende alcohol y el probable que yo esté en este mismo lugar a esa hora.

La razón –además del día- por la que se rebalsan de gente los supermercados es por la escasa cantidad de comercios adheridos. La lista es muy corta en relación a la cantidad que hay en la provincia. El motivo principal es que el banco solo aporta el 30% del reintegro, el 20% restante es absorbido por el supermercado. Ningún minorista está en condiciones de sostenerlo, el margen de ganancia siempre es menor a los grandes. Por otro lado, lo que parecía ser una alianza empresarial empieza a caerse y contradecirse con uno de los requisitos para poder adherirse: el Banco exige al supermercado que esté adherido, previamente, al programa “Precios transparentes”. Las mayores críticas al beneficio estuvieron ligadas a la remarcación de precios de la primera fecha a la segunda. Parece ser que a los supermercados les parecía mucho el aporte y quisieron reducirlo. También aprovechar: según el INDEC, en mayo cayó, en términos reales, un 2,5% el consumo en supermercados debido al aumento de precios. Ante la pérdida de capacidad de compra, los consumidores optaron por restar los productos menos necesarios y por buscar mejores precios. Menos y –en lo posible- más barato. Por eso estos días explotan. El gobierno parece haberlo notado porque se proyectan cambios en el programa como ampliar los días disponibles aunque el cliente pueda hacerlo solo una vez por mes y ampliar la cantidad de comercios. Parece ser que las largas colas y compras desesperadas opacó la buena publicidad que significaba la medida.

Además del motivo netamente bancario que significó la medida –que las personas que perciben su salario en la entidad dejen de retirarlo para usarlo en efectivo y sea todo transacción bancaria-, se pensó como “un alivio” para el bolsillo de los bonaerenses, el distrito más golpeado por la inflación, la suba de tarifas y la pérdida del salario según los medios. Cada cliente del banco tiene, entonces, un tope de reintegro de $1500, por lo que podrá comprar por $3000. Eso con cada tarjeta. Por lo tanto, si la señora adelante mío en la fila para pagar, y que arrastra tres changos repletos, paga con su tarjeta de débito, sus dos tarjetas de crédito y espera a su esposo llegar con la cuarta, puede gastar hasta $12.000 pesos y el banco le reintegrará $6.000. Quizás sea uno de los problemas de las ciudades pequeñas: varios nos conocemos. La señora no debe sentir la inflación porque quizás ayude a generarla; y menos debe sufrir la pérdida de salarios: la señora no tiene salario, al contrario, los paga. Por último, el tercer motivo de la medida, dicho por el presidente del banco, Juan Curutchet, fue la de aliviar la “sensación térmica” antes de las legislativas. La intención acorta los tiempos, el efecto del “factor bolsillo” que mueve a una amorfa clase media debe estar latente previo a las elecciones. Quizás por eso no se llegó a idear un plan en conjunto con la banca privada y así incluir a toda la clase media bonaerense bancarizada. Por otro lado, en la presentación del proyecto, la gobernadora Vidal dijo que habían estado estudiando maneras “para que el banco acompañe a los que más lo necesitan”. Lástima que el banco no alcanza al 39% de trabajadores que en la provincia lo hace de manera informal.

Minutos antes, cuando la señora de los changos no había empezado a pasar su mercadería por caja, siento que me tocan el hombro y veo a uno del personal de limpieza que me muestra un chango inmenso, una especie de jaulón con ruedas, repleto de productos. Miro el jaulón y miro hacia atrás: no queda nadie. El personal de la carnicería, la rotisería y la panadería no está, ya no hay clientes comprando ni ningún movimiento más que la gente de limpieza. Son las 21:40 y no es la tranquilidad sino el cansancio lo que detuvo la escena, la mayoría de las personas están echadas sobre sus changos, los que están acompañados conversan sin levantar la voz, otros con su celular. Del bullicio en momento de compra, a esto: personas cansadas que en un horario no habitual están en un supermercado para comprar sin gastar tanto, queriendo estar en sus casas. Miro al chico de limpieza: “En ese chango hay cosas que la gente va dejando en cualquier lado”. Llevo la vista al jaulón y de nuevo hacia él, no entiendo y se da cuenta. “Son productos buenos, eh, te digo por si no encontraste algo y capaz ahí está”. Le explico a mi novia y se acerca a ver, le comento a la mujer que está detrás en la fila y se entusiasma, llegó tarde y no encontró nada. Miro al chico de limpieza y le preguntó a qué hora se va. Mira el reloj y solo puede responderme “No sé”. La mujer mira agachada la mercadería desordenada. Encuentra algo que le interesa pero su estatura no le permite alcanzarlo, cuando me acerco a ayudarla da un salto para colgarse y así llegar al paquete de papel higiénico que le interesó. Me mira: “A lo que llegamos”.

 

 

 

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