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Elogio de los celos: el amor, frente al mercado y la moral

Por Alexandra Kohan

“Después del arte de los celos, todo parece gris, una negociación firmada sin conocer antes las condiciones […] El celar es la génesis de nuestro pensamiento en armas. Que después vengan los libros.”
María Moreno

“Todo orden, todo discurso, que se emparente con el capitalismo deja de lado, amigos míos, lo que llamaremos simplemente las cosas del amor.”
Jacques Lacan

El mercado insiste en ponerle nombre a todo tipo de satisfacción. Tipifica, encasilla, clasifica, etiqueta; intenta, aunque fallidamente, asir algo que se mantiene inasible y enigmático: las distintas maneras de vérselas con lo que irrumpe excesivo: el cuerpo. Esta insistencia es mucho más evidente en la industria de la pornografía: Bondage, Facefucking, Fisting, Gang Bang, Rimming, Fingering, etc.

De este modo se torna esperable y universal aquello que, en rigor, es lo más singular de cada quien. Es un modo de tranquilizar la inquietud y estabilizar la incertidumbre que puede generar lo otro, es un modo de hacer entrar eso que irrumpe como otro en una maquinaria que uniformiza lo diverso. En definitiva: es un modo de hacerlo entrar en el mercado y de convertirlo en consumo. La insistencia en domesticar las prácticas de satisfacción por medio de nombres y etiquetas –procedimiento nada nuevo–, de convertirlas en mercancía consumible, no deja de ser una manera en la que los sujetos detienen la pregunta por su deseo. Porque la clasificación, la coagulación de sentido, la fijeza de las etiquetas, funcionan para no pensar. Funcionan como reservorios de doxas destinadas a detener cualquier posible formulación que haga vacilar las certidumbres.

Es un dispositivo que tiene un efecto doble: por un lado, admite todo lo que se sale de lo “esperable”, admite “lo raro” y lo naturaliza dentro del dispositivo mismo; pero, en el mismo gesto, señala como natural y esperable todo aquello que queda por fuera. No deja entonces de solidificar el par rareza-normalidad. Subraya y hace más potente un prejuicio nefasto: el de la pretendida sexualidad natural y normal. 

Finalmente, no es más que el intento de disciplinar los cuerpos, los deseos y la satisfacción pulsional, pero, en este caso, bajo la máscara aparente y no menos represiva de la libertad total. Se presenta como un dispositivo que se muestra admitiendo lo “desaforado”, pero resulta, más bien, un elemento esencial para que se siga afianzando el paradigma retrógrado y conservador de “lo natural”.

Ahora bien, el mercado avanza con paso firme y disemina su moralismo hacia otras prácticas que, si bien también incluyen lo excesivo del cuerpo, lo hacen de manera mucho menos estridente, un poco más sutilmente: Nesting, sexting, multitasking, stalking, bullying, etc.

Los nuevos nombres desfilan gozosos por haber conquistado la uniformidad, la normalidad, la generalización y la nueva, renovada e ilusoria paz de las almas. Ya no más inquietud, ya no más escenas siniestras, se pretende ilusoriamente que ya no habrá más extrañamientos: todo es familiar (pocas cosas más siniestras que “lo familiar”), se pretende que todo es conocido, nos engañamos creyendo que todo es sabido, que todo es igual a sí mismo, al sí mismo, que todo es susceptible de ser escrutado y transparentado. En la época de la fetichización del Yo, de la insoportable mismidad, ya no hay nada que preguntarse acerca del cuerpo encerrado y del deseo detenido si lo que estamos haciendo es nesting; ya no hará falta preguntarse nada acerca de la paradoja que implica suponer stalkeo allí donde todo se da a ver. Ni pensar que sin resquicio no hay deseo. La anestesia va haciendo efecto: deambulamos anestesiados y el efecto empastillamiento es, muchas veces, independiente del consumo de Rivotril (más conocido en su versión domesticada y naturalizada: Rivo o Clona).

Al mercado le encantan las etiquetas, sí. Pero el mercado se vuelve aún más voraz, más demandante, tanto más superyoico, y entonces tanto más insaciable, cuando en sus etiquetas cifra el oxímoron: Smart-tv, mercado libre, naturaleza humana. El oxímoron que el mercado pone a jugar –no para embellecer su retórica, sino para subrayar lo imposible– toma el relevo del sadismo y de la crueldad del superyó y deja deslizar su moralismo: hay que gozar, hay que pasarla bien, hay que olvidarse. Y si de pasarla bien se trata, nada más alejado que el amor. Entonces, desde ese moralismo disfrazado de transgresión, expele dos de sus oxímoron preferidos: amor libre y poliamor. La pretendida libertad del “amor libre” no hace sino destacar el patético individualismo que pregona el credo neoliberal, en un hacer de cada cual, desligado de los otros, desligado de otro, afirmado en el sí mismo. Paradoja de este “amor libre”, que no deja que elijamos ningún otro tipo de amor.

En cambio, hay un cierto tipo de amor que se precipita diluyendo ese individualismo del “amor libre”. Es aquel en el que se enlaza el deseo y que está en las antípodas del amor Ideal, del amor al Ideal y del amor mercantilizado. Es un amor que incomoda; que irrumpe átopos, inclasificable –como Sócrates, como el amor de transferencia con el que se las tuvo que ver Freud–. Ese amor es un amor que nos saca del sí mismo, que nos pone en escena la otredad como tal, la del deseo. Porque ocurre más allá de lo esperado, es un acontecimiento; porque hace caer todas las referencias, porque desorienta. Por algo se dice “perdidamente enamorado”. El inglés y el francés muestran mucho mejor la caída que implica este amor: fall in love, tomber en amour.

Tal y como sugiere Roland Barthes, lo reprimido hoy en día es lo sentimental y no lo sexual. El amor y lo sentimental están vedados por el neoliberalismo que nos pretende rendidores, productivos, y emprendedores (habrá que vérselas entonces con los efectos un tanto devastadores del retorno de lo reprimido: agobio, tedio. Se echa mano a artificios cada vez más extravagantes pero el aburrimiento insiste).

Para poder obedecer a la demanda del neoliberalismo y ser productivos y rendidores, entonces, debemos alejarnos del amor que es pura pérdida: pérdida de tiempo, pérdida del sí mismo, pérdida de una libra de carne. Este amor es pérdida en el sentido de lo inútil, de lo fuera de proyecto, no es redituable, es un amor que mutila. En la crítica a la monogamia, hecha desde una ideología pretendidamente progresista o de izquierda, y que erige el imperativo del poliamor, no hay más que conservadurismo: aquel que cree que lo natural es la poligamia y que la monogamia es una construcción cultural. No admitir que hay desvío, artificio, construcción cultural, tanto en una como en otra es permanecer en el paradigma retrógrado de “lo natural”. Es el ímpetu moralista que se ciega y desconoce que en el hombre no hay nada natural y mucho menos en lo que al deseo y a la satisfacción se refiere.

Sin ningún pudor –el mercado es antes que nada obsceno– avanza hacia ese terreno tan íntimo y no opinable, el del amor,  para erigirse en el sabedor absoluto y escupe sin más –porque el amor lo atraganta–: “si te cela, no es amor”. En un mismo gesto muestra que no sabe nada del amor –y no sabe que del amor poco puede saberse–  y que no sabe nada de los celos. El moralismo actual de ciertas personas que se creen amorales y libres se muestra muy bien en la oda cool a la apatía desinteresada de dos que están juntos. Pero después se precipitan la angustia, la pena, la tristeza, porque no se sabe qué hacer con los celos que irrumpen ineluctables. No hablo de celotipia, hablo de celos. Hablo de no patologizar los celos, esos que irrumpen en el enamorado, esos que irrumpen mostrando que se está enamorado. Para Barthes “un enamorado que no fuera celoso sería un místico por excelencia”, pero se corrige rápidamente y dice “no, en realidad el no celoso sería, literalmente, un santo”. (Estoy segura de que no hay santos metidos en este asunto, aunque a veces se hagan pasar por tales subidos al púlpito moral dictando cómo hay que gozar y de qué modo hay que vivir).

Cuando Freud, siguiendo a Theodor Fontane, dice: “esto no anda sin construcciones auxiliares”, el “esto” se refiere a la realidad y “las construcciones auxiliares” a la fantasía. No hay modo de que la realidad ande sin la fantasía. Y compara a las fantasías con un parque natural, con una reserva donde los reclamos y las exigencias del mercado no logran pasar, donde la libertad, de la que nos privó la realidad, puede ejercerse. En el parque natural puede crecer y pulular, dice Freud, todo lo que quiera hacerlo, “aun lo inútil, hasta lo dañino”. Ese es el reino de la fantasía. Y ¿qué sería de la fantasía sin los celos? Porque los celos alimentan la fantasía. Hay quienes creen que para tener celos debe haber motivos y lo que no entienden es que los celos son el motivo. “Los celos verdaderos son los infundados” dice María Moreno.

Los celos no se aplacan con pruebas, los celos no se dirimen en el terreno de lo fáctico. Los celos no entran en disputa con la realidad, porque ellos son una verdad. Los celos y la fantasía no necesitan datos, no necesitan información, porque son lo otro de la información. Se nutren de cosas sutiles, pequeñas –una mirada, un gesto, una sombra– y con ello hacen un mundo, el mundo del vacilante sentimiento amoroso. Arremeter contra los celos subidos a la topadora del imperativo moral o manejando la aplanadora del moralismo imperante, es arrasar con la tierra fértil donde crecen el erotismo y el deseo: otros nombres de lo inútil y lo dañino.

 

 

 

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