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Lo ridículo de la fama

Por Luciano Sáliche

La tele aún no ha muerto. Algo tiene que suceder para que la cabeza de la televisión se desprenda de su cuerpo y caiga chorreante en una canasta de paja. Algo tiene que pasar para que nuestros consumos cotidianos cambien. Tiene que ser un suceso brutal y decisivo, una bisagra, pero también paulatino, gradual, como en degradé. Y mientras seguimos esperando la muerte de eso que el cinismo intelectual denominó caja boba, nos perdemos en el zumbido de su elíxir, en los manjares de su colorinche entretenimiento superficial. Nos sentamos a la mesa y con la vista hacia adelante miramos esa ventana magnética que nuestro dedo índice cree controlar cambiando de canal de forma intermitente como un zapping circular.

¿Qué es la TV basura? En Wikipedia hay una entrada que la define: “la utilización de la dolencia, los acontecimientos impactantes y el sensiblerismo como táctica de atracción de la audiencia”. Interesante. Pero con tantas décadas de consumo televisivo, lo bizarro, lo espeluznante y lo sorprendente fueron quedando evidentes y se transformaron en construcciones demasiado artificiales, entonces el concepto de lo real se fue desarrollando sigilosamente hasta acariciar la intimidad, lo cotidiano, el día a día, con ambiciosas pretensiones de mostrar lo natural. La televisión en vivo tenía que ampliarse, abarcarlo todo, ser mucho más real. ¿Era posible? Así fue que los realities ocuparon el centro de la escena y. si bien puede verse alguno de sus rasgos en programas anteriores –los concursos de talentos, por ejemplo, que ahora volvieron y tienen en “15 millones de méritos” de Black Mirror su gran distopía–, en el 2001 llegó Gran Hermano a la Argentina entonces la pantalla chica dio su giro copernicano. Miles de chicos haciendo cola en un estudio para entrar a un casting en busca de fama. Eran tiempos bravos y ese programa mostraba una salida: fama fugaz pero redituable para quien supiera dosificarla y hacer con eso una carrera en los medios. Todos querían ser famosos. Todos querían tener una horda de fans que votara por ellos y los quisiera. Fue un furor animal que todavía no terminó de pasar, que todavía no vimos su estela.

De ese tipo de realities salió Sergio Torres, el protagonista de Fama, la primera novela de Facundo García Valverde que editó Galerna el año pasado. A diferencia de lo esperable –poner un personaje en la casa de Gran Hermano y que conviva con sus alter egos–, lo que narra es el después, los restos de ese estrellato. “Lo que no sabía es que, como en la televisión, el éxito era el preludio del fracaso”, explica Sergio Torres en su primer persona del cinismo y de un egocentrismo emprendedor, mientras analiza el mundo de la farándula, los empresarios del espectáculo y los consumidores irracionales. Cuando salió del reality se alejó de las luces, pero no del todo: se podría decir que se puso del otro lado. Montó una agencia de escorts con bellísimos clichés que ofrecían una experiencia total. Así construyó un imperio entre prostitución y cocaína, porque si “hay gente que no sabe su valor de mercado”, él bien lo sabía: se convirtió en un gurú de la noche sin tener que aparecer en la tele, sin tener que rebajarse a ser un adicto más a la exhibición. 

Las primeras páginas son un pantallazo del mundo en que se mueven los personajes, un reconocimiento del territorio, pero las cosas empiezan a complicarse –como sucede en las historias ficcionales, pero también en la vida real– cuando aparece el amor. Sergio Torres estaba con una chica ocasional finiquitando la ración diaria de su deseo sexual cuando vio en la tele algo exótico y llamativo. Se llamaba Malena la mujer que a partir de ese instante le cambió los mapas morales: “Morocha, flaquita como un junco, con tetas operadas y un culo estante que te generaba ideas. Me acerqué al plasma para verla mejor”. El hechizo ya estaba hecho; hasta los más insensibles se enamoran.

Lo que sigue después es un policial atrapante que amaga con desbordarse pero que todo el tiempo se mantiene en el carril de la verosimilitud más descabellada. A Malena la asesinan y le envían al protagonista –para ese entonces ya eran novios– un video del momento en que pierde la vida. Luego de refugiarse en la casa conurbana de una fan anciana que se convirtió paulatinamente en su madre, decide salir al mundo y vengarla. El productor del reality en el que estuvo le ofrece un buen trato: le dice que haga de su búsqueda de verdad y justicia otro reality. “Mi muerte no borraría mi fama: siempre sería recordado como aquel que cogía mal del Reality. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué había hecho durante toda mi vida?” Su amor –o la proyección de esa creencia– lo lleva a animarse a ir hasta el fondo del asunto en una trama que un cineasta inteligente podría transformar en una película mucho más que pochoclera. Hay persecuciones, hay disparos, hay mujeres y varones hermosos, pero por sobre todas las cosas hay una transformación: Sergio Torres pasa de ser la cáscara vacía de una idea estúpida al romanticismo voraz de los sin miedo. 

La pregunta que sobrevuela en toda esta historia es sobre la impostura del reconocimiento social. ¿Hasta qué punto la lógica del espectáculo rige cada rincón de este mundo? Sergio Torres ve la fama como una adicción que puede sortear, de hecho logra saltar holgadamente las miserias de la exhibición a cualquier precio, pero el paisaje que muestra la novela es el de la perversidad y el de las máscaras, entonces todo se hace deforme, como una pantalla que está mostrando lo que sucede en el cuarto del fondo. “¿Los programas policiales no eran el reality de un protagonista muerto?”, se pregunta el protagonista acentuado el artificio y dando cuenta aquello que decía Guy Debord en 1967: “El espectáculo no es una colección de imágenes, es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes”. ¿Hasta qué punto nuestras más profundas convicciones son nuestras y no un concepto cerrado previamente interpretado por estudios de mercado, agencias de publicidad y productores televisivos sin escrúpulos? ¿Dónde está la realidad y dónde la interpretación de esa realidad? ¿Cómo podemos distinguir entre la libertad y su envoltorio de papel fluor?

Hace unos días el zapping se me clavó en Javier Belgeri, el actor que interpretó a Nico en Brigada Cola. Estaba sentado en un programa de chimentos siendo entrevistado respetuosamente por cuatro o cinco panelistas. Tras la cumbre de la fama que vivió en los noventa llegó la decadencia y, como un carro que va frenando en la punta de la pendiente de la montaña rusa, lo que siguió después fue su lógica empinada. Drogadicción, depresión, cárcel, problemas familiares, desempleo. En su mirada había mucha tristeza, una suerte de desolación medianamente superada, pero se repetía como un mantra que ya estaba bien, que estaba sano, y que le gustaría “volver a trabajar en los medios”. La fama no es sólo ver tu cara en la tele de aire, puede ser pensada de forma amplia, lo que nos llevaría a dar con el reconocimiento. ¿A quién no le gustaría que sus pares le tengan estima por sus virtudes? ¿A qué peluquera no le encantaría que sus dotes para peinar sean comentados por toda la ciudad y trascienda las fronteras del barrio? En mayor o menor medida, todos buscamos la fama. Quizás haya que pensar en los medios, en el por qué de ese reconocimiento, es decir: en el talento. ¿Y si no hay talento? “Todos somos como el pezón que se sale del vestido: evidentes”, dice el protagonista de Fama y en esa evidencia hay un ridículo. Los que buscan la fama ciegamente terminan siendo ridículos. Ver esa ridiculez en la pantalla, siempre que sea ajena, no está tan mal.

 

Fama
Facundo García Valverde
Galerma, 2016
262 páginas

 

 

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