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El comienzo de una hermosa amistad

Por Luciano Lutereau

1.

A muchas mujeres les pasa que se empiezan a fijar en un hombre después de que alguien les dijo que él las miró. La existencia previa de ese deseo es la clave: gustarle a un hombre causa el interés. Se trata del modo habitual en que muchas mujeres se relacionan con el deseo, desde la pasividad. Pero también hay mujeres que miran, y que sufren esa actividad: son las que todo el tiempo sienten que su deseo se nota, el hombre se va a dar cuenta; bajan la mirada y se inhiben. No se trata de mujeres “masculinas”, sino de mujeres en las que la actividad de la pulsión es más patente. Tampoco es algo propio de un tipo clínico, porque no se trata de un resultado de la represión. Suelen ser mujeres frontales, curiosas, exitosas en el trabajo. Porque su síntoma está en el amor, no en el trabajo. Son mujeres que admiro, cuya amistad me interesa, porque son mujeres resueltas. A las primeras se las podría llamar “minitas” (o “tilingas”), a las segundas “mujeres bellas y fuertes” (como dice la canción) porque tienen la belleza de la fuerza. Nunca tiene sentido hablar de “la mujer”, como esencia, o “las mujeres” como conjunto, sin hacer distinciones de posición subjetiva y pulsional.

2.

Regreso de México a Buenos Aires. Siempre es una incógnita al lado de quien se viajará. Esta vez mi compañero es un muchacho que, a primera vista, me resulta molesto. Me parece presuntuoso, pero pienso que la misma impresión tuve en los últimos años con quienes se convirtieron en mis mejores amigos. Es claro, entonces, que lo que reconozco en ellos es mi propia soberbia proyectada en alguien que me interpela. Comenzamos a charlar, pegamos onda y ante el “pollo o pasta” de los aviones tomamos una decisión colectiva y cada uno elige una opción y compartimos la mitad. Ante la oferta de bebida, elegimos con la misma madurez: cerveza y whisky. Entonces yo recuerdo que en la mochila tengo las cartas con que suelo jugar con mi hijo Joaquín. Hacemos unos partidos de truco mientras hablamos de la vida: él es contador, yo le hago consultas del monotributo y recibo unos valiosos consejos. El viaje es largo, faltan 6 horas. Hablamos también de mujeres: le muestro que en la opción de películas está El gran Gatsby, le cuento por qué la novela es de mis preferidas. La vemos juntos. Pedimos más cerveza y whisky. Luego la comentamos: no es fácil amar a una mujer. Le digo que El gran Gatsby tiene la misma estructura afectiva que Casablanca. Él no vio Casablanca. Le cuento que una vez, hace muchos años invité a una compañera de Facultad a mi casa a verla. Al terminar la película, ella me preguntó: “¿De verdad me invitaste un viernes a la noche a tu casa a ver una película sobre una historia de amor en la ocupación nazi? No lo puedo creer”, dijo y se fue ofendida. Pero Casablanca es mucho más que una historia de amor. Pasa lo mismo que en El gran Gatsby, porque es cierto que Richard es un pesimista y Gatsby un optimista, pero ambos tienen el mismo rasgo en común, es decir, ambos están fijados en el pasado y sufren por no poder aceptar que la mujer (¡que los ama!) antes amó a otro hombre. Porque Daisy e Ilsa aman a Gatsby y Richard, pero ellos padecen el deseo celoso del hombre que no soporta que su mujer haya tenido un pasado.

Le digo a Dani, mi compañero, que ese deseo celoso es lo propio del complejo de Edipo en varón (en eso consiste el mito de querer casarse con la mamá y ver al papá como un rival), y que para Freud lo esperable de un análisis es poder atravesarlo y llegar a la convicción de que toda mujer está perdida, siempre somos cornudos, pero eso no es un obstáculo para amarla. Dani me pide que le recomiende un analista. Y como nunca vio Casablanca se pone a verla mientras yo juego al Tetris. Y en la parte en que Bogart dice: “Here’s looking at you, kid”, me parece que Dani llora. Después dice que Bogart se parece a Serrat y que quizá eso explique el éxito del cantautor español. Llegamos a Buenos Aires. Nos agendamos los teléfonos. Seguramente nunca nos volveremos a ver. No por falta de ganas, sino porque los varones no nos llamamos para vernos. Quizá lo llame si necesito hacerle otra consulta impositiva. Fue el comienzo de una hermosa amistad.

 

 

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