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El universo “holográfico”, más allá de nuestra contingencia

Por José Luis Juresa 

Un infierno sin humanidad

Hablar de infiernos es hablar de una vida con la conciencia de no ser vivida. Es dejar el tiempo suspendido en un instante eterno, de tortuosa indefinición. Es saberse parte de un engranaje creyendo que fuera de la máquina no hay nada más, aunque siempre quede la duda. Es la impotencia de insistir en el mismo tropiezo sin saber jamás por qué la piedra, y por qué los círculos. Es saber la condena teniendo que simular el juicio. Hablar de infiernos casi es lo mismo que hablar de paraísos a los que jamás se llega, de promesas a las que hay que resignarse, de muecas que se adivinan con solo mirar sus incrustaciones en la sonrisa. Es la gloria mediocre del consuelo ganado por el ganado rumbo al matadero, o después, hecho de certificados y condecoraciones. Es medirse, compararse, rivalizar, jamás vivir en paz la diferencia, en fin, padecer al ojo desviado de una mirada inicua, eterna acusadora de no llegar “al objetivo”. El infierno es finalmente saberse basura de un basural creciente al que tus acciones son como las de una topadora que arroja y levanta, empuja y compacta, tu propia vida, seguro de no poder hacer nada al respecto, o peor: no queriendo saber nada al respecto.

El infierno es una construcción humana, perfeccionada cada vez, por lo que se ha dado en llamar “objeto técnico”, cuya función última –más allá de las ilusiones y las intenciones progresistas– es hacer desaparecer todo rastro humano sobre la tierra. Porque el capitalismo desregulado, ese que hoy utiliza su fuerza para crear los aparatos de entretenimiento más sofisticados que jamás hayan existido (solo para convencer a la humanidad que su obra de autodestrucción es una exageración, una falacia), ese capitalismo que reduce los derechos a la posesión –siendo el hombre el desposeído de su propia existencia– considera lo humano como una distorsión. Una distorsión en el proceso de acumulación eficiente del capital.

El deseo es un obstáculo, y, curiosamente, la carne es un biosistema que falla en la medida en que el deseo es un obstáculo, ya que da por resultado un zombie, lo cual podría convenirle al sistema. El problema es que un zombie es muy débil. Entonces se prefieren las máquinas. Así, en el horizonte asoma el “nuevo amanecer” en el que las huellas humanas solo serán un resto arqueológico. Contradictoriamente, la solución que propone el realismo capitalista –sin decirlo, obviamente, porque está en su lógica– es apagar definitivamente “el horno” de su infierno, a pesar de que su funcionamiento es infernal, y que no hay otro modo de que prosiga.

Por eso es por lo que la subjetividad del infierno se corresponde con la lógica de un discurso falso –como lo dice Lacan– ya que no hace lazo social y encera las autopistas sobre las que se desliza una vida que se va gastando por no enraizar a nada más que a la continuidad de su propio desliz, un discurrir sin consecuencias. Lustrar el espejo en el que se engaña acerca de su valor o disvalor, es su destino: es y será el efecto del roce de un cuerpo sin historia.

La involución absoluta de la espiritualidad

Sin embargo, hay veces que los seres humanos resisten al infierno, y logran captar de algún modo que están siendo soñados por algo o por alguien que se conecta con ellos para extraerles la vida como si se tratara de la savia de una planta. Bajo la forma que llamamos “la inercia”, se vive en una suerte de estado vegetativo, sin mayor conciencia de en qué nos suspendemos, impotentes para hacer otra cosa que recibir el alimento o estar a merced de las condiciones climáticas (todas ellas inducidas: la pasividad inercial está ligada a la infantilización del individuo). En esos sueños, a los que podemos llamar “reales” o “lúcidos”, se despierta a una realidad que es angustiante en la medida en que se toma alguna conciencia del modo vegetativo de ser o de estar en el mundo, lo cual rememora la situación intrauterina. Tal vez algo de la tendencia primaria que reenvía al sujeto a la madre –entendida esta como “albergue total”– lo deja en estado de latencia y vegetación, conectado y nutrido, sólo para completar el ciclo que la vida necesita para perpetuarse, independientemente de si ésta es “vivida” o no, es decir, si se tiene algún estado de conciencia que dé testimonio de ello.

En el marco del capitalismo, lo que se reproduce y se tiende a reproducir, –y es por eso por lo que su fuerza es tan potente– son estos estados “primarios”, absolutamente regresivos, en cuyo extremo se encuentra el conocido “estado vegetativo”, inhibido de capacidad motora que no sea refleja. Por eso también, como se lo postuló en algún momento, siendo un concepto de comprobación diaria en lo contemporáneoPor ejemplo, el padre simbólico decae, pierde su poder, aún más en la medida en que el capitalismo aceleró la destrucción de los valores en los que se sostenía la temporalidad humana representada u operacionalizada por el poder separador, de corte, de esa función denominada “padre”, en cuya cuenta el propio Freud le cargó lo que llamó “el progreso de la espiritualidad”. Vivimos en una época de involución absoluta de la espiritualidad, reemplazada por una suerte de coaching espiritual que apenas si se reduce a una serie de técnicas de consuelo. El capitalismo obtiene su poder más importante de tal fuente, porque coincide con –paradójicamente– el poder de la vida “en bruto”, la nuda vida, la vida en sí, o lo viviente. Esa es la paradoja: lo que Freud descubre es que la vida es un relato del que solo puede dar testimonio quien puede vivirla, y ese testimonio es, de por sí, la prueba de ser vivida, más allá de las cualidades que se le atribuyan. Para ello hay que “matarla”, subsumiéndola (no toda) en el símbolo. Así, lo “viviente” equivalente al núcleo primigenio del feto en el vientre materno, la célula cuasivegetativa conectada a un cable nutriente. Esa situación, la de la vida para la que el individuo es un vegetal “conectado” que solo tiene la función de reproducirla y hacerla persistir por su propio empuje, es también la situación “natural” con la que el funcionamiento del capitalismo se asegura su persistencia. La regresión pareciera ser algo así como un destino marcado, parecido al del “polvo eres y al polvo retornarás”. Sin embargo, la curiosidad está en el sinsentido, en el absurdo que supone hablar de la vida sin dar testimonio de que al hablar de ella ya estamos fuera, ya somos conscientes, al menos en un mínimo, de que no somos estrictamente lo que describimos: un cuasivegetal reproductor de los ciclos que la biología impone para perpetuar la especie.

En el inconsciente no hay tiempo

Algo resiste la pérdida de lo humano, y en eso está basada la ética del psicoanálisis, porque eso que resiste, descubierto por Freud, es lo incoercible de la pulsión y el deseo que le va asociado, junto al amor. Es la cuerda de una pulsación que no es “interna” ni tampoco externa, que resiste a los territorios que “necesita” delimitar el capitalismo para deslindar y hegemonizar su dominio. No se lleva bien con el anudamiento espaciotemporal en el que la contingencia tiene una función clave, como en la teoría cuántica de la física, que explica la realidad de la materia subatómica, de la que también estamos hechos. El capitalismo domina sobre una territorialidad newtoniana, lineal, en el que el tiempo y el espacio es secuencial y permite la ilusión de lo inmutable y lo estático. Ese es el dominio sobre el que el capitalismo ha ejercido su poder de represión.

El psicoanálisis es un anticipo de lo que, después, en el campo de la física, se desarrolló a partir de la teoría de la relatividad, en la que la realidad misma, la del sentido común, la que se despliega en las cuatro dimensiones de las que podemos tener alguna conciencia, está alterada. Freud lo sitúa: en el inconsciente no hay tiempo. Habrá que aclarar que el tiempo que “no hay” es el que se hace objeto ubicuo de las conjugaciones verbales: pasado, presente, futuro. La física nos hace “visibles” otras dimensiones que actúan e interactúan imperceptiblemente en nuestra realidad, a esta altura, bastante delimitadas y delimitantes de la verdadera amplitud de fenómenos de los que somos el eco inadvertido, tal vez en una multitud de fenómenos en los que no supimos leer, por ahora, ninguna otra cosa que algo sobrenatural, inexplicable o simplemente descartable, del mismo modo en que el capital “descarta” todo lo que no representa un valor de acumulación.

El despliegue polifacético de la realidad compleja 

Freud empezó decididamente por el fenómeno onírico. Creemos que él sabía que allí se concentraban fenómenos que nos muestran, a simple vista, que las alteraciones de las que hablamos se visualizan en la pantalla del sueño. Hoy, por la física y sus avances teóricos y experimentales, perfectamente podríamos profundizar en el fenómeno onírico, sin perder la línea que Freud marcó, pero enraizándola más, leyendo en el texto freudiano lo que en aquel momento no se podía formalizar, aún. Hoy, por ejemplo, se propone la hipótesis de un universo “holográfico”, en el que, al fin, las teorías de la relatividad y la cuántica, “amigadas”, plantean la posibilidad de que la estructuración del universo sea nada más que la proyección de fenómenos que acontecen en los bordes de un agujero, denominado en este caso “negro”, cuyas propiedades esenciales son la concentración de masa (materia) y un poder gravitatorio fenomenal del que no se salva ni la luz, engulléndola por completo en sus fauces. Sin embargo, la información de lo que acontece en tal “singularidad” del universo –en ese sin ley, en el que la contingencia predomina– se acumula en sus bordes y se proyecta hacia nuestra existencia como si fuéramos parte de una película cuyo argumento se “cocina” en otra parte, lejana. Esa lejanía de sí mismos, en donde se constituye a la vez de lo más extranjero, lo más íntimo de la realidad de nuestra presencia en el mundo, de la existencia a la que estamos sujetos, ese centro desplazado del que no se tiene mayor registro que el de los síntomas, si tomamos al sueño mismo como tal, es el punto en el que la materia de la que gozamos cobra una realidad mucho más compleja de la que tenemos “a la vista”. Y, en definitiva, es lo que Freud descubrió y puso ante nuestros ojos, si es que estamos dispuestos a ver.

Y así, sentimos mediante esos fenómenos extraños, absurdos, disonantes, disruptivos, la verdadera extensión de lo que vivimos y habitamos, de la que apenas logramos anoticiarnos mediante estos fenómenos de “proyección”, como el de la pantalla del sueño. No tenemos el espacio necesario, ni es el propósito de este texto profundizar esa relación entre los fenómenos de la física y la realidad de la que tenemos conciencia, pero el fenómeno onírico da cuenta del despliegue complejo de una verdad en la que la contingencia, las alteraciones espaciotemporales, la transdimensionalidad, la barrera del sentido común newtoniano sobre el espacio y el tiempo, y sobre todo, la realidad sobre la que el capitalismo no tiene posibilidades de ejercer su dominio, son la regla. Acceder a ese despliegue polifacético de la realidad compleja es lo que nos provee del alivio equivalente al alivio transferencial. Es darle “paso” a algo que permaneció enmudecido, a la espera, sufriente, y que se libera por la mediación del amor. Al fin y al cabo, eso es la transferencia.

Mantener y trabajar inconscientemente en la inalterabilidad de un mundo reducido a la preeminencia del falo con lo que el capitalismo y su lógica de discurso se lleva tan bien, a través del márketing y la propaganda, por ejemplo, las representaciones, y la idealidad de lo UNO es un imposible que lo único que logra es condenar al sujeto a la impotencia, al consumo de sí mismo y al malestar, precisamente por eso, porque es un imposible, que a simple vista no se logra ubicar. El psicoanálisis también es una ciencia moderna porque escapa a la lógica de la “simple vista”.

 

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* Las ideas que entrecruzan la física con el psicoanálisis se desarrollan en extensión en un texto inédito titulado provisionalmente “Vacío y subjetividad” José Luis Juresa- Cristian Rodríguez.

 

 

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