Blog

El intrincado mundo de la fornicación

Por Sergio Fitte

Recuerdo con exactitud el día que comencé a prestar atención en la escuela. Fue el día que tuvimos la primera clase de educación sexual. No me pregunten la fecha ni el grado que estaba cursando, de eso no me queda un solo registro. Pero sin temor a equivocarme sostengo y tengo grabado en la mente que el día que tuvimos por primera vez educación sexual en la escuela algo cambió para mí y lo hizo para siempre.

Hasta ese momento yo dividía a las personas en tan solo dos clases: viejas o jóvenes. Pero a partir de las explicaciones y las maquetas que nos enseñó la (grupo: exuberante) señorita Martita Terranova, observé que las agrupaciones que se podían realizar eran casi innumerables. Al fin de aquel año tenía una lista extensa de grupos a diferenciar. Arrancaba con los más evidentes y podía terminar en subgrupos realmente muy poco numerosos. Por lo que la clasificación arrancaba: viejos o jóvenes, que continuaba siendo la diferenciación por excelencia. Como novedad inquietante apareció la diferenciación entre hombres y mujeres. A su vez los hombres (grupo que no me atraía tanto) se subdividían en altos o bajos. Robustos o bajos. Gordo o atléticos.

Por su parte el grupo de las mujeres se podía subdividir en: lindas o feas. Altas o bajas. Rubias, morochas, pelirrojas o teñidas. De busto grande-exuberantes o pequeño/esmirriado. Y en el grupo más perturbador se encontraban las que tuvieron y las que no tuvieron hijos. La perturbación no venía por el tema de los hijos en sí mismo. Si no, que venía aparejado al tema de la virginidad. Como bien se sabe todas aquellas mujeres que han tenido hijos no son vírgenes. Es decir han sido desfloradas. O para ser aun más explícito y maleducado, como lo dijo el chico que se sienta en el fondo y apodan Napoleón: “a tu mamá le metieron la pija y le echaron la leche para que naciera un pelotudo con tu cara”.

Aquellas palabras fueron tan incomprensibles para mí en aquel momento que solo atiné a reírme un poco. Tampoco mucho ya que no terminaba de entender el significado real de semejante grosería; ni tampoco si debía mostrarme divertido o amenazado por aquellos dichos. Eso sí, no me olvidé jamás de aquella frase, ni de la exposición de Napoleón que quedó retumbando contra los mingitorios llenos de naftalinas, papeles y colillas de cigarrillo. Antes de que el sonido se disipara por completo la señorita Terranova nos vino a buscar al baño. Napoleón lejos de amilanarse con la inesperada aparición, subió la apuesta hasta un límite inimaginable: “a usted también la deban haber desflorado” le dijo sin titubeos. Yo alcancé a escabullirme entre el cuerpo de la maestra y el marco de la puerta. Por un momento imaginé que Martita se largaba a llorar porque, con semejante declaración de Napoleón, le había cambiado el semblante de la cara a un rojo furioso. Sin embargo cuando la miré con detenimiento observé que en lugar de mostrarse preocupada se sonreía mientras de un solo movimiento cerraba la puerta del baño para quedar a solas con el alumno. Al mismo tiempo, mientras avanzaba a zandaca limpia, realizaba un movimiento de bamboleo de la lengua que había dejado escapar de su boca. Una lengua gruesa y un tanto azulada que le llegaba hasta la pera.

Luego del encontronazo con Terranova, Napoleón tomó un status importante dentro del grupo de 5º C que le duró hasta que finalizó el primario y sus padres se lo llevaron a Comodoro Rivadavia a manejar una especie de flete que se dedicaba a transportar turistas incautos de un lugar a otro. Los que lo conocen bien, dicen que de una manera u otra se las ingeniaba para llevar a cabo verdaderas proezas al volante realizando círculos interminables que los turistas no lograban descubrir. Por otro lado todas las experiencias que él mismo contaba, ya siendo grande, podían variar desde lo más naif hasta lo más escatológico.

Con el correr del tiempo me fui haciendo la idea de que la mayoría de las hazañas que Napoleón decía haber vivido eran todas macanas. Eso, a su vez, me llevó a sospechar que lo más probable era que Martita, estando ambos dentro del baño, le hubiese metido una buena cachetada por mocoso mal educado. Durante muchos años el chico utilizó aquella situación para ganar fama y provocar espanto entre las compañeras de grado que eran las que más se sobresaltaban cada vez que se tocaba en la clase de educación sexual el tema de la virginidad y la desfloración. Para no meterme en el espanto de la “menarca” y el acto mismo de la fornicación. Porque también fuimos instruidos en el tema de la fornicación.

Era lógico que nosotros nos diésemos cuenta, aun sin que antes Terranova abriese la boca, que el desarrollo de la clase que se nos avecinaba tenía como único y especial tema el de la fornicación. Martita entraba distinta al salón. Se frotaba las manos. Húmedas. Respiraba aceleradamente y el delantal se le subía y se le bajaba en la parte superior del pecho (clase exuberante). Los anteojos ahumados se le transpiraban. Ella se los retiraba de los ojos y los limpiaba con el guardapolvo. Se los volvía a colocar y a sacar unas cuantas veces. Durante éste período de tiempo Martita no hablaba. Cuando daba por perdida la batalla los colocaba sobre el escritorio y tomaba una tiza. Fornicación; anotaba con grandes letras de imprenta en el pizarrón. Una vez que giraba hacia nosotros para iniciar el discurso que tenía preparado le veíamos los ojos de cansada que tenía y nos dábamos cuenta de que no había dormido bien la noche anterior. Napoleón se llevaba las manos a la boca y hacía una bocina. Luego muy despacito decía: “desflorada”. A nosotros nos costaba mantener la cordura. En estas oportunidades siempre, siempre Terranova lo señalaba a él y lo invitaba a que explicara con lujo de detalle y en el frente el tema de la fornicación. A mí me daba la impresión que había algo enfermizo en las palabras y la insistencia de la maestra en cuanto al tema. Napoleón parecía disfrutar de esos momentos, entonces se incorporaba de su asiento ante la risa del salón entero. Allí volvía a aparecer la voz de Terranova que lo conminaba a volver a sentarse.

—Por esta vez pasa, deje que al tema de la fornicación lo explique yo— le decía, nos decía.

Y el asunto se encarrilaba por sus causes de normalidad aparente.

Las manos transpiradas le dificultaba el pegado de láminas a todo color en el pizarrón. Se veía que el sudor de Terranova malograba el sistema de adhesión de la cinta scotch. La situación la malhumoraba al punto de bufar y tener que pedir ayuda a alguno de los alumnos.

Adivinaron. Lo llamaba a Napoleón.

—Tome alumno, aquí tiene, pegue esta vagina así la pueden ver todos.

Un sonido ahogado de risas avergonzadas sobrevolaba el aula. Las palabras de la maestra se arrastraban por su lengua áspera, gruesa y azul antes de ser expulsadas de la boca. Se trababan las sílabas entre mares de baba que le costaba tragar y ella no buscaba reprimir.

—Aquí también tiene este pene. Válgame Dios, pedazo de pene— expresaba entusiasmada.

Y allí se quedaba el elegido realizando movimientos nerviosos con las láminas explicativas que llevaban como títulos: Aparato reproductor Femenino y Aparato Reproductor Masculino, respectivamente.

Cada tanto cuando las manos se le trababan, Terranova le daba una especie de topetón con la cadera a nuestro compañero y le mostraba una sonrisa desprolija de rush y nicotina que a mí me quitaba la alegría por lo que quedaba del día.

Trompas de Falopio era una de las maneras que tenía de iniciar su discurso. Nosotros mirábamos hipnotizados aquellas figuras turbadoras. Sentíamos calores y cosquillas difíciles de explicar. En más de una oportunidad alguna que otra alumna de la clase se incorporó de su pupitre y vomitó. Por lo general esto sucedía cuando se hablaba de la regla. El higienizado durante el período que duraba la misma o directamente el tema favorito de la maestra: el arte de la fornicación mientras se tiene la regla.

La verdad que me costaba concentrarme en las palabras de Terranova teniendo en frente aquellas imágenes a todo color. Era poco lo que la escuchaba y menos aun lo que le entendía. El sonido del timbre siempre me producía un descalabro. Me quitaba de mis ensueños. Como cuando te encienden las luces del cine en un momento equivocado. Terminadas aquellas clases de educación sexual salíamos a formar sin dirigirnos la palabra. Las miradas clavadas en el suelo. Era una de las pocas veces en que se lograba el silencio.

Más de una oportunidad escuché la frase en tono de súplica de boca de la docente.

—Napoleón. Por qué no se acerca y me da una manito con todas estas láminas.

La escena se termina con la puerta del salón que cierra.

Napoleón concurría al llamado sin oponer resistencia. Se lo observaba muy obediente en ciertos momentos.

Con las explicaciones que le iba oyendo a la Terranova me fui viendo obligado a ir realizando nuevos grupos y subgrupos de persona.

Fueron apareciendo diferenciaciones entre mujeres de vulva: pequeña, mediana y grande. Igual grupo para los hombres pero tomando como objeto de observación el tema del pene. Mujeres de bello púbico: negro, rojizo, rubio, lampiño, lacio, enrulado. Idem para los hombres. De esta manera aparecieron muchos etcéteras, los suficientes como para tomar la decisión de tener dos cuadernos específicos, uno para los hombres otro para las mujeres. Este último fue el que sobrevivió a las anotaciones. A las verdaderas me refiero. A las anotadas luego de una exhaustiva investigación de campo. El otro cayó en el olvido.

La primera dificultad que descubrí para llevar acabo mis avances observatorios era la complejidad para determinar a qué grupo debería yo sumar, por ejemplo, a la vecina de enfrente de mi casa. Varias cuestiones se encontraban a la vista de todos, no quedaban dudas que la mujer en cuestión era: vieja, exuberante, de tetas alargadas y otras cuestiones. Pero, cómo determinar si poseía un bello público lacio o enrulado. Si su vagina era mediana o pequeña. La desilusión fue grande cuando determiné que no me animaría a realizarle aquella clase de preguntas de ninguna manera y las anotaciones se estancarían inexorablemente.

Pero al igual que todo gran problema, pronto llegó la solución más sencilla e inesperada. Como un Dios caído del cielo una tarde de calor ya durante el receso de verano Napoleón (quién otro) me dijo: vení, vamos hasta la plaza que te quiero decir algo. Y allí cambió todo una vez más.

Mi amigo me llevó de la mano caminado a las apuradas. Parecía un crío al cual arrastraba para reprender detrás del árbol central de la plaza principal del barrio.

—Sentate.

Hice caso. Estaba agitado por la caminata, pero sobretodo por la expectativa que me producía la situación.

Napoleón no tuvo necesidad de emitir palabra alguna. Me arrojó encima una revista y se sentó a mi lado.

—Abrila —sentenció.

Mi corazón amenazaba con explotar. Una sensación de fuego me subió de la cintura hasta la cabeza. Estaba siendo testigo de un descubrimiento maravilloso. A medida que pasaba las hojas mis ojos se inundaban de imágenes de mujeres desnudas. Mi compañero se dio cuenta que no me encontraba en condiciones de hablar. Entonces arrancó el. Yo continuaba hojeando.

—Te das cuenta. Ahí las tenés a las vaginas, a las conchas, a las cajetas o como quieras llamarlas.

Me ruborizaba con cada palabra.

—Te das cuenta de la diferencia con las láminas de la escuela.

—Cómo no me voy a dar cuenta. Te creés que soy pelotudo.

Napoleón me pegó un golpecito sobre la visera y me palmeó el hombro.

Me contó la historia de la revista y de qué manera había llegado a sus manos. La nombró varia veces a la Terranova. Yo continuaba demasiado aturdido para seguir sus palabras. Continuaba pasando las hojas con desesperación.

De un momento a otro me quitó la revista de las manos. Me miró a los ojos y me dijo.

—Lo importante no es la revista. Lo importante es que en el centro hay una casa de ropas que se llama Casa Fornaroli.

Luego de una larga hora de charla en tono muy serio nos despedimos.

El dato que me había pasado mi amigo daba vueltas y vueltas por mi cabeza. El día que la tía Zunilda decidió comprarse un pulovercito liviano yo la acompañé.

Entramos juntos a la casa más afamada de ropa a la que la tía podía acceder: Casa Fornaroli. Como ella es muy despistada sabía que pronto se olvidaría de mi presencia y se volvería a su casa sin el menor recuerdo de mi acompañamiento. De inmediato diagramé un recorrido de inspección dentro del local. Todo era tal cual me lo había imaginado. Tal cual Napoleón me lo había explicado. El plano que había confeccionado con los datos aportados era propio de un arquitecto. La disposición de los percheros con la ropa y los corredores para desplazarse por la tienda eran perfectos.

Luego de haber realizado una observación general del lugar me dirigí al puesto elegido para llevar acabo la observación. Porque según los dichos de Napoleón, cosa que yo estaba a punto de comprobar, si uno estaba atento y alerta podía observar de qué manera se cambiaban las mujeres dentro de los probadores.

La estructura de puertas de cortinados parecían hechos de manera deliberada. En poco tiempo, desde la tranquilidad que me dispensaba el perchero de pantalones Lee, comencé a ver que los dicho de mi amigo se condecían con la realidad. Las mujeres entraban y salían de los probadores con total desprejuicio. Las cortinas nunca cerraban de manera hermética. Siempre quedaban resquicios por los que se podían observar tetas de todo tipo, tamaño y color completamente al aire. Culos cuando se probaban shorts o polleras o “el completo” cuando se calzaban mallas de dos piezas.  

En muy pocos días teniendo en cuenta que nos encontrábamos transitando las vacaciones de verano y lo que me sobraba era tiempo, empecé a realizar larguísimos excursiones de observación. Me llevó poco tiempo detectar que no solo yo era quien conocía el secreto que escondía el local. Eran muchos los pares de ojos que disfrutaban de los pormenores de aquellas exquisitas imágenes robadas a las incautas, o no tanto, clientas. Yo realizaba en mi libreta espiralaza largas descripciones de lo que me tocaba ver y vivir en mi jornada de miramiento. Las primeras páginas que aun hoy conservo se encuentran escritas con una letra demasiado grande para lo que son los renglones y se nota temblorosa. Con el correr de las anotaciones esto va mejorando notablemente. Es una lástima que en ese momento no haya ahondado en el otro tema. Porque allí dentro también transcurría otro tema.

Los chicos que llevaban más tiempo en “el trabajo” que yo me advirtieron del cuidado que debía tenerse con “el viejo verde”.

El “viejo verde” era un espécimen (eran varios en verdad, no sólo uno) que se desplazaba de manera enérgica de un lado para el otro. Sin tapujos. Eran hombres grandes que poco hacían para pasar desapercibidos, se notaba que no les importaba que los vieran. Por momento daba la sensación de que en realidad, eso era lo que querían, que los vieran. Cada tanto se metían, detrás de alguna señora, dentro de los probadores. Y allí dentro pasaban cosas. Cosas que a nosotros, los niños, no nos interesaban tanto. A nosotros en verdad lo que más nos interesaba era poder ver las tetas. Ni que hablar el día que vimos a la maestra de 1º A probándose una malla. Ese sin duda fue el mejor momento que recuerdo. Pero también recuerdo el peor.

Me encontraba realizando mi guardia de viernes a la tarde (el mejor día, es el momento en que las adolescentes compran ropa para salir a bailar el fin de semana). Cuando veo entrar a mi mamá casi a las corridas. No alcancé a divisar si llevaba prenda alguna en la mano, pero la observé ir resuelta al probador que estaba libre. De un solo movimiento dos de los “viejos verdes” que acechaban se adelantaron a metérsele detrás. Ella dejó entrar solo al que llegó primero. Se pasaron un largo rato allí dentro. Yo quedé petrificado sin poder hacer nada. Recién cuando salieron pude, al menos, agacharme para que no me atropellaran en su escapada. No lo puedo asegurar, pero creo que mamá me vio.

Ya en casa y por la noche, mientras terminábamos de cenar, les anuncié a papá y mamá que les tenía que decir algo muy importante a los dos.

—Muy bien hijito —me dijo mi padre.

Entonces fue que me incorporé de la silla y los enfrenté. Estaba tan nervioso que el labio inferior me temblaba. Sentía una terrible puntada en las sienes. La comida me había caído como una piedra.

Papá, que es muy persuasivo, advirtió mi estado. Se acomodó en la silla y me alentó a que hablara.

La situación era de extrema tensión y expectativa, al menos eso creía yo en ese momento.

A todo esto, él abrazaba a mamá del hombro y se lo masajeaba, ambos se encontraban relajados y disfrutando de la expectativa que se había creado. Papá intentaba reprimir una sonrisa que pronto se transformó en carcajada. Mamá terminó contagiándose y por más que realicé un gran esfuerzo para ponerme serio pronto también yo comencé a tentarme.

En un momento, al igual que en las familias felices de los cuentos de hadas, los tres reíamos con furia y el tiempo se detuvo para siempre.

 

 

Etiquetas: ,

Comentarios

Comments are closed.

JIF Diseño y Comunicación