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Che Guevara: un puño en alto que nunca desiste

Por Federico Capobianco

“Otras tierras del mundo reclaman
el concurso de mis modestos esfuerzos”
Ernesto Che Guevara, carta de despedida a Fidel

“Sus soldados son flores de madera
y mi ejército no tiene bandera, es sólo un corazón.”
Extremoduro, “La vereda de la puerta de atrás”

 

 I.

Hoy, 9 de octubre de 2017, se cumplen 50 años de la caída de Ernesto Che Guevara. Y es caída porque lo mataron y porque medio siglo después su imagen se erige con la potencia que solo da la autenticidad y el convencimiento de entregarse a la muerte. Cuando el Che se despidió de Cuba, en las primeras líneas de su carta a Fidel, escribió: “..supimos que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera).” Pero en el año 1965, cuando parte a Bolivia, el Che ya era, además de líder revolucionario, líder político en la isla. Con el triunfo y su constitución podría pensarse que el convencimiento revolucionario se afianza, pero cuenta Fidel, en Un grano de maíz, que cuando el pequeño grupo castrista cayó preso en México, el único que complicó la liberación, y los planes, fue el propio Che al responder con una firmeza algo ingenua, cuando el Servicio de Inteligencia mexicano se lo preguntó: “Sí, soy comunista”. Ernesto Guevara tenía 21 años.

II.

Los verdaderos ídolos se construyen solos en concluyente aplicación en la realidad. La vida del Che es conocida por la mayoría pero sus ideas y su lucidez quizás no tanto. Por más que Fidel lo compare con el talento que Lenin y Marx supieron tener, la contemporaneidad del Che deja al líder cubano en sutil patinada. Su sinceridad, al responder 20 años después, sobre el pensamiento del Che, es más la aceptación de un error, que una declaración al pasar: “Mi admiración y mi simpatía por el Che crecen en la medida en que he visto todo lo que ocurrió en el campo socialista, porque él era rotundamente opuesto a los métodos de construcción del socialismo utilizando las categorías del capitalismo. El Che tuvo una visión de profeta cuando en los primeros años de la década del 60, ya fue capaz de ver todos los inconvenientes, todas las consecuencias que podía tener el método que se estaba utilizando en la construcción del socialismo en Europa del Este. Él decía que no había por qué acudir a todas aquellas categorías y a aquella filosofía capitalista. Y cuando aquí en nuestro país se utilizaron métodos copiados de Europa, y al cabo de 10 u 11 años, mientras se esperaban los frutos, se produjeron tantas deformaciones, yo tenía que pensar y recordar constantemente al Che y su premonición.”

El Che lo vio antes y lo avisó. Sus análisis se cumplieron más de dos décadas después, con él ya muerto, pero antes de partir a Bolivia, su humildad lo llevó a pedir perdón. No partió enojado sino disculpándose por no haber confiado más en su líder Fidel Castro. Su tarea en Cuba estaba hecha, su necesidad estaba ahora en otras tierras.

III.

Los ídolos que se construyen solos, en concluyente aplicación en la realidad, atraviesan generaciones. Estuve con mi pareja recorriendo Cuba el año pasado y a pesar de las historias que todos narran cuando respondemos que somos argentinos, hay dos para resaltar: cenábamos en Varadero, en una pequeña pizzería de su principal y oscura avenida, cuando un señor bastante mayor que se apoyaba en un bastón y arrastraba una gran bolsa e iba pidiendo las latas vacías para venderlas después, entró. Al ser Varadero la ciudad más turística, el señor hablaba en un inglés defectuoso. Cuando se nos acercó y habló, le dije que lo haga en español porque éramos argentinos. Quedó callado mirándonos y para cortar el silencio incómodo agregué: “argentino como el que llevas ahí y ahí” y señalé el pin de su boina y el parche de su camisa con la imagen del Che. Volvió a hablar, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas: “yo al Che lo llevo aquí –señaló su cabeza- y –señalando su pecho- en mí cora…”, no terminó, rompió en llanto y dos segundos después fue echado por el mozo que creyó que, como se había quedado conversando, nos estaba molestando.

La ruta de Cienfuegos a Trinidad la recorrimos en un taxi cubano con un chofer de apenas 36 años. A medida que los kilómetros pasaban la charla iba fluyendo, nos contó su vida entera, con sus orgullos y sus disidencias. A medio del camino sacó de su billetera su cédula de identidad y me la mostró: “Este es mi mayor orgullo”. Había nacido un 14 de junio –mismo día que el Che– y por tal razón se llamaba Ernesto. “Lo llevo conmigo hasta que me muera, porque él murió por nosotros”. Entiéndase que cuando el Che murió, Ernesto chofer no había nacido.

IV

Hoy, 50 años después de su muerte, en varios países, se lo celebra porque la muerte para él era un paso más. Lo dice Fidel en el prólogo de El Diario del Che en Bolivia:Che contemplaba su muerte como algo natural y probable en el proceso y se esforzó en recalcar, muy especialmente en sus últimos documentos, que esa eventualidad no impediría la marcha inevitable de la revolución en América Latina”.

Y aunque el filósofo francés Régis Debray -quien acompañó al Che en Bolivia y fuera acusado de traición pero exculpado después por Fidel- diga que “al Che lo mataron dos veces, primero con una ráfaga de fusil del sargento Terán y después con sus millones de imágenes”, hoy hay millones de imágenes más. Y matarlo es recordarlo. Escribió el Che en la Tricontinental: “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo… En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas”. Cada vez que se levante su imagen se lo volverá a matar y otro oído receptivo levantará el puño. Tomás Borges, escritor y revolucionario nicaragüense, puede tener razón cuando dice: “fuimos víctimas de la fatalidad, que lastimó las expectativas de los movimientos de liberación nacional, cuando fue asesinado el Che Guevara”.  Pero la expectativa de liberación era más amplia y certera. Amplia porque era del mundo entero aunque sus intentos posteriores solo llegaron al Congo y Bolivia. Certera porque cuando el único y verdadero sinónimo latinoamericano de la internacionalidad socialista del siglo XX, se paró frente a los representantes del mundo, en 1964, dejó en claro su misión y se convirtió en aquella persona por la cual cada generación socialista sentirá un excesivo amor y orgullo, convirtiendo en ídolo a quién desde su juventud no tuvo miedos para hablar: “nuestras masas proclaman como expresión irrefutable de su decisión de lucha, paralizando la mano armada del invasor. […] Esa proclama es: Patria o muerte.”

 

 

 

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