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Patriotismo tranza

Por Leticia Martin

¿De qué trata La cordillera? ¿Por qué ese título? ¿Por qué esos personajes? ¿Recuerdan los productores de cine que los espectadores prestan atención a los sponsors de un largometraje para entender quién habla detrás de esa ficción? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Es un lugar común decir que el cine es una de las maquinarias más rendidoras a la hora de construir ideología, hacer circular y luego fijar sentidos. Una verdadera “máquina de captura”, al decir del escritor y sociólogo Daniel Rosso. Capturar algo que está sucediendo ahí afuera, transformarlo, ficcionalizarlo, construir un discurso y luego poner a pensar a los espectadores en determinadas cosas, y no en otras. Los norteamericanos lo han hecho desde que el mundo es mundo y con bastantes buenos resultados. Como la tranza que el enviado del presidente norteamericano (Christian Slater) viene a proponerle a Hernán Blanco (Ricardo Darín), el recientemente electo presidente argentino. Ellos inventaron el apriete, los usos políticos del cine, la sociedad de consumo. De casualidad no inventaron la pólvora. Ellos son los dueños de la pelota en eso: pensar estrategias que en apariencia sirvan a otros para conseguir sus objetivos de país poderoso, opresor, hacer flamear la bandera estrellada en cuanta película de exportación se produzca y distribuya en los países emergentes. Hacer aparecer como héroes a los soldados caídos en sus innumerables enfrentamientos bélicos, condecorar, premiar, cuidar a las madres de todos los soldados Ryan de su inmenso país. ¿Pero no lo hacen para instalar el patriotismo, el heroísmo, una buena versión de su americanidad?

Y sí, lamentablemente para algunos, a muchos espectadores les importa –y cada vez más– saber quién dice qué. Y si bien es cierto que cuando se apaga la luz, se enciende Gimonte –chiste al margen–, cuando se apaga la luz, también, se hace un pacto, se ingresa en la fantasía, se suspende la vida real un par de horas y  –entonces sí– la magia sucede: nos entretenemos. Vamos al cine queriendo divertirnos, aprender algo, escapar a otra cosa. Vamos dispuestos a creer en esa historia que elegimos ver.  

El caso es que en esta película de Santiago Mitre producida por K&S Films, sponsoreada por IRSA, Telefónica de Argentina, una larga lista más de empresas y el apoyo de la gobernación de España –entre otros aportantes– lo que se intenta mostrar es el lado B de un presidente de ficción que sería “lo suficientemente humano” como para producir algún tipo de identificación en los espectadores. Pero ese efecto buscado no se consigue. Es imposible empatizar con algo que jamás va a tocarnos de cerca, como con algo que preferimos desconocer. Reconocemos e identificamos el mal, la indecencia, la tentación, sin embargo –todavía– preferimos se confronte ese lado oscuro de la política.

Pero vamos a la trama. Hernán Blanco está solo, rodeado de sus colaboradores, atento a la cantidad de menciones de su nombre en la redes sociales y ajeno a otros aspectos de la política. No hay marchas. No hay conflicto social. No hay tironeos en la economía. Sólo hay un plano de preocupación: la Cumbre regional en Cerro Nevado, Chile, a la que el flamante presidente ha sido convocado. El río que pareciera correr por debajo de esas formas institucionales de la trama es el escándalo en puerta que viene a traerle al alto mando su hija (Dolores Fonzi), y que por momentos creemos que podría doblegar los bostezos acumulados en el aire denso de la sala. Pero tampoco. La gran oportunidad de generar algún tipo de tensión dramática es desperdiciada en un par de sesiones de hipnosis, el recuerdo de un caballo que se escapa y la casa de un vecino que “alguien” incendia adrede. Entonces uno –evadiéndose de la ficción que no atrapa, no seduce, no involucra– se pregunta por qué está viendo esta historia, a quién le importa lo que está pasando en esas aburridas votaciones de Estados nacionales que bien podría emular el surgimiento de la UNASUR, y qué será lo que quieren decirnos con estas largas escenas tediosas. ¿Habrá algo que interpretar y yo me lo estoy perdiendo?

El objetivo resulta interesante: mostrar a un presidente real, que tranza, negocia a espaldas, le chupa la concha a la minita que le ponen al lado –buenas tetas, pero muy hechas–, hace llamar a su hija casi psicótica para “contenerla”, corre a un chofer para volver a manejar el auto, en la ruta,  se aburre, no puede dormir, bla. Todo pareciera querer escaparse de los lugares comunes de lo políticamente correcto para una película sobre políticos corruptos. El tema es que todo “pareciera”, pero se queda en solo buenas intenciones. La magia no se produce, los hilos son demasiado evidentes, nada es creíble –desde la tonada de los presidentes regionales a los diálogos de los políticos y esa cantidad de mujeres decorativas que encarnan papeles secundarios– y entonces uno se aburre, otro repara en lo rápido que el hotel cambió el vidrio que rompió la hija del presidente, y otro, directamente, se para y se va. Mientras eso pasa yo pienso que seguramente la película aparecerá en los medios como “éxito de taquilla”, o similar porque ¿quién pone la plata, pauta, dirige el Incaa en estos días?

Me quedo un rato más en la sala. Hasta que termine de pasar los títulos. Quiero ver la historia hasta el final. Pero a cada rato me distancio –y eso que quería ver esta película de cerca– y empiezo a escribir esta reseña en el aire, a pensar por qué esto, por qué con los conflictos del Incaa de fondo, por qué contando con tantos recursos, a costa de menos producción de películas independientes, con los mejores técnicos y malgastando los nombres más talentosos del país. “Hasta Érica Rivas no parece Érica Rivas –me dice alguien que quiero– parece hasta mala actriz”. ¡Mirá si hay que tener talento para conseguir eso! Y es cierto, pienso. La guita se quema adelante de nuestros ojos si no podemos entrar en la historia y nos quedamos afuera, entrando y saliendo de la trama, si la escena de más acción en 114 minutos de film es una silla que rompe un ventanal y vuela por los aires, hasta estrellarse en la nieve y ya.

Para cerrar, digamos. Un tibio House of Cards deslucido y desaprovechado. Por momentos irritante. Por momentos tedioso. Da para hacer la lista de qué otras cosas podrías hacer con esos 90 pesos.

Cambiando de tema. ¿Dónde está Santiago Maldonado? ¿Podría Mauricio Macri –como hace Hernán Blanco con las denuncias de corrupción que recibe y prefiere ocultar– no referirse al tema que mantiene en vilo a toda una sociedad: la desaparición forzada de una persona en manos de las fuerzas represivas del Estado? Desde luego, de hecho lo está haciendo. Por eso la pregunta: ¿dónde está Santiago Maldonado?

 

 

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