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La desterritorialización de lo femenino

Por José Luis Juresa

Por cierto que en los consultorios se puede tener acceso a los modos de sufrir y de enfermar de la época, pero también a los modos de enfrentar ciertas vulnerabilidades que ponen a los seres hablantes, a los sujetos que hablan en análisis, frente a la disyuntiva de rechazarlas de plano –en pos de adaptarse a las condiciones de un sistema que castiga cualquier sensibilidad que altere su funcionamiento– o vivirlas al costo de no poder desenvolverse ante las exigencias del rendimiento y del estado de guerra embozado y permanente al que estamos sometidos.

Una mujer siente bronca consigo misma por haberse enamorado de alguien que no le da bola. Declara que su vida estaba bien hasta que se le cruzó este “hijo de puta”, y que ahora no se puede concentrar para estudiar su carrera y llevar adelante su trabajo. Quiere volver a ser dura, fuerte, como cuando todo estaba bien, y se “garchaba” cuantos flacos le daba la gana, sin sufrir ninguna consecuencia afectiva.

No es la primera que viene con ese discurso. Debo decir que son muchas las que hablan así. Los hombres –todos “hijos de puta”– lo son porque por primera vez, en relación con alguno de ellos, ellas se sienten mujeres. Y el problema está ahí. El problema es la mujer. Lo fue desde el principio, porque el mundo, verdaderamente, empezó con ella, con Eva, esa mujer.

Antes de que algún precipitado se arroje sobre estas palabras en nombre de algún “ismo”, digo que lo femenino no es privativo de las mujeres. Los es para ambos sexos, porque conecta con un goce irrepresentable, por ende, imposible de asociar plenamente a un objeto sobre el que el ser hablante pueda ejercer su dominio total. Este asunto no reconoce género, y es un descubrimiento del psicoanálisis. O al menos el psicoanálisis es el primer discurso que le da entidad. El testimonio de muchas mujeres que rechazan el amor por convertirlas en “debiluchas”, “tontas” o “desgraciadas” –aunque los varones lo sobrelleven lo mismo con disimulo, tal vez por identificación al “género”– da cuenta de que lo Real del amor es el modo en que, para cada uno, lo femenino introduce un “fuera de dominio” que, a la vez de angustiante, puede resultar vivificante. A tal efecto, de análisis, lo denominaremos “la desterritorialización de lo femenino”. Lo designo así porque defino al “territorio” como la malla simbólica sobre la que la represión puede operar. “Desterritorializar” es la operación analítica que, por obra de la interpretación/lectura, des-circunscribe el borde simbólico establecido para arriesgarse a la contingencia del habla y la escritura ocasional que, en esta, se precipita. El levantamiento de la represión freudiana coincide, de esta forma, con la operación de lectura que sólo es posible producir y verificar dentro del dispositivo del discurso analítico.

Dios, la mujer y el síntoma

Mi amiga y psicoanalista Alexandra Kohan, con quien nos reunimos periódicamente en plan de debate e intercambio de ideas, me lee sus ideas acerca del feminismo. Surge la famosa y controversial frase lacaniana: “la mujer no existe”. Me quedo pensando. El hilo continúa respecto del sentido de tal fórmula. Sabemos que la mujer no es un ser de este mundo, no existe porque hay ser consciente que la encarne. Podría ser Dios. De hecho, Lacan dice algo parecido. Dios es la mujer. Pero Dios habita en los hombres y mujeres de este mundo como algo o alguien que se hace presente entre los seres humanos por el bien que es capaz de prodigarles, muchas veces bajo la forma del mal. No es lo mismo hablar de las mujeres, que sí existen, y de esto dan testimonio los hombres, por lo menos los que hablan todos los días en el consultorio.

Pero en verdad, el problema de Dios (¿por qué se habrá sentido empujado a crear la mujer?), o de la mujer que no existe, lo tienen tanto los varones como las mujeres. Dios o la mujer apenas si son semblantes de algo inatrapable para el símbolo. Sobre ese tipo de territorialidades simbólicas, que designan y cuadriculan la existencia, se efectúa la operación ilusoria de los nuevos totalitarismos, que se renuevan como la gripe, una por cada año. Se fundamentan en el “saber” –negado– de jamás poder alcanzar el absoluto de la repre-sión/sentación. Establecer territorios, delimitarlos, tiene que ver con la necesidad lógica del poder hegemónico, pero no del deseo. De este modo se hace evidente por qué se promueven los semblantes: son también una manera de conformar y conservar el poder y el control represivo, porque los semblantes engañan respecto de la consistencia del objeto. Promueven la idea de que con tal o cual objeto de consumo, por ejemplo, se completará el mundo. O peor: la idea de que el mundo existe de esa manera total, completa. Del mismo modo en que el capitalismo reduce a la maximización de la ganancia a través del reciclado de las pérdidas, o de lo “inútil”, el símbolo actúa en la pretensión de reducir lo Real a la lógica de “maximización elaborativa”, buscando ampliar su capacidad para evitar que algo se escape en la contingencia, lo impensado, lo imprevisto, e ingrese al programa de vida (tal como en las corporaciones se denomina a la vida de un trabajador dentro de su sistema: “plan de carrera”). Por eso –y este es el motivo de este párrafo– el psicoanálisis basa su efectividad en la descomposición del objeto hasta su inconsistencia final, esa que deja entrever la contingencia de la que está hecho. Es como acercarse a la composición última de la materia. Allí, solo encontramos agitaciones permanentes que nos dejan entrever que apenas por las fuerzas que explican la presencia de la realidad, esos elementos mínimos permanecen juntos, aunque la “apariencia” de una mirada a simple vista, nos lo muestre consolidado, compacto, consistente, e incluso eterno. Analizar es descomponer hasta el elemento último de la materia con la que se trabaja. En nuestro caso, el lenguaje.

El síntoma hace retornar la imposibilidad de sostener indefinidamente el semblante, y la reducción al sentido. Es la expresión de un imposible: la determinación absoluta del símbolo. Si el hombre no aprende a vivir también en la contingencia, no vivirá nunca, sólo padecerá la vida. El síntoma, en última instancia, es la expresión de un Dios (o de la mujer) que desea su caída. Eva, cuando le da de comer de la manzana a Adán, se convierte en su síntoma, y en una mujer. Cualquiera se podría preguntar por qué come de la manzana, teniéndolo todo en el “paraíso”. Es lo mismo que se preguntan los pacientes cuando no entienden su síntoma. En definitiva, no hay paraíso para el deseo. De eso habla una mujer, detrás de los semblantes.

El falo de Dios y la nada

El cuerpo libidinal, el cuerpo que recupera Freud de sus histéricas, sometidas por el papel que las mujeres tuvieron en su época: apéndices de “lo macho”.

“Lo macho” al final, es el apéndice mismo. Este otro remedo de objeto que se deshace en la nada de la que el psicoanálisis hace el vértice de su dispositivo clínico: un objeto irrepresentable. Es decir, un objeto fuera de toda “territorialidad”. Si el vértice del discurso es una nada que se escapa del símbolo para que éste haga su juego –del mismo modo en que las fichas de un tablero de scrabble dejan un lugar vacío para que las letras hagan sus movimientos– entonces tenemos una pista de por qué la mujer no existe: es una mujer que no desea nada ni hace desear. Tal vez la posición de la virgen. Una virgen es una madre “total”. Por lo tanto, lo femenino queda fuera de la territorialidad materna. la mujer es la madre con su hijo. El catolicismo se basa en esa célula. Aquí vamos: de “la Eva”, la interesada en el falo/manzana, intermediadora de la caída del paraíso, a “La María”, la que concibe “sin pecado” (sin deseo), para que, sacrificando el hijo/falo, recupere el paraíso para “las criaturas de Dios”. Como Cristo es el hijo de Dios, es Dios, la mujer, el que sacrifica su propio falo, su propia tentación, su empuje a una mujer.

El “territorio” feminista

Lo que Freud denominó “envidia del pene” es la expresión de la reducción de lo femenino al territorio fálico y a su establecimiento en fronteras de género. Son las mujeres que, por ejemplo, suelen decir que no pueden ser amigas de otras mujeres, y que se llevan bien con los hombres porque son más sencillos y no pelean de forma venenosa ni artera. Se comparan constantemente con las otras y solo pueden decir que no quieren ser tomadas por boludas o por tontas. Para ellas, los hombres siempre son previsibles y van en manada, y se les puede arrancar lo que se propongan, en una suerte de revanchismo teledirigido. No pueden vivir en paz las diferencias, y se lamentan –a veces sin siquiera registrarlo– de haber nacido mujeres. Creen fervientemente que los hombres la tienen mucho más fácil, y señalan esa supuesta desventaja como el principal e irremediable mal de sus vidas.

Algo se repite en ese fracaso de la posesión fálica, que no se conforma con el semblante, y que termina mostrando o dejando adivinar lo que hace a la vida del sujeto. Es la ausencia de un objeto con el que se pueda construir un dominio estable, dentro del que la promesa fundamental sea: el día en que yo tenga la manija, ya verás. Otra vez, se trata de “la manija”.

El problema que “enloquece” a todos los sistemas que se proponen funcionar dentro de esa lógica, es la incoercibilidad del deseo, y su inconciliabilidad con cualquier objeto-tapón del deseo. La política no ha logrado solucionar este problema, para hacer del sujeto del deseo un asunto político, además de “el ciudadano”. Política de los seres deseantes, con el cuerpo como zona “desterritorializada”, es decir, evanescente a las lógicas de concentración, estabilización y eternización del poder hegemónico y totalitario.

La desterritorialización es causa de lo femenino

El objeto del psicoanálisis es apenas una nada que es letra, y que Lacan designó con la “a”. Se trata de esa nada con la que nos enfrentamos, y con la que se nos imposibilitan los formulismos, los programas y los manuales de trabajo. No hay un territorio del análisis o del discurso analítico, y los sujetos que acuden a un análisis “saben” que no serán encorsetados dentro de un dominio de sentidos o significaciones “a priori”, sino que su palabra será “libre”. Esa libertad conducirá a sus determinaciones y al cuerpo en la que se anudan. Los analistas apenas si sabemos, por momentos, leer y de ese modo hacer vibrar la cuerda de la pulsión y del deseo, cuerda cuyo eco hace vibrar el cuerpo. Pero el cuerpo ya no será un “territorio a conquistar”. El dispositivo analítico hace del sujeto hablante un explorador de la palabra y promueve en él el poema. No hablamos de poesía, sino del modo en que la vida se realiza. Lo que agoniza en el síntoma es el sistema territorial en el que el deseo es “renunciado” y hecho desaparecer en la producción de algún objeto sustitutivo, o de consuelo, como bien podría funcionar algún “ismo”.

La paradoja del análisis es que está destinado a hacer del sujeto el soporte de esa nada con la que existe, antes que hacerlo desaparecer en la promesa de, algún día, cerrar “la grieta” por la que, en verdad, “respira”. La identificación con el analista funcionó como un sellador de grietas que encerraban al sujeto en un búnker bajo estado de guerra.

Desterritorializar lo femenino implica darle la dignidad que lo femenino presenta desde el inicio: que “no lo tiene” y, además, en sí, lo femenino es reconocer que “no lo tiene”. Ese reconocimiento es el más difícil para ambos sexos. El psicoanálisis intenta resolverlo por vía de un amor, como cualquier otro, al que no se le satisfacen sus demandas. Implica entregarse a un modo de no tener, con alguien, en este caso el analista. Por lo que el amor está ligado a lo femenino, lo cual no quiere decir, “per se”, a las mujeres.

¿Cómo establecer un poder eterno sobre la base de no tener? Es posible, solo para los farsantes, que hacen de la nada un objeto de intercambio. Como vender aire.

Los poetas, el poema, el analista se confrontan con lo que, de la verdad, solo es Real. Así, tampoco hay la verdad, como no hay la mujer. Sin embargo, esa nada que poetiza el análisis leyendo una escritura que no es del semblante fálico, dice que no hay ni habrá nada que pueda asimilarse por completo al “territorio”, y que eso define la libertad con la que el sujeto hace su aparición, es decir, su contingencia. Esa es la verdad, que es con minúscula, porque jamás es una y siempre la misma. Simple: las iglesias se fundamentan en el semblante con el que esa nada parece tener un sentido “conveniente”, pero no Real.

Tampoco es exactamente nada el objeto que Lacan designó con una letra, la “a”. No es nada porque por allí pulsa la manera singular con la que el sujeto del deseo hace su aparición y le da su propio pulso a la vida del individuo, su estilo. En todo caso es un objeto hecho de tiempo, de todos los tiempos a los que se liga la vida de los sujetos, más allá, incluso, de su propio tiempo, incluyendo el de los que ya están muertos. Se trata del carácter transindividual y transgeneracional de la palabra. Lejos de ser un instrumento de comunicación, es la red desapropiada (sin autor, sin dueño) en la que se deja caer el hombre cada vez que nace.

 

 

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