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Breve historia de Molly Brown, la insumergible

Por Luciano Sáliche

Antes la gente se moría. Ahora también, pero no tan rápido. John Tobin y Johanna Collins quedaron viudos muy jóvenes, pero por suerte se conocieron, se enamoraron y se volvieron a casar. Cada uno tenía un hijo previo, con sus parejas muertas. Pero la vida sigue, y para ellos también siguió. Como buenos inmigrantes irlandeses pobres radicados en Estados Unidos, los destacaba la persistencia frente a la tragedia cotidiana de vivir. Sabían del sufrimiento, pero no se encerraban en rabietas sin sentido; eran trabajadores y progresistas. Miraban hacia adelante. Tuvieron cuatro hijos, entre ellos Molly Brown, la insumergible. Nació un 18 de julio de 1867, hace 150 años.

El apellido que adoptó la joven Margaret Tobin Collins —ese era su nombre de nacimiento— fue el de casada, cuando contrajo matrimonio con James Joseph Brown. Ambos hijos de inmigrantes irlandeses, ambos trabajadores, ambos pobres. Se conocieron cuando ella, luego de trabajar cinco años en la tabacalera Tobacco Company Garth y cumplir los 18, decidió instalarse en la ciudad minera de Leadville, Colorado. Molly encontró trabajo en la tienda Daniels & Fisher Co, mientras que James Joseph trabajaba en las minas. “Me convencí de que estaría mejor con un hombre pobre que me gustase, y no con un rico que sólo me atrajera por su dinero”, contó una vez Molly. El amor, por encima de todo.

La historia sigue así, como un golpe del destino, justicia poética o mero azar: con un novedoso método de galerías subterráneas para evitar los derrumbamientos en las minas, James Brown descubrió nuevos yacimientos de oro. La Ibex Company no tuvo más remedio que premiarlo. Le cedió el 12,5% del capital social y un lugar dentro de la administración. Los hijos de irlandeses, los pobres, los trabajadores, se encontraban con una fortuna repentina. ¿Y qué hacen los pobres cuando tienen plata? La gastan: mudó a gran parte de su familia a su nueva mansión de Denver, y se dedicó a viajar por el mundo junto a su marido. La peor pesadilla de la aristocracia: ahora era una nueva rica.

Con esa etiqueta a cuestas, Molly Brown se subió al Titanic el 10 de abril de 1912. No tenía la juventud de años atrás, pero sí vitalidad, y mucha. A sus casi 55 años, la vida la había sacudido. Tras un divorcio en buenos términos —habían tenido dos hijos—, su ex marido falleció de un ataque al corazón. ¿Qué podía hacer? La gente se muere, habrá pensado. Se embarcó en el Titanic desde Southampton pensando en Nueva York. La historia es conocida: un iceberg acabó con los sueños utilitaristas de velocidad y fama. El saldo fue 1.513 muertos. Era el barco más grande del mundo, una bestia de acero surcando las aguas, un edificio acostado imposible de hundir. Molly Brown subió contenta y se mezcló entre burgueses y aristócratas que la miraban desde arriba del hombro, sin saber que bajo la oscura noche tendría que mirar a la muerte a los ojos.

En la película de James Cameron, la interpretación de Kathy Bates la pinta por completo: cuando invitan a Jack (Leonardo DiCaprio) a una cena pomposa tras salvar a Rose (Kate Winslet), es ella quien le presta el traje y le da consejos sobre cómo lidiar con la oligarquía. También muestran cómo se revela cuando, tras el hundimiento, los botes salvavidas son utilizados por un número mínimo de personas, todos de alta alcurnia. Según el libro El Titanic ha dejado de responder de Gérard Piouffre, el bote 6 —donde viajaba Molly Brown— podría haber salvado a 40 personas más. Las desigualdad de clase y poder causaron más muertes de las que se creen.

Estuvieron siete horas varados en el frío Océano Atlántico, muy cerca del Ártico, hasta que un barco los encontró. La vitalidad de la Molly Brown no se apagó: hizo la lista de supervivientes, una colecta entre los ricos de primera clase y los del barco que los rescató, actuó como intérprete (dominaba el francés y el alemán), y al pisar tierra firme, cuando un periodista le preguntó cómo sobrevivió, su respuesta fue contundente. “Es la suerte de los Brown: somos insumergibles”, dijo como homenaje a los inmigrantes irlandeses, a la clase trabajadora. Luego habrá soltado una sonrisa de forma amplia, de esas que no admiten concesiones; se acomodó el pelo, un gesto breve de agradecimiento y se perdió entre la multitud.

En un mundo exageradamente machista, Molly Brown era feminista. No lo decía, no se autodefinía de esa forma, pero sus pensamientos ansiaban la igualdad de derechos. Padeció esa inequidad cuando, por ser mujer, no la dejaron testificar en la comisión de investigación. No le importó: contó su historia por entregas en el Herald Newport. Sin embargo, y consecuente con sus ideas, cuando inauguraron en 1931 el Memorial de la Mujer del Titanic, retrucó sobre la norma que daba prioridad a las mujeres: “Si pedimos igualdad de derechos en la tierra, ¿por qué no hacerlo también en el mar?”

Según cuenta Kristen Iversen en Molly Brown: desentrañar el mito, se quedó un largo tiempo en Nueva York ayudando a los náufragos. El Titanic no sólo la había herido, le había dado también la obligación de no claudicar frente al horror, de persistir. Pero, ¿quién o qué fue Molly Brown? Se la podría definir como filántropa o altruista, sin embargo es preferible decir que se trataba de una mujer comprometida, una persona sensible que entendía que el mundo era y es brutalmente desigual.

Participó en la emblemática huelga de los mineros en Ludlow, se opuso a Rockefeller, peleó por el sufragio femenino, creó orfanatos, luchó por abolir el trabajo infantil, se movió por el planeta buscando sanarlo. Con en el arte también lo intentó: fue una destacada actriz de teatro entre París y Nueva York y contribuyó en los primeros años de 1900 a la publicación de las obras de Mark Twain en braille y en francés.

Murió en 1932. No sufrió, ni gritó, ni pidió auxilio. Dormida en una habitación del hotel Barbizon en Nueva York, simplemente su corazón se detuvo. Alguna pesadilla del naufragio, quizás; o tal vez un sueño cálido y utópico sobre un mundo más pacífico. Tenía un enorme tumor cerebral, reveló autopsia. Ella nunca lo supo.

 

 

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