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Estos son mis prejuicios, si no le gustan tengo otros

Por Luciano Lutereau

1.

El 17 de mayo fue el día internacional de lucha contra la homofobia. De una revista de psicoanálisis me avisaron que aceptaban un artículo mío. Con una condición: que matice la afirmación “la homosexualidad rechaza la castración”. En el artículo planteo que una posición homosexual no se define a partir de una elección de objeto. Aun así el evaluador me pide que baje el tono de la frase, para que no parezca un “prejuicio”. Pero, ¿de quién es el prejuicio? En el artículo desarrollo que hablar de salir con una persona del “mismo sexo” es una idea contraria al psicoanálisis, en la medida en que supone “identidad” en lo sexual y reduce el género a la anatomía. No obstante me piden… ¿que sea políticamente correcto? ¿Que no diga algo que pueda generar debate? Entonces, ¿qué hago? ¿Repito el sentido común? Y ¿qué hago con la idea de que la heterosexualidad es una modificación de la homosexualidad? ¿Qué hago con el planteo de que el hecho de que un hombre salga con un hombre (o una mujer con una mujer) no es suficiente para hablar de homosexualidad? Porque no es una revista de divulgación, sino una revista especializada, de psicoanalistas para psicoanalistas, en la que un evaluador me pide que no sea prejuicioso. Aunque con su pedido no hace más que exponer sus propios prejuicios. No debe haber nada más opresivo y que atente contra el pensamiento que el imperativo actual de decir cosas que estén bien. El psicoanálisis al servicio de una moral.

2.

Mientras hago tiempo en el aeropuerto miro el video de “Vente pa’ cá”. Me gusta el inicio: Ricky le hace un chiste a Maluma frente a la mirada cómplice de la empleada del hotel. Mejor dicho: le dice a ella que tenga cuidado con él, o algo así. Es un típico chiste masculino: la mujer como testigo de la complicidad de los varones (que se manosean un poco). No creo que sea algo forzado o un gesto comercial. Sería un prejuicio creer que un homosexual no es masculino. Es un prejuicio en psicoanálisis: cuando se superpone homosexualidad y posición pasiva. Es cierto que muchos homosexuales se la pasan mandándose fotos de la pija, y después consultan por impotencia (como si sólo tuvieran la pija para la foto), pero justamente el síntoma es lo que hace que muchos homosexuales puedan jugar a la mariquita sin serlo. Se identifican eróticamente a ese semblante, juegan y seducen, pero su posición sexuada es masculina. Todavía los psicoanalistas tenemos muchos prejuicios para pensar la homosexualidad masculina. Me incluyo. En principio es preciso deshacer la ecuación posición homosexual = posición pasiva. No alcanza con cuestionar la vía de la elección de objeto.

3.

“Si el perro es el mejor amigo del hombre, el gay es el peor amigo de la mujer”, le digo a mi amiga M. y a C. (su amigo gay). Estamos tomando algo, decimos pavadas para divertirnos. En nuestras conversaciones los llamo “Patti y Robert”, porque son hermosos y malditos, y la maldición de M. es que casi ninguna de sus relaciones dura más que un par de semanas. Le digo que es porque enseguida se lo cuenta a C. Ambos me dicen que soy su “amigo facho” y a mí me encanta que eso no sea un obstáculo para nuestra amistad. Somos la auténtica comunidad de lo diverso. Y yo les agradezco que me quieran a pesar de lo que soy y pienso. Igual les hago una aclaración: un amigo gay no tiene nada que ver con la homosexualidad. Por cierto, C. no es homosexual (o no lo es más que cualquier hombre). Pero es un amigo gay, de la misma manera que el marido de mi amiga J. es nuestra amiga K. Ambas tienen parejas, pero si yo tuviera que hablar del marido de J. no dudaría en hablar de K. Las cosas no son tan lineales ni evidentes. Entonces retomo: el amigo gay es el varón con el que una mujer puede hablar sin sentir vergüenza, es decir, aquel que le hace olvidar que ella es una mujer y él… un hombre. Por ejemplo, a M. le gusta un chico y se lo cuenta a C. Entonces C. le da consejos, ambos hablan de cómo acercarse a la “víctima”, en fin, construyen una escena que ambos ven de afuera, y que hace que M. pierda cualquier posible intimidad para conocer a ese hombre, porque se objetiva todo el tiempo para la mirada de C. Eventualmente C. puede intervenir, y hacerle un comentario al chico que le gusta a M., “hacerle gancho” si lo conoce, pero es obvio que eso no va a llegar a nada, porque ¿qué hombre se animaría a avanzar con una mujer con la mirada pendiente de otro hombre? Sólo un adolescente o, si tiene más de 21 años, un idiota. Por eso M. apenas tiene encuentros que nunca llegan a nada. La mirada del amigo gay ahorra a la mujer el erotismo y la intimidad de la seducción; quizá la haga sentir más segura de sí misma, divertida, lúcida e inteligente, porque hasta pueden juntos (ella y su amigo gay) burlarse de la torpeza de los hombres, pero esa objetivación escópica es una falsa sutura de la división subjetiva que impone el encuentro con el deseo torpe del varón a una mujer. “Mala fe” diría un sartreano. Porque la amistad entre el hombre y la mujer existe, por supuesto, pero si rechaza la diferencia sexual no es más que una sociedad de socorro mutuo.

 

Ilustración: Felix d’Eon

 

 

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