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Thoreau, el libertario

Por Luciano Sáliche | Ilustraciones: Maximilien Le Roy

Traer a Henry David Thoreau desde los confines de la primera mitad del siglo XIX a la actualidad no es inocente. Su pensamiento fue revolucionario y, aplicado a nuestra cotidianeidad, también puede serlo, aunque Nancy Rosenblum diga que su perspectiva sobre la vida social y política sea inconcretable. Pero en aquel entonces, cuando Estados Unidos se fragmentaba para darle paso a la Guerra de la Secesión, las medias tintas no tenían cabida. Los Estados del Norte, aglutinados bajo el nombre de La Unión, creían que era el momento de terminar con la esclavitud. Esta tendencia abolicionista se tornó un activismo necesario y humanista que sumó a figuras como John Brown, Harriet Tubman, Angelina Grimké, William Lloyd Garrison. Entre ellos, aunque aislado y ermitaño, estaba Thoreau.

Pero, ¿cuál es la relevancia del pensamiento de este filósofo nacido en un pequeño pueblo perdido entre los prados del estado de Massachusetts? Hoy se cumplen 200 de su nacimiento, y la efemérides redonda funciona como excusa para repensar sus conceptos e iniciar el juego lúdico de ponerlo en cuestión con el presente. Ediciones Godot acaba de publicar Una vida sin principios, un texto fundamental de su bibliografía. Víctor Malumian, su editor, comentó: “En ese libro podemos apreciar el registro oral de Thoreau y su mirada sobre cómo cree que se debe dar una charla. Por otra parte, nos gustó el balance que se da durante las charlas entre las bajadas teóricas y la ejemplificación concreta con casos cotidianos”.

Porque si algo tiene Thoreau es elasticidad: fue agrimensor, fabricante de lápices, naturalista (estuvo dos años, dos meses y dos días viviendo en el bosque), filósofo, profesor, poeta, escritor y activista. También fue uno de los fundadores de lo que hoy conocemos por literatura estadounidense. Pero, por sobre todas las cosas, creía en la libertad, ese significante vacío que por momentos requiere llenarse hasta el tope. Thoreau creía en la desobediencia civil y le repugnaba que en un mundo tan enorme y libre, una institución como el Estado regulara las prácticas y las controlara, ya con el cobro de impuestos o con la represión más brutal. De alguna manera, estaba pensando en biopolítica, casi 150 años antes que Michel Foucault desarrollara sus teorías.

Visionario ante los efectos del capital

En 2016, la editorial Interzona publicó Caminar. Edgardo Scott fue quien estuvo a cargo de la traducción de este libro. “Hay un gran espíritu libertario en Thoreau. Es un pensamiento hipercrítico, autocrítico, pero a su vez es un pensamiento lírico; incluye la comprensión, la diferencia y la utopía. Thoreau es nietzscheano antes de Nietzsche, y anarquista antes de los movimientos anarquistas. Y esa anticipación también es parte de su espíritu y de su pensamiento. Thoreau es un visionario”, dice Scott.

Visionario es una palabra clave para traer sus conceptos a la actualidad. No porque Thoreau haya tenido visiones espiritistas o premoniciones aladas, sino porque su forma de razonar sobre el complejo presente en que vivía le permitía anticiparse al desarrollo de las circunstancias. “Thoreau era muy consciente -continúa Scott- y muy crítico de cuál era el rumbo que tomaban y tomarían los grandes Estados-Nación de Occidente, como el suyo. Leyó a la perfección el espíritu, el discurso y los efectos del capital. Tuvo reflejos muy rápidos para reconocer el tipo de hombre que ese capital iba produciendo e iba a producir. La cultura de masas: un hombre esclavo de sus bienes, de las deudas por sus bienes, del trabajo para pagar las deudas por sus bienes. Y que a su vez, quien no entrara en esa cadena nefasta, sería un despojo, un desafectado social”.

Hay textos y autores que son divertidos e interesantes, sin embargo están los que son necesarios. Eric Schierloh -poeta, novelista y director de la editorial Barba de abejas– tradujo la antología de los poemas de Thoreau La canción del viajero, publicada en 2012 y Diario de Walden. Notas en la laguna en 2013, a la que le seguirá La mañana interior, pronta a publicarse: “Traduzco y edito a Thoreau por la misma razón que cualquier editor edita o debería editar algo: porque cree necesaria, además de placentera, su relectura en este tiempo”.

Escapando de las etiquetas

A Thoreau se lo recuerda también por sus ideas sobre la desobediencia civil, pero ¿calaron profundo en el mundo o simplemente quedaron apretadas entre hojas amarillentas y tapas duras? Para Scott no lograron calar demasiado, y “en todo caso sus ideas siguen, y puede que lo sigan siendo durante mucho tiempo, una suerte de reserva moral y sobre todo una reserva idealista y humanista. A diferencia de otros sueños que pagaron caro y mal su realización (el comunismo, por ejemplo), las ideas de Thoreau que, insisto, tienen mucho de las ideas anarquistas, siguen intactas. Tan irrealizadas como disponibles y cada vez más necesarias y lúcidas”.

En Walden, su libro más conocido, dice que “el lujo que disfruta una clase se compensa con la indigencia que sufre la otra” y aparece, de alguna manera, la cuestión de la lucha de clases. ¿Thoreau era clasista? Para Schierloh “Thoreau percibe en el capitalismo industrializado una fuerza de desigualdad que, según él, puede ser contrarrestada con desobediencia, independencia de criterio y autogestión, diríamos hoy material. Ahora bien, eso no lo exime de criticar directa y principalmente al hombre que por pereza o confort se deja caer en el engaño, pues si hay algo que escasea en Thoreau es la hipocresía”.

Sin hipocresía, frontal; sin caretas, diríamos hoy. ¿Cómo definir a Thoreau hoy, un hombre que permanentemente se ha escapado de las etiquetas? Para Schierloh, “es un humanista en un sentido amplio, aunque claramente no es un humanista especista ya que a veces pareciera que las ardillas, los pájaros y los árboles están bastante antes que el hombre en su lista de prioridades. Es libertario, ecologista, libre pensador, místico y objetor de conciencia. Y es, claramente, anticapitalista y antiindustrial sin llegar a ser un ludita. Pero hay dos rasgos, más formales si se quiere, que me interesan particularmente en su pensamiento. Primero, que nace y se desarrolla in situ, en y sobre la naturaleza, y siempre en diálogo con el hombre (y su historia y futuro civil, por así decir): para él la verdad es más una epifanía que aparece caminando que un razonamiento. Y esto me lleva al segundo rasgo: el pensamiento de Thoreau no es programático; él es contradictorio, impulsivo, digresivo, desordenado y hasta descuidado cuando escribe. Para él, como para el resto de los trascendentalistas, el único programa, si es que hay uno, es el de que cada quien construya una relación original con el universo”.

Las ideas de Thoreau interviniendo en la actualidad

“Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana, está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta su día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano. Como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo”. Este fragmento aparece en Una vida sin principios: una crítica al sentido común, la deconstrucción de lo naturalizado.

¿Cómo intervienen en la actualidad las ideas de Thoreau? Para Malumián “su gran mérito es el ejercicio continuo de repensar lugares comunes. Actualmente se habla del tiempo como uno de los bienes más escasos de la vida moderna. Thoreau en todo momento interpela a pensar sobre el lugar común del ‘buen uso’ del tiempo, qué acciones son realmente productivas en torno a lo que se quiere lograr, la forma de vivir y la forma de habitar el mundo”.

“Siempre me pregunto cómo intervendrán sobre todo en Estados Unidos, si bien fue faro de Luther King, y hasta de Scott-Fitzgerald. Porque además hay que recordar ese otro valor. Thoreau piensa y escribe todo esto hace más de ciento cincuenta años, pero en Estados Unidos. Es como si fuera una suerte de cuerpo extraño o de anticonciencia de la conciencia, justamente, ‘americana’, el último imperio, es decir, la forma de vida que todavía nos rige”, comenta Scott. Por su parte, Schierloh opina que, “lo sepamos o no, de una u otra forma, su pensamiento está vivo en mucho del idealismo (utilizo esta palabra en el mejor sentido) que subsiste en nuestros días: ecologismo, anticapitalismo, anarquismo, autogestión, copyleft y creative commons, comunalismo, decrecimiento y todo aquello que pueda considerarse radical y antisistema o antihegemónico”.

En las fotos de la época, Thoreau aparece siempre con barba, ojos claros, una mirada profunda y algo preocupada y el cabello peinado de arrebato, como si el fotógrafo le hubiese dado apenas un segundo para prepararse. Su figura es viril e imponente, un ermitaño old school, apasionado de la naturaleza y las discusiones filosóficas duras: su radicalismo político y su narcisismo forman, en palabras del profesor Philip Abbott, un rasgo común de la cultura norteamericana. Traerlo al presente, con sus complejidades y contradicciones, implica un desafío. Un desafío necesario.

 

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