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Los que aman, odian

Por Luciano Lutereau

1.

Es difícil leer Los que aman, odian y no pensar en que se trata de un chiste interno de la pareja Bioy-Silvina. Una mujer llamada Mary, traductora, aparece muerta y se culpa a su hermana Emilia y su novio A. “No es la primera vez que un hombre está enamorado de una mujer y dominado por otra”, concluye la novela. De algún modo era preciso matar a Victoria, aunque más no sea en la ficción, para poder escribir.

2.

Una vez dijo Bioy acerca de Silvina Ocampo, su mujer: “A veces tengo la impresión de haber vivido un poco distraído a su lado”. ¿Qué hombre no ama de manera distraída? Ya R. Barthes decía que el amor consiste en estar con alguien mientras se hace otra cosa. O bien D. W. Winnicott dio una definición masculina de la capacidad de estar solo en presencia de otro. El amor del varón es olvidadizo. A veces es un síntoma, como le ocurre al obsesivo que nunca ama tanto como cuando pierde al otro. Aquí la ausencia se vuelve una condición. Pero es algo que excede al tipo clínico: cuando el varón ama de forma distraída, es porque ama el amor materno. Hacer de la mujer un sustituto de la madre es una pieza central del Edipo masculino. ¿Se trata, entonces, de que el varón no se distraiga? ¡Eso quisiera la histérica! Quizás alcance con un ideal menos severo, con que la distracción incluya al otro.

3.

Escribo un artículo sobre la masculinidad contemporánea. No creo en la idea de “nuevas masculinidades”, como no creo en lo nuevo. Pienso mucho en Paul McCartney para escribir. Toda la música pop desde la segunda mitad del XX es una nota al pie de sus melodías. Él inventó las silly love songs, y también reinventó lo masculino. En las fotos con los Beatles siempre elegía una posición diferente a la viril. Un animal, un vestido de mujer, de espaldas, con pies descalzos, etc. Incluso cuando se vestía de hombre lo hacía de forma paródica, exageraba un bigote o la montura de los anteojos, sin perder nunca su baby face. Cuando Lennon hizo su único acto masculino, envejeció 10 años en 1, hizo un disco de madurez absoluta y murió. Paul nunca muere, por eso se fantasea con que haya muerto cada dos por tres. “Sólo los hombres pueden morir” escribió una vez M. Yourcenar. Paul fue el último hombre, el que hizo de la masculinidad un semblante y un concepto. Después de él, podemos pensar lo masculino, pero lo cierto es que ya no hay hombres.

4.

Este fin de semana le dije “Te quiero” a tres mujeres. Una me preguntó: “¿Qué me querés decir con eso?” Otra me dijo (con estilo socrático): “No es a mí a quien querés, sino a X”. La tercera me propuso: “¿Podrías ser un poco más específico y desarrollar el campo semántico de la expresión?”. Luego le dije “Te quiero” a un amigo, y él me respondió: “Yo también”. La diferencia sexual no es anatómica, sino entre dos modos distintos de situarse respecto de la palabra de amor. El ser femenino interroga la declaración amorosa, y pide que el acto tenga consecuencias en lo real. Para el ser hablante masculino, el franeleo imaginario es suficiente.

5.

En los hoteles suelo pasar por loco. Antes pedía que no entrara nadie a la habitación en mi ausencia. Es que no me gusta que ordenen la habitación por mí. Una vez vino la persona a limpiar y me preguntó si había dormido en el hotel esa noche. Porque no puedo evitar estirar las sábanas al levantarme. Es algo que hacía mi abuelo, y por lo que yo lo amaba mucho. Un hombre tiene que mantener su “casa en orden”. No me parece que otra persona haga ese trabajo en lugar de uno, como no puedo dejar tirada una toalla en el baño. No es una cuestión moral, sino que se relaciona con los límites de lo masculino para mí. Y algo más. Recuerdo haber hablado mucho de esto en otro tiempo, de la plenitud de sentido que tiene la expresión “que te hagan una cama”, pero también de la canción que dice “y prepararás la cama para dos”. Sólo por amor uno se deja hacer la cama a veces (con ese amor inconfesable que se puede tener por los traidores), o deja que la haga otro para los dos. ¡Y uno no se anda dejando amar por cualquiera! “Cualquiera”, que no es anónimo si pensamos en que, por lo general, es una mujer que “podría ser mi madre”. Siempre me pareció todo muy incestuoso en los hoteles… Pero el amor también puede ampliar sus condiciones con el tiempo, y hoy en día puedo hacer la cama al levantarme y, antes de salir, deshacerla. Y así vivir y dejar vivir. Que cuando mamá llegue uno ya no esté. Me voy al cine, tanto para Puig como para mí, un nombre del Padre.

 

 

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