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Desaparecidos que flotan

Por Mauro Nahuel Gross

La historia es verdaderamente atrapante. En pocas palabras, cada 27 años una entidad maligna, un monstruo llamado Pennywise, retorna para alimentarse del miedo de los niños. Un grupo de amigos deberá hacerle frente a esta criatura que, encarnada en un payaso, asesina y desaparece sistemáticamente a los niños del pueblo.

Esta breve sinopsis corresponde al film It (Muschietti, 2017), adaptación de la novela homónima, escrita por el consagrado autor del género de terror Stephen King (1986).

Pese a que la película está ambientada en los años 80, lamentablemente, el argumento no nos resulta del todo anacrónico. Ya que actualiza heridas que no han cerrado por completo, al menos en esto del retorno a prácticas de épocas oscuras.

El payaso utiliza una frase particular al momento de abordar a los niños. Escondido detrás de globos, les dice: “todos flotan”. Se refiere a un estado de pausa, de espera, en la que los sujetos no están ni vivos ni muertos. Me es inevitable no asociar esas palabras a las que por 1979 pronunciara el entonces dictador Videla:

“Le diré que frente al desaparecido, en tanto éste como tal, es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo… está desaparecido.”

Tal como afirma Jorge Alemán, los sujetos poseemos una existencia parlante-sexuada-mortal. Desde que nacemos la muerte es una posibilidad, y a su vez, una angustiante certeza que determinará, según qué hagamos con ella, nuestros modos de vivir. En palabras de Heidegger, somos seres para la muerte. Efectivamente, sabemos que vamos a morir, la muerte nos es constitutiva.

¿Cómo puede afectarnos entonces el saberse potencialmente un “desaparecido”? Así, del mismo modo, el universal de “todos flotan” es una amenaza que también cala en lo más hondo de nuestra subjetividad.

¿Qué pasa con esta situación de desaparición? Ante alguien que está “flotando”, ¿cómo se duela si no está muerto, pero tampoco vivo?

Jacques Derrida propone el concepto de “espectro”, como figura paradojal que plantea la dicotomía ausencia-presencia, y con esto, la correspondencia de muerte-vida. Esto permite pensar así: ¿qué es lo aterrador en esta situación, la terrorífica aparición del payaso y sus globos o la “espectrante” (permítaseme el neologismo) ausencia-presencia de los niños?.

En el film los desaparecidos son buscados de forma intensa los primeros días, empapelando la ciudad con carteles y fotografías de sus rostros. Sin embargo, al cabo de un tiempo, cada búsqueda es reemplazada por una nueva. Se produce una serie en la que, a modo de un real que retorna siempre al mismo lugar, una fotografía encima de otra, de otra, se termina olvidando la anterior.

En estos tiempos, en que la historia de un payaso con globos que desaparece gente se convierte en un éxito arrollador en el país, a más de 60 días de la desaparición de Santiago Maldonado, algunos seguimos pidiendo que aparezcan los responsables.

Que el terror sólo quede restringido para la pantalla grande.

 

 

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