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Feminista y misógino

Por Luciano Lutereau

1.

Ayer en un grupo de estudio, una colega preguntó: “¿Por qué a los hombres les gustan todas las mujeres?”. ¡Pero eso no es cierto!

Para el sentido común los hombres podrían estar con cualquier mujer, por lo general en función de una demostración de potencia (dedicada a otro hombre). La escena callejera de grotesco halago no tiene como fin la seducción. En realidad, la torpeza del piropo habla menos de la relación de un hombre con una mujer que de la formación reactiva con que un varón se defiende de la posición pasiva ante otro varón. Por eso las principales víctimas de la violencia del piropo son las travestis, con quienes la crueldad suele ser extrema.

Este aspecto del machismo no suele ser pensado. Sólo para una visión exterior un hombre puede desear a cualquier mujer. Incluso es una idea habitual: creer que los hombres desean más de lo que aman. ¡Pero no es cierto! Al contrario, los hombres pueden amar a cualquier mujer, mientras que desear, desean sólo a una. E incluso cuando se acuestan con muchas mujeres, siempre es con la misma. En el varón, el amor es una forma de defensa respecto del deseo. Los varones pueden amar a diferentes mujeres para no desear sólo a una. Por eso el síntoma obsesivo suele estar a nivel del amor (como una manera de dividir a la mujer, en “al menos dos” con la duda), mientras que la histeria masculina hace del amor una condición. Es como dice la canción de Sabina: “Y sin embargo, cuando duermo sin ti / contigo sueño. / Y con todas si duermes a mi lado”.

2.

Los hombres no escuchan a las mujeres. Sólo obedecen lo que dicen otros hombres. A lo sumo escuchan lo que dicen sus madres, pero porque no las consideran mujeres. Un hombre le cuenta a su mujer la intervención fabulosa de su analista esa semana y ella responde: “¿Vos pagás para que te digan eso? ¡Te lo digo desde el día en que nos conocimos!”. Habría que escribir alguna vez un tratado acerca de los modos en que la diferencia sexual incide en la posibilidad de escuchar la palabra del analista, pero éste es otro tema. La dominación masculina es, en última instancia, un modo de relación con la palabra. Los hombres no escuchan. La misoginia consiste en el desprecio que los hombres expresan hacia la palabra femenina. “No podés quedarte callada”, “Querés hablar todo el tiempo”, “De cualquier cosa hacés un problema”, son frases habituales. En 1958, Lacan contaba el caso de un fin de análisis en un hombre, lo resume a partir de la relación con su esposa: “Ella le habla tan bien como lo haría un analista”.

Hoy en día, la última mascarada del machismo es la del hombre que se llama “feminista” a sí mismo. Esta impostura revela la posición de quien no quiere escuchar nada, sino identificarse a una masa. Y toda identificación masificada es masculina. El varón misógino de nuestro tiempo es feminista, y es tan políticamente correcto que hasta juega al fútbol con las chicas. Se fascina con lo que dicen las mujeres, pero no las escucha; porque dice lo mismo y, por lo tanto, no responde.

3.

A mi libro Edipo y violencia le puse el subtítulo “Por qué los hombres odian a las mujeres”. De México me traje el best-seller Por qué los hombres aman a las cabronas. En una versión vernácula yo titularía “a las barderas” (o “pícaras”). En cualquiera de los dos casos, la respuesta es obvia, no necesita desarrollo. Sin embargo, la pregunta importante es “Por qué las mujeres odian a los hombres”; y la respuesta es: por su deseo.

La mujer odia el deseo del hombre. Claro que odiarlo puede ser una forma de amarlo también. Lo cierto es que no les resulta indiferente. Una vez, en una vieja entrevista, Guillermo Coppola contaba que su primer matrimonio fue con una mujer a la que amaba mucho. Pero en ese entonces él también amaba a Yuyito González. Por lo tanto, se lo explicó a la primera y, en lugar de impedir la boda, acordaron casarse y que esa noche él fuera con la otra. Con todo organizado, no iban a estropear la fiesta ni, mucho menos, la ilusión de la familia de ella (a la que Guillermo quería mucho). En otra entrevista, esa mujer se refiere al llamado “Guillote” con ternura. Nunca lo odió por amar a otra mujer. Es lo que ocurre con el Don Juan, que puede amar a todas porque no desea a ninguna. Donde un hombre desea a una mujer, puede tener dos destinos: el odio o la indiferencia.

4.

En estos días pienso en dos fenómenos clínicos relacionados, sobre los que espero escribir: por un lado, la situación de mujeres que no pueden odiar a un hombre; y esto incluye un espectro muy amplio, desde casos en que todo puede ser perdonado hasta episodios de violencia. En la teoría se habló de “masoquismo femenino”, pero no es claro ni suficiente. Hoy en día se hablaría de patriarcado, sometimiento, etc., pero (como diría Freud, citando a uno de sus maestros) ça n’empêche pas d’exister. Incluso cuando no nos gusten, estas situaciones existen. Cualquier clínico lo sabe y lo verifica cotidianamente. Es una cuestión de gradación, no hay una estructura diferente entre una punta y la otra.

Por otro lado, la situación de desvalimiento amoroso en que varias mujeres quedan frente a ciertos hombres. En la tradición se habló de “posición materna” de la mujer respecto del hombre, y quizá no estaría mal, en la medida en que se trata de un amor basado en la entrega sin condiciones. Un amor incondicional, el amor puro, podría ser la forma que toma la perversión en la mujer. Tal vez por eso Lacan decía que la maternidad (no sólo respecto de los hijos) es la perversión femenina. No hace falta hablar de casos del consultorio, todos los días escuchamos situaciones de mujeres que “sin saberlo” se casaron con estafadores, tipos con doble vida, violentos, etc. Ese punto es crucial: el modo en que una mujer puede creer en la palabra de un hombre puede no implicar el saber, sino todo lo contrario. La otra cara de la cuestión es, entonces: o bien la mujer odia el deseo del hombre (y hace rato desarrollo que ese es el único modo en que se lo puede amar), o lo ama perdidamente, es decir, para perderse. Amar a un hombre más allá de su deseo es arrasador.

 

 

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