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¿Por qué el analista no es un perverso?

Por Luciano Lutereau

1.

Las posiciones subjetivas (neurosis, psicosis, perversión) son modos discrecionales de responder al método de asociación libre. El neurótico se divide (entre el decir y lo dicho); en el psicótico el decir es lo dicho (paranoia) o lo dicho es el decir (ironía esquizo); el perverso no dice, sino que muestra.

Si la invitación analítica se enuncia: “Diga aquello que preferiría no decir”, aquello que por vergüenza, prurito o resquemor preferiría callar (y en la preferencia está la aptitud electiva del ser hablante, el llamado al acto que impone el análisis), el perverso sitúa el límite a lo que puede ser dicho (el decir) más allá de los diques morales: no es un sujeto ético sino un sujeto estético.

En el analista esto se verifica en las formaciones de la mirada que lo invaden (y que a veces se traducen en la pregunta: ¿qué hago escuchando esto?). El perverso es wittgensteniano: prefiere callar, para mostrar (en la intimidad del análisis) un secreto silencioso, que el analista sólo advierte cuando el relato concluyó. El que se divide, entonces, es el analista.

2.

¿Por qué el analista no es un perverso? ¿Para recuperar qué goce escucharía a su paciente? Podría serlo perfectamente (y que los hay, los hay) como lo expone la parte superior del discurso del analista (en el que como objeto apunta a la división subjetiva).

Es fácil decir que el deseo del analista no está “contaminado” con el fantasma del practicante, demasiado fácil ser moralista (la nueva perversión analítica, la de separar lo “correcto” y lo “incorrecto” en y para “el psicoanálisis”), como si existiera un deseo puro. Para verificar esta distancia hay dos dispositivos: la supervisión y el pase. El perverso sabe de la impureza del deseo, sabe que el analista no es un santo, y apunta a restituir el goce de la persona. Cuando el analista se pregunta “¿por qué escucho esto?” obtiene de la perversión un recordatorio de que la suya no es sólo una función anónima.

El síntoma perverso es el que pone a prueba y muestra la verdad (y necesidad) de una noción como la de deseo del analista.

3.

Las posiciones subjetivas (neurosis, psicosis, perversión) son modos diferentes de responder a la interpretación. El neurótico objeta el decir que atribuye al analista, y así no sólo confirma y descompleta la sugestión, sino que también cumple con la asociación libre. El psicótico hace un uso diferente de la interpretación: muchas veces es quien rectifica los dichos del analista y, por lo tanto, la interpretación queda de su lado; otras veces, el decir del analista le sirve para situar una oscura voluntad de goce en esa palabra que se le dirige y eso lo enloquece un poco.

Tanto el neurótico como el psicótico necesitan la interpretación para resistir. Mientras que el perverso tiene una relación de interés con la interpretación: la pide, la espera, le supone un saber del que gozar. Gozar de un saber no reprimido, no sabido para el analista, para atribuirle alguna forma de la división subjetiva, es el modo en que el perverso se relaciona con el decir. Ese lazo íntimo entre decir-saber-sujeto es la manera en que el perverso gana de mano en la interpretación. Y plantea la necesidad de pensar el uso perverso de la interpretación incluso para el analista.

4.

No hay catálogo de las perversiones, sino modos fantasmáticos (fetichismo, voyeurismo, exhibicionismo, sadismo, masoquismo) de sostener la perversión del deseo. No hay perversión “verdadera”, sino que la verdad de la perversión es la ficción de una “máscara sin rostro”. No hay acto perverso, sino pura potencia, escena proteiforme y modos de aparecer. No hay estructura perversa, sino diversas maneras de gozar de la mirada. La mirada es la unidad en lo múltiple de las perversiones. Porque incluso en el sadismo y el masoquismo, la voz debe “aparecer”, volverse “fenómeno”. La fe del perverso, su creencia más íntima, es que lo invisible es en-lo-visible. Por eso el síntoma fundamental del perverso es el fenómeno inaparente por excelencia: el amor.

 

 

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