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La tristeza es un niño gordo sobre una cama elástica

Por Luciano Sáliche

Lo que les voy a contar les va a partir el alma. Voy a ser breve, porque el dolor narrado es pesado, pero lo es más cuando concluye y aparece el silencio. Un silencio inútil, bobo, opa, incapaz de comprender por qué pasó lo que pasó. Es como un niño gordo sentado sobre una cama elástica que se tensa, y la cama elástica es el pecho de ustedes y el peso de ese niño gordo es la tristeza. En cualquier momento esa lona se va a romper y su elasticidad será vencida, será tajada, será rajada. Lo que les voy a contar les va a partir el alma. Se trata de un paisaje atroz: lo irreversible.

La historia comienza con dos chicos —uno de veinte años, otro de veintiuno— sobre una Honda XR 150 yendo a trabajar. Uno maneja, el otro está atrás y lo agarra de la cintura. Van rápido, por la Avenida Güemes de la ciudad de Chivilcoy en dirección a la Plaza España. Chivilcoy es un desierto oscuro, sobre todo de noche. Es jueves; no, ya es viernes, viernes a la madrugada y en un momento, como una ráfaga tímida, un camión asoma su trompa y cruza la avenida por la calle Maipú. ¿Qué hace un camión en una zona céntrica de la ciudad? Eso ustedes no lo saben ni lo sabrán. Lo que saben, ahora que se los cuento, es esto: la moto se estrella contra el camión y el accidente es fatal.

Chivilcoy es tierra de camiones. Andan y se mueven por ahí, pero también estacionan. ¿Alguna vez intentaron cruzar una calle llena de camiones estacionados? Vivir en Chivilcoy es andar un poco ciego.

Un Mercedes Benz 1526 con chasis es duro. Por más que el chasis esté vacío, es duro. Duro como un muro de hormigón. Los chicos golpean contra él y salen desprendidos hacia el asfalto. Cuando el conductor, un hombre de 57 años, siente el golpe se imagina lo peor, aunque no tanto, y baja del camión, más sorprendido que preocupado. Mira la escena, ve los cuerpos, la sangre y no lo puede creer. Se toma la cabeza y dice que no puede ser. Lo repite: “No puede ser, no puede ser”.

La ambulancia llega rápido, carga a los chicos y va hacia el Hospital, que está a 4,2 kilómetros de distancia. Yendo a fondo, durante la noche desolada y con las sirenas prendidas, no se tarda en llegar más de trece minutos. Pero cuando lo hacen, cuando ya están ahí y los doctores de guardia arremangan sus guardapolvos y comienzan a tratar de salvarlos, de que todavía no es el momento que dos chicos —uno de veinte años, otro de veintiuno— se mueran, uno de ellos, efectivamente, se muere. Y el cielo de Chivilcoy se oscurece. El otro no, todavía está vivo. A pesar de las múltiples fracturas y el edema cerebral, está vivo.

La noticia enseguida comenzó a rodar por todo el pueblo como una bola de pool inquieta. En cada banda que golpeaba juntaba mugre. Las versiones, los agregados, los detalles y las especulaciones se adhirieron a esa bola hasta volverse enorme. También los juicios y los prejuicios de clase. Una bola grande y mugrienta.

Los medios de comunicación del interior tienen pocas maneras de conseguir información, pero la más efectiva es la policía. Toda muerte, robo o accidente automovilístico queda registrado en los informes de la comisaría. La pereza y la falta de sensibilidad llevan a los periodistas a transcribir casi textual lo que allí leyeron. Por eso usan palabras como siniestro y nosocomio. El lenguaje policial se mantiene intacto, también los datos. Por eso ponen nombres, apellidos y patentes. Ponen todo y en ese poner todo quizás confunden información con respeto. Más de una vez un familiar se enteró de una tragedia cercana por la fría indiferencia de un diario o una radio que se jacta de sólo informar. Aunque lo haga mal: en esta ocasión dieron por muerto a ambos chicos. Luego culparon a la policía por el error.

El camionero venía de un asado. Había tomado algunas copas. Quizás lo justo y necesario, o quizás lo innecesario. Esa noche va hacia el hospital y se encuentra con las familias de los dos chicos. ¿Alguna vez estuvieron enojados? Bueno, imaginen a un padre que se acaba de enterar que su hijo murió o que está caminando por ese sendero fino como el grosor de un papel, entre la vida y la muerte. Imaginen esa situación. Imaginen que ven al camionero que se acerca a pedir disculpas pero que en realidad ven la personificación de Lucifer. Imaginen esa situación. El camionero tuvo que salir corriendo.

Lo que les voy a contar ahora va a empezar a herirles un poco el alma. Es viernes, un días después del accidente, el reloj marca la una de la tarde y el camionero sigue despierto. No pudo dormir y la culpa le carcome los huesos. Por su cabeza pasan imágenes del futuro, no sólo la cárcel o esos padres buscándolo, también la cara de esos chicos heridos sobre el asfalto. A diferencia de los fantasmas que le recorren la cabeza, el barrio está tranquilo y silencioso. Los vecinos ya almorzaron y están en la sobremesa o por acostarse a dormir la siesta. Entonces el ruido de un disparo interrumpe la serenidad del pueblo. Un balazo en la boca con un 38 Special. Suicidio y que la cuenten como quieran.

Lo que experimentaron su mujer, su nuera y su hijo —estaban terminando de almorzar cuando el hombre fue al baño y se disparó— fue lo mismo que él sintió cuando se bajó del camión: lo irreversible.

Al otro día, la novia del muchacho que aún está con vida, que vaga incrédulo en los confines del sueño, comenzó a exorcizar su dolor a través de Facebook. Lean bien porque ahora el alma se les va a empezar a doblar hasta lacerarse. Esta chica, de veinte años de edad, está embarazada. Espera un hijo o una hija, todavía no lo sabe porque esa criatura aún es muy pequeña. En sus posteos le escribe que lo va a esperar, que no se va a ir del hospital sin que él despierte. Que la vida es una mierda pero que hay que creer, hay que tener fe. Leerla es doloroso. Sus amigos le escriben en su muro, le dicen que no afloje, arman cadenas de oración y le escupen a la prensa que desinforma y a los boludos que repiten como loros, porque el chico está con vida. Exigen empatía y sensibilidad, exigen respeto. “Te estamos esperando” se lee. Ese es el gran mensaje: lo están esperando.

¿Y de quién es la culpa? ¿De los chicos que iban rápido por la avenida desierta? ¿Del camionero que se cruzó sin ver bien qué venía de ambos lados? ¿De la paupérrima legislación vial municipal que hizo de Chivilcoy una ciudad de ciegos motorizados? Esto no es un juego de ingenio. No hay respuestas correctas e incorrectas. Esto es azar. Lo dicen Neil deGrasse Tyson y Carl Sagan​, también Nietzsche, incluso David James Poissant y Rick Sánchez. Se trata de azar. Injusto azar. No existe un destino escrito del otro lado del universo donde dice todo lo que nos va a suceder. Nadie se merece una cosa y ocurre. Las cosas tampoco suceden por algo. No hay destino. Esto es el azar. El más injusto de los azares.

El martes 3 de octubre, uno de los chicos, el de veinte años que permanecía en el hospital con un edema cerebral, el que estaba a meses de ser padre, finalmente falleció. Así como así, sin más. Las redes se llenaron de pésames y empatía, y Chivilcoy se volvió una ciudad negra, muy negra, como una caverna. Una caverna que se traga vidas.

Entonces el alma se parte. ¿Lo sienten? Hace crack.

Ahora sientan el silencio, sientan el niño gordo sentado sobre la cama elástica que es su pecho. Sientan esa lona a punto de romperse; su elasticidad a punto de ser vencida, de ser tajada, de ser rajada. Sientan la tristeza. Todo esto que ocurre es irreversible. Pero hay que seguir. ¿Cómo? No lo sé, pero hay que seguir, hay que aguantar.

 

 

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