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Cinco segundos bastan

Por Anabella Carpenito

El viejo sacaba la reposera al patio todos los días. Era de madera y tenía unas muescas para cambiar de posiciones. La lona a rayas celestes, blancas y rojas estaba gastada por el uso y perfectamente amoldada a sus cachas. Yo quería usarla, pero era difícil conseguir un turno, desde muy temprano hasta tarde en la noche él la ocupaba.

Era su trono, desde el cual con un par de enunciados tenía a todos zumbando a su alrededor. Un juego de títeres apesadumbrado del cual las presas sólo atinaron a revolcarse en quejas. Tenía mal carácter y se sabía malo. Aunque mi corta edad hacía que desconociera los alcances de su maldad. A penas si un recuerdo chistoso de aquella vez que lo llevaron a un geriátrico y al segundo día tomó de rehén a otro viejo, al grito de “o me vienen a buscar o le pego”. Le pegó. Así que lo fueron a buscar.

Pocas cosas aprendí de él. Una es que el cantar de las chicharras no es más que el anuncio de un día de calor agobiante y a disfrutar el aroma de los limones en verano. Lo visitaba todos los días. No tanto por ser mi abuelo, como porque en el fondo de su casa estaba la pileta. El verano duele menos si se pasa mojado y con aroma a limonero en flor.

Navidad era pollo asado por capricho. Un año la tormenta inundó la calle. La inundación separaba mi casa y la de él. El destino también es capricho. A las dos de la mañana el agua descansó. El viejo arrastró sus piernas y su bastón, reclamó a su hijo, mi padre, el pollo. Eran las dos de la mañana. Mi papá cedió.

Tenía los ojos azules. La mirada perdida. La mente ubicada. Casi con asombro encontré sus  manos en las mías. Una herencia de dedos largos. Las tardes con él eran de bastón y amenazas. Otra de sus historias cuenta de un castigo que una vez le dio a su mujer porque ella permitió que entraran a robar. Castigo con razón es menos dolor.

Cuando todavía ella era presencia, con su cuerpo de caderas generosas, llena de polleras floreadas, las  tardes eran diferentes. El sol abundaba, risas revoltosas, abrazos y sopa. No importaba si era el día de más calor del año, la olla parecía ignorar el mandato. El aroma ocupaba los espacios negados por el sol. Los mosaicos de la cocina, color ladrillo opaco con detalles blancos, testigos de historias con harina, chupetines y mantecol. Todos los días tenían sorpresa.

Una tarde la sorpresa fui yo, o la edad jugaba engaños. No estaba el dulce con regalo, así que mandó al viejo. Las instrucciones eran claras, tenía que traer el que venía con juguete, o el de bolita rojo o naranja. Volvió. Con el de bolita amarilla. El desamor se demuestra en colores.

Me decía nena. Nena, no me gustaba. Algo en el tono de desprecio, de cosa. De hacerme sentir pequeña. Una vez se lo dije. “No me gusta que me digas nena”, le solté. Me sentí valiente. Dijo que era una nena. Lo dijo con el mismo tono. “No le digas nada a tu papá, no te va a creer”. Amenazas en voces que abrazan. Una tarde en precipicio lo enfrenté en su hijo. “No lo quiero ver más”. Sin mucho por qué para él, con demasiado porque para mí.

Empecé a crecer, rápido, la prisa es costumbre que se hizo sombra. Todavía los días eran juego, chapuzones, duendes invisibles viviendo en los azulejos del baño. Una amiga por carta, revistas apiladas para leer a escondidas, sueños de veranos que se hacían eternos, chapuzones, otra vez.

Intenté ignorar las señales de un cuerpo que se endurecía, de pezones que se erguían, de caderas que ondulaban. Lo ignoré. Con tenacidad y vestiditos. Como a las cosas que dan miedo. Con la angustia de perder los días de juego. Lo ignoré, en los espejos propios. Lo ignoré, en los espejos ajenos. En la sensualidad del agua, de la piel dorada. Lo ignoré. La ignorancia sabe disfrazarse de culpa. Fruta fresca, dulce, jugosa. No caben preguntas por hacer, afirmaciones en espina.

Una tarde su orden pretendió mi cuerpo en su regazo. Un juego. Mi voluntad no quería ceder. Roles en pretensión. Su fuerza insistió. Manos en aleteo, forcejeo impar. Cinco segundos bastan para doler.

 

 

 

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