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Pendejo de mierda

Por Sergio Fitte

Camina descalzo.

Quienes se lo cruzan al pasar lo miran sin decir nada, él no necesita escuchar sus voces para saber lo que dicen a sus espaldas. Que es un negro de mierda. Un villerito. Un roñoso. Un pendejo mugriento, que es mejor que se muera cuanto antes, porque de lo contrario cuando crezca va a ser un problema para la sociedad.

Rápido.

No podría hacerlo de otro modo. En su vida no existe algo lento. No sabe qué significa esa palabra. Todo es vorágine. Correr de los peligros. Del dolor. De la angustia. De la vida.

Todo lo que le dan sus patitas de diez años.

A veces cuando está muy aburrido piensa que él también debería ir a la escuela. Él no va. Nadie lo manda. Desconoce si aún puede empezar. En esos momentos se pone triste. La cabeza gacha. Patea una piedrita que se le interpone en su camino mientras continúa pensando. Esto no le ocurre muy seguido. No tiene tiempo de aburrirse, por lo general se encuentra alerta. Vigilante. Tratando de esquivar algún riesgo.

La oscuridad de la noche temprana de invierno le impide ver por dónde pisa.

El barrio donde vive junto a su mamá y sus tres hermanitos menores, de por sí ya es oscuro. Las noches de niebla y llovizna lo transforman en una boca de lobo, como se suele decir. A este dicho él no lo sabe.

Un vidrio. Dos vidrios. Cien vidrios que no importan.

Las calles de tierra parecieran ser las peores. Los residuos urbanos están por todas partes. Se ve que es el sector preferido de los escombros, de las piedras de puntas filosas. Trampas mortales para los piececitos de los niños que están calentitos tomando sopa en barrio norte. Naturaleza acostumbrada para los suyos que nunca probarán las comodidades del calzado nuevo.

Lo tiene en la cabeza. Es una misión y no le importa nada. Lo va hacer cueste lo que cueste.

Su decisión es inquebrantable cuando se le pone algo entre ceja y ceja. Aunque ese algo le obligue a realizar actividades equivocadas. Para su edad. Para su persona. En la mayoría de ellas arriesga su integridad física hasta un límite peligroso.

En una de sus manos lleva un cuchillo.

De ningún otro modo se le hubiese podido imaginar llevar otra cosa. Por más que fuese muy joven sabe bien lo que está y lo que no está bien. Nunca hubiese empuñado un revólver por ejemplo. Se sabe que alguien que tiene un revólver en la mano no está bien.

El mismo que utiliza para cortar durante las comidas en su casa. Si es que hay algo para cortar.

Como es de perogrullo que no puede ir con las manos vacías, toma la sabia decisión de empuñar su amuleto. El cuchillo de sierrita que le regaló Florián, el viejito de la esquina, sin que él supiese muy bien por qué. Desde que lo tiene lo atesora como lo que es; su objeto más preciado entre los pocos que posee. Lo ama. Mientras tenga su cuchillito entre las manos nada le puede pasar. Lo sabe. Respeta ese ritual a rajatabla.

Los ojos vienen rojos y no es del viento.

Ha estado un buen rato llorando. Analizando la situación que viene viviendo hace cuánto, ¿siempre? No le gusta que lo vean flaquear pero, hay veces que le es imposible mantener la calma. Lo desespera el llanto de hambre de sus hermanitos. El frío que no se quita. El bracero que contamina la casilla donde viven los cinco.

La noche está calma.

Al menos es lo que transmite la noche. El que no está calmo es el Luis que por primera vez en su vida está haciendo, lo que está a punto de hacer. Tiembla. Ríe. Sigue y sigue caminando manteniendo el tranco.

Dobla por Uriburu.

Uriburu es una de las pocas calles asfaltada a la redonda. A diferencia de lo que se debería presumir, a él le molesta caminar por esa superficie. La nota demasiado dura. Demasiado perfectita. Comienza a extrañar la cosquilla que le producen los vidrios en las plantas de sus pies, los cuales no son dignos de pisotear aquella obra de arte tan lisita pagada por el político de turno para mejorar el estándar de vida de los vecinos. De algunos. Porque como para todos no hay, hay que elegir. Y a él nunca lo eligieron en nada.

Se pone contento de que haya poca gente en la avenida. Se sorprende gratamente.

Por lo general a esa hora siempre van y vienen personas que salen de sus trabajos o van a hacer las compras para llevar a sus casas. Quizás el frío. La llovizna persistente, los haya raleado.

Quienes lo cruzan lo miran.

Sin tapujos. Como quien ve pasar un esperpento por delante de su cara. Lo escudriñan con sus miradas. Se saborean de no ser ellos los observados. Disfrutan.

Pendejo de mierda. Falopero. Puto. Pata sucia.

Lo describen o ellos en su ignorancia creen que lo describen. Están cerca de él y muy lejos de su realidad. De su condición. De conocerlo realmente.

Le dicen.

Buscan provocarlo. Esperan su reacción para caerle como animales carroñeros. Buscan al menos un movimiento que pueda justificar una paliza injustificable. Que solo se la proporcionarían porque son muchos más que él. El Luis siempre fue solo, aunque ahora viva con su mamá y sus tres hermanitos menores. A esto él bien lo sabe aunque nunca nadie se lo haya dicho ni enseñado.

No ve ni escucha.

Es una máquina encendida para cometer una actividad. No piensa. Ese no es su fuerte. Si hubiese comido proteínas durante sus primeros dos/tres años la cosa sería diferente. Pero las cosas no son diferentes. Las cosas son como son y punto. A esto también lo sabe.

Redobla el paso.

Camina. Camina. Y no hace nada más.

Ya tiene entre ojo y ojo, como enfocado con una mira telescópica, el maxi kiosco que va a afanar.

Aunque siente profundamente la temperatura de la noche las manos le transpiran. Se refriega la palma de la mano derecha en la remera blanca roñosa. Luego pasa el amuleto de la suerte a la diestra y reitera el procedimiento con la izquierda. Besa el amuleto. Quiere pensar en algo y no lo logra. Camina.

Qué otra le queda.

Esa fue la situación que analizó muchas veces antes de hacer lo que está por hacer. Le dio vueltas en la cabeza y no se le vino otra cosa.

Los últimos metros los hace corriendo.

Prefiere que todo termine de una buena vez. Pero nada lo hace. Siempre las cosas continúan. A eso también lo sabe o lo aprendió.

Entra.

Está bien puesto el maxi kiosco. Es de alguien que trae al por mayor y vende barato en la zona. Es raro que en aquel lugar no cierre de noche, es un 24 horas. La gente es mala y piensa mal del dueño. Sin saberlo se imaginan bien del propietario pero se quedan cortos en su imaginación.

Deambula entre las góndolas.

Se nota enseguida que allí dentro hay calefacción. El Luis piensa que sería mejor haber entrado en otra circunstancia y por un momento se olvida que está allí para robar.

Se detiene a mirar los alfajores que nunca comió.

Casi todo lo que van descubriendo sus ojos nunca lo comió. Le entra una intriga de niño de 10 años.

Que nunca comerá.

Porque no tiene dinero para comprarlos.

Hace ya un tiempo que se viene obsesionando por el tema del dinero. No sabe bien por qué o sí lo sabe. Lo que le queda claro aunque no lo sepa explicar es que se está por volver loco. Y quizás ese sea el motivo suficiente para haber decidido salir a robar.

Porque no va a vivir mucho.

A esto lo aprendió hace mucho cuando era chiquito. Es una de las cosas que primero se aprende en el barrio donde vive. Nadie se hace mucho problema con ese tema. La vida es una cosa que como viene se va y nada más.

Deben ser ricos, imagina y se le llena de saliva la boca.

Le vuelve esa sensación de hambre desesperante que enseguida se le va si aguanta la respiración unos cuantos segundos.

Hay dos clientes comprando.

A los que no les ocurrirá nada al menos en esta oportunidad.

Espera. Siempre supo esperar.

Esperar y escapar son casi las dos únicas actividades que realiza en su vida. Esperar que nada malo le ocurra. Y escapar de los peligros.

Así aumenta la recaudación.

Con toda la plata de la caja registradora cae en la cuenta de que podría comprar muchos alfajores. Vuelve a equivocarse en su apreciación. Nunca los comprará.

Una sonrisa marca sus labios.

Que trata de ser alegre. Por supuesto que no lo es, lejos está de serlo. Es solo una mueca dentro de una cara vacía.

Cuando el último se va, respira hondo tres veces y se encomienda a los dioses como le enseñaron sus mayores.

Aprovecha para besar por última vez su amuleto de la suerte. Lo hace. Siente el mango de metal tibio. Agradable al contacto con sus labios.

Va hasta donde está el dueño.

Tiembla adivinando que esta vez no es del frío. Es de una sensación nueva. Agradable si se la sabe sentir bien.

Lo mira de abajo.

El que atiende es muy alto y grandote. No importa. Él está jugado. Ya no le importa nada de nada. O sí, y por eso hace lo que esta haciendo.

Esto es un asalto le dice y le muestra el cuchillito.

Su amuleto, que espera que esta vez lo ayude.

Gastado.

Regalo del viejito Florián, el de la esquina. Que cuando el Luis se enteró que se había muerto no sintió nada. Y no se sorprendió ni se culpó por no sentir.

Sin filo.

De no haberlo usado nunca para lo que se debe usar un cuchillo.

Esto es un asalto. Reitera. Como si antes el dueño no lo hubiese oído.

Entró en acción. Con la voz entrecortada. Esto es un asalto, volvió a repetirle varias veces el kiosquero antes de hacer nada.

Deme todo el dinero.

Buenos modales, pibe. Se ve que venís de buena familia. Hacía mucho que no me trataban de usted cuando me quieren afanar. Te felicito por no tutear a las personas mayores.

Desde la altura el karateca levanta una mano que cae sobre su cara como un látigo salvaje.

Sus dientes se entrechocan de una manera bestial. Algo se le sale de adentro de la boca. No alcanza a ver bien si es un diente o una muela, lo que se pierde debajo de las estanterías. No hace nada por recuperarlo él ya probó e insistió con el tema del ratón Pérez y no tuvo suerte. Él nunca tuvo, ni tendrá suerte. Nunca.

Andate a la puta que te parió o te mato.

A ese insulto si que lo escuchó. Le dio vergüenza. No tanto por él, sino por quién le había dado la vida. No tuvo el coraje de saltar a defender el honor de su madre como lo solía hacer.

El nene se levanta.

Se siente muy mareado. Le cuesta encontrar la salida. Es el momento para escapar del peligro. Y es lo que trata de hacer.

El susto le hacer olvidar el cuchillito.

Ya no tendrá amuleto que pueda ayudarlo en los momentos difíciles.

Corre cuanto puede.

Si alguien lo viese en ese momento. Alguien con la capacidad suficiente para hacerlo, descubriría que Luis tiene una capacidad innata. Que podría ganarse cómodamente la vida como maratonista. Como un profesional de élite. Pero a esa hora los profesores de gimnasia están comiendo legumbres en sus casas. Luis tendría que haber nacido en la zona más pobre de África, esa hubiese sido su suerte. A lo mejor alguien lo hubiese rescatado y llevado a la fama mundial.

Va a ir a probar suerte al kiosquito de la vieja, el de la placita, pero cuánto podría sacarle.

Lo que más lamenta es el amuleto. En cambio el vientecito que le entra por el nuevo agujero entre los dientes lo divierte.

No le alcanzaría para nada.

Nunca nada le va a alcanzar para nada.

Además la vieja lo conoce.

Siempre fue una de las pocas personas, por no decir la única, que lo miró con ojos amables. Sin buscar desafiarlo.

Lo piensa dos veces y decide ir de todos modos.

Deja de correr unos segundos. No puede pensar bien mientras va corriendo. Se da cuenta que no le queda otra. El Luis no lo sabe todavía, pero la persiana del kiosco de la vieja de la placita está cerrada desde que cayeron las primeras luces de la noche.

Mientras, en su casa, la mamá del nene tiene muchas dificultades para respirar.

El brasero no quema del todo bien y eso a ella le hace mal. Para no tener que respirar tanto y agitarse demasiado se mantiene cada vez más y más callada.

No sabe cómo decirle a su hijo mayor que se está muriendo.

Nadie sabe decirles nada a sus hijos. Menos decirles que se está por morir.

Ella también se encomienda a los dioses y les pide que el Luis vuelva pronto.

Se recrimina no haberlo podido parar. Tanto y tanto le insistió que al final la convenció y ella lo autorizó a salir. Ahora piensa que fue un error, que el nene no debería haber salido solo a esa hora de la noche. Pero a veces se vuelve tan terco que no hay caso. Con las pocas fuerzas que tiene le cuesta dominarlo. No tiene amuleto que besar. Los tiene por elementos de mala fortuna.

Que pueda conseguir de alguna manera los remedios.

A ella le dijeron que en el Hospital ahora los están entregando gratis. Reza para que se los den al Luis.

Que por una vez en la vida las cosas le salgan bien.

 

 

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