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Teorema de la decepción

Por Luciano Sáliche

En el libro La sociedad de la decepción, el filósofo francés Gilles Lipovetsky dice que “en nuestra época prosperan el desasosiego y el desengaño, la decepción y la angustia”, y da cuenta del verdadero poder del mercado: hoy —asegura— la entidad que promete la felicidad no es la democracia sino el capitalismo consumista. “El consumo en algunos casos puede ser liberador y en otros puede ser alienante”, comentó Hernán Vanoli en una entrevista reciente. Un shopping, un supermercado, un bar, incluso el arte es absorbido como una mercancía capaz de satisfacer algún fragmento de nuestra ansiedad. ¿Hacia dónde va la humanidad?, podría gritar uno de los pasajeros sentados al fondo de este colectivo social sin rumbo claro que ya superó los 200 kilómetros por hora y todo lo que se ve por la ventanilla son formas difusas y alargadas, un paisaje distorsionado por la velocidad, mezcla de terror frenético y entretenimiento anestésico. ¿Hacia dónde mierda vamos?

BoJack Horseman es un caballo antropomorfo que prefiere beber, salir, drogarse para que esta pregunta existencial no invada su cerebro. Producida por Netflix, es una serie de animación para adultos, creada por Raphael Bob-Waksberg y estrenada en agosto de 2014, que presentó su cuarta temporada el 8 de septiembre de este año. Un producto pensado para los abúlicos que recaen en un servicio de streaming pago luego de que la televisión por cable sea un zapping eterno y miserable. Un producto que entiende la época, que la cuestiona, que se sumerge en las porquerías del consumo, en su sinsentido y mira el vació a los ojos. Un producto que no falla, porque no se propone brillar, ni encantar, ni entusiasmar: BoJack Horseman —además del nombre de la serie, también es el del personaje: un actor que triunfó en los años 90 con una comedia al mejor estilo Two and a Half Men  y que, desde que terminó, no ha podido reconstruir su carrera— es simplemente un poco de jabón para tirarse por el túnel angosto camino a la nada.

Estados Unidos es la farsa de las rebeliones sociales. Todo lo que se conquistó en materia de derechos colectivos, el imperio del norte lo vuelve una burda improvisación hollywoodense. Esta serie lo que hace es llevarla al extremo porque, en una época que parece no poder transformar sus condiciones materiales, la respuesta es un cinismo rancio a cualquier progresismo entusiasta. Es así como se burla de la política, del periodismo, de la literatura, del feminismo, del amor, de la maternidad, de la amistad, de la paternidad. En esta cuarta temporada, a BoJack Horseman le aparece una hija. No sabe quién es su madre: en su apogeo como celebrity estuvo con tantas mujeres que sería imposible determinar a quién embarazó, porque en el caso de haberlo hecho, abortaba. Toda la insensibilidad noventosa de tomar cocaína, coger y no reflexionar ni un segundo es lo que fue este personaje cuando estaba, como suele decirse, en la cresta de la ola. Hoy, desde este 2017, disfruta su riqueza con la misma actitud, sólo que sin juventud. Y nostalgia.

BoJack Horseman, como cualquiera que pisa esta época, busca la felicidad. Pero enseguida se da cuenta que no existe, que todo es una mentira, una farsa, una impostura del marketing y la publicidad, esa que él mismo contribuyó a que se instale. Pero ya está, no quiere cambiar, no le importa, entonces actúa por inercia. Sigue cogiendo, sigue drogándose, sigue viviendo intentando rascar la olla de la existencia, tratando de lograr en el hoy lo que fue ayer. Pero no lo encuentra. Tampoco hay nada que encontrar. BoJack Horseman es, lo que se dice, una mierda de persona. Ni siquiera es un antihéroe, mucho menos un personaje malvado. BoJack Horseman es una pobre criatura de este mundo. Es rico, eso sí, pero su existencia pasará sin pena ni gloria. Quiere trascender, lo ha hecho, pero no le alcanza. Nada alcanza. Quiere ser feliz, pero es imposible porque ¿qué significa realmente eso? Cuando Michel Houellebecq, en su famoso poema en prosa Sobrevivir, asegura “no temáis a la felicidad: no existe”, se refiere justamente a esa imposibilidad. La búsqueda de la felicidad, perseguir tus sueños, es caminar hacia donde se juntan los catetos.  

Con 25 minutos por capítulo alcanza como dosis, funciona. Se sabe, la inteligencia trasciende los formatos racionales de la estandarización del consumo. La inteligencia es lo único que nos salva, lo único que brilla como una gema en una montaña de mugre y carisma. BoJack Horseman, por sobre todas las cosas, es una serie inteligente. Will Arnett es la voz del caballo protagonista; Amy Sedaris, la de la Princesa Carolyn: una gata rosa, agente de actores, eterna soltera que no baja los brazos, feminista aguerrida sin siquiera arrogarse esa etiqueta; Alison Brie, la de Diane Nguyen, una ghost writer, una periodista del tipo BuzzFeed y una progre contradictoria; Paul F. Tompkins, el de Mister Peanutbutter, un perro idiota y, por ende, feliz; y Aaron Paul, la de Todd Chávez, un pibe de 24 años asexual, oda a la más absurdo y aútil despreocupación. Con todos estos personajes sobra material, sin embargo las escenas, los delirios del guión, los toques de surrealismo y nihilismo hacen de esta serie algo realmente inteligente que provoca una reflexión más allá de la alienación. Y en los tiempos que corren, no es poco.

¿Cómo sobrevivir a la decepción, esa sensación persistente de que todo, absolutamente todo en este mundo está mal? No basta con ir al campo, encerrarse en la nada social, una burbuja que nos resguarde de —como dice Peter Sloterdijk— ese exterior que nos aflige; tampoco hurgar por los recuerdos traumáticos de una infancia que, muy en el fondo, fue hermosa; y mucho menos volver a esos sitios alegres como las primeras novias, los primeros besos, el olor dulce de la irresponsable despreocupación por el futuro. BoJack Horseman lo buscó todo y sigue igual: es la misma mierda de siempre. ¿Cómo sobrevivir a la decepción? Quizás la clave esté en el paso previo: las expectativas. Hay que dejar de mirarse el culo. Hay que dejar el cinismo, pero también la neutralidad. Hay que comprometerse con algo que subvierta el orden “natural” de las cosas. No hay que cambiar el mundo, hay que prenderlo fuego y hacerlo de nuevo. En ese proceso incendiario, tal vez, encontremos algo que se parezca a ser feliz.

 

 

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