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Vírgenes sureñas que no seducen

Por Victoria Béguet

Podría sugerirse que Sofía Coppola narra una y otra vez el tedio. Que esto es lo que la obsesiona. El Seductor (The Beguiled) no es una excepción en este sentido: no hay un verdadero interés por narrar el erotismo. Se trata de un río que Coppola prefiere no remontar. Un territorio inestable y en movimiento constante, hecho de luces y sombras, así como de pruebas morales, que a la cineasta no le interesa explorar. El Seductor es así un relato -otro más por parte de la cineasta- que tiene como eje el tedio. El erotismo, con sus tironeos, negociaciones, vaivenes y juegos no le interesa verdaderamente. Sin duda es posible narrar el erotismo desde una distancia “prudente”, aséptica, y hacerlo con éxito, pero el objeto que pretender observar Coppola es otro. La pregunta sería quizás entonces: ¿Qué dice Coppola acerca del tedio? ¿Y qué dice acerca del tedio en el marco de una guerra, la guerra civil estadounidense que enfrentó dos modelos económicos, uno industrial-abolicionista y otro agrario-esclavista? Una respuesta posible sería que Coppola no busca decir nada, que lo que quiere es simplemente mostrar el tedio (así como el ocio y el privilegio al cual está íntimamente ligado) como hizo anteriormente.

El Seductor está basada en la novela de 1966 de Thomas P. Cullinan, A Painted Devil, y ya tuvo una primera adaptación al cine en 1971 de la mano de Don Siegel. La historia es sencilla: un soldado del ejército del Norte, herido y moribundo es rescatado y salvado por una escuela de señoritas del Sur de Estados Unidos. A medida que su estadía se prolonga, afloran tensiones sexuales que llevan al asesinato del soldado por parte de sus anfitrionas. Cabe señalar una decisión narrativa, una omisión al mismo tiempo llamativa y predecible. Tanto en la novela como en el film de Seigel, uno de los personajes femeninos es una chica afro-americana. Las vírgenes sureñas de Coppola son pura y exclusivamente rubias de piel clara, ángeles/demonios desabridos y flemáticos. La decisión refuerza la idea, ya lugar común, de que Sofía Coppola cuenta historias acerca de mujeres blancas de clase alta y media-alta. Hay cierta coherencia y mérito en narrar lo que se conoce, pero queda preguntarse (e imaginarse) qué hubiese pasado si Coppola hubiese elegido conservar ese elemento disruptivo, incómodo, relevante y sobre todo actual en la narración. Pero se trata de una película que, ante todo, evita arriesgarse.

A diferencia de películas anteriores de Coppola, en El Seductor no hay rastro alguno de estética de videoclip. En un intento por “reinventarse”, Sofía Coppola enmudece su estilo a punto tal de sacrificar aquello que seduce de su cine: su voluptuosidad orgullosa. Así, la mirada detallista, engolosinada que se deleitaba con las composiciones y que permitía detenerse en los colores y en las formas (hasta la náusea en el caso de María Antonieta y con más sobriedad en Perdidos en Tokio o en Somewhere) está marcadamente ausente en El Seductor. En su aparente afán por rehuirle a cualquier tipo de afectación -evidente en elementos como el acento de los personajes (el acento sureño está muy suavizado), diálogos casi intrascendentes o un vestuario que no compite por la atención del espectador-, Coppola depura su estilo hasta volverlo irreconocible. El resultado es un gótico sureño opaco y desangelado. Sin pasajes morales necesarios. Sin oscuridad. Una historia acerca del peligro implícito en todo juego de seducción que, paradójicamente, no seduce.

 

 

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