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¿Quién teme a la filosofía?

Por Luciano Lutereau

1.

A veces una clase es como una sesión de análisis. Lo mejor ocurre en una digresión, en el pasillo, en la charla posterior. Hace poco un alumno me preguntó por las psicosis, por aquellos que “no tienen” el nombre del padre. Se me ocurrió decirle que nadie lo tiene, y que pensar una distinción entre “los que sí” y “los que no” es una clasificación segregativa, más propia de la neurociencia que del psicoanálisis. Se puede ser un neurocientífico que habla en lacaniano.

Entonces este alumno me preguntó cómo pienso la estructura, y se me ocurrió decirle (estaba tentado) que la estructura es un acto. Están aquellos que sólo pueden actuar filiándose en una genealogía, que sólo pueden simbolizar su acto en la serie de un precedente, mientras que hay otros que no creen en eso, que son un poco más libres, que no necesitan de esa referencia paterna para actuar. Lo interesante es que eso no los hace psicóticos. Asimismo el paranoico es un enamorado del padre y de la herencia (preferentemente de raza). Es todo un poco más complejo que padre “sí o no” (esa pasión por lo binario).

En este punto, el alumno me hizo notar qué tonta es la metáfora lacaniana de la carretera principal, qué grave prejuicio implica, porque no sólo están los que van por tierra, sino los que “no van en tren, sino en avión”.

La conversación analítica, incluso la que ocurre en una clase, que necesita trascender la lógica del pensamiento clasificatorio propio de la (pseudo)ciencia, hunde sus raíces en la filosofía, en esa célula elemental que es el diálogo socrático.

2.

El psicoanálisis parece algo abstracto, pero se corrobora cotidianamente. Genera suspicacia entre los filósofos, y es esperable este temor, ya que es una práctica que no se basa en conceptos sino en mitos.

El psicoanálisis es un método de interpretación de ritos. Por ejemplo: dos hermanos tuvieron desde siempre una relación distante; un día muere el padre, y los hermanos comienzan a verse regularmente. Surge el hábito de cenar juntos cada tanto. Es evidente que la muerte del padre los unió. Sin embargo, esta unión no se basa en el amor, sino en el deseo de muerte. Son hermanos porque comparten el deseo de matar al padre. Y es lo que hicieron. Por eso se juntan a cenar. Para no llorar. Porque sólo puede llorarse la muerte de alguien a quien se le deseó la muerte. Cuando nuestra fantasía se cumple. Para advertir luego que sólo le deseamos la muerte a las personas que más amamos. Y cuando no podemos asumir que amamos con odio es que sentimos culpa. Y cuando sentimos culpa nos juntamos con otro para negar ese deseo que, sin embargo, realizamos por el solo acto de elegir un cómplice.

El asesinato del padre no es un crimen perfecto, sino que tiene siempre un testigo. Este es el lugar de los hermanos. Sólo ellos pueden juzgarnos. Por eso a algunos les resulta más fácil contar algo íntimo a un extraño, como un psicoanalista (o el mozo de un bar), que a un familiar o amigo. Aunque hablemos de la temperatura o de lo que pasó el fin de semana, en un análisis siempre hablamos de un deseo homicida. Hablar es matar, por eso cuesta tanto. Nunca está tan presente la muerte como cuando alguien dice: “No sé de qué hablar hoy”. Salvo Nietzsche, mis amigos filósofos no entienden esto. Por suerte algunos se analizan.

3.

Hace un tiempo conversaba con un amigo filósofo. No sólo es un escritor conocido, sino que también fue un alto funcionario de un gobierno anterior. Hablábamos de los últimos casos de femicidios. Entonces él dijo: “Aparentemente la piba era medio bardera”. Me quedé duro. No me iba a indignar, porque la indignación es una pasión facilista (y neurótica). Su comentario no tenía que ver con una (pseudo)complicidad masculina, en la reunión estaba una amiga de ambos. Con sinceridad le dije: “Yo no creo que con ese comentario vos hayas querido decir que existe una justificación de su muerte”. Es obvio que no, pero entonces ¿por qué lo dice? ¿Por qué dice algo que no sabe que dice (justo él que, como filósofo, es especialista en saber)?

En 1923, Freud decía que el varón desmiente la diferencia sexual, y sólo la acepta con la condición de suponer la falta de pene como un castigo. El “desprecio por las mujeres” (sic), entonces, tiene un fundamento psíquico. Eso explica por qué cada ser despreciado es “feminizado” en la lógica fálica. No es una cuestión cultural, sino que tiene un fundamento pulsional. Por eso el saber no alcanza para combatir la misoginia. Mi amigo no es un misógino: es un tipo muy culto, que como funcionario ha hecho mucho por minorías oprimidas, pero lo no sabido del inconsciente no se modifica estudiando ni con buenas intenciones.

En el inconsciente, la mujer es culpable de su diferencia, y la fuerza pulsional con que los varones culpabilizan a las mujeres, en mi experiencia, sólo pude corroborar que el análisis la alcanza. Porque el reverso de esa culpabilización es otra figura igualmente renegatoria (y fálica): la victimización. Por eso mi apuesta contra la misoginia es a través de la práctica del psicoanálisis.

 

 

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