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Iván Noble: “No necesito el aura de misticismo”

Por Nando Varela Pagliaro

“Los casi 50 son un punto en el que parás la pelota, levantás la cabeza y empezás a mirar si no se la estás dando siempre al mismo”, dice Iván Noble. Las metáforas futboleras a esta altura ya son casi su marca registrada a la hora de escribir. A tres meses del multitudinario show que dio junto a Caballeros de la Quema en el Estadio Único de La Plata, hablamos con el cantante sobre las impresiones que dejó una vuelta tan esperada.

Cuando te preguntaban por la vuelta de Caballeros, siempre decías que las canciones que te gustaban las podías tocar y no necesitabas nada de la mística y el folclore que rodeaba a la banda. Ahora bien, cuando viste a las 26 mil personas que fueron a verlos al Único de La Plata, ¿qué te pasó?

Nobleza obliga, me sacudió los cimientos emocionales que estaban un poco anestesiados. Pensá que irme de Caballeros en la época en que me fui, significó una situación bastante hostil de parte de lo que era el público nuestro e incluso de la inteligentzia del rock. Eso hizo que me tuviera que defender como podía. En principio, desde lo musical y después, tratando de poner todo el tiempo una barrera. No es fácil salir a cantar tus canciones nuevas y que la gente te pida sólo temas de Caballeros; así que yo estaba, no enojado, pero sí fastidiado con ese fantasma. Después el tiempo pasó, las cosas se acomodaron, empezó a cambiar el público y empecé a hacer, como solista, las canciones de Caballeros que me quedan mejor. Y la verdad es que no necesitaba ni necesito el aura de misticismo y de épica que rodea un grupo de rock. De hecho, no volvería a tener día a día una banda, no volvería a pensar en Caballeros como un proyecto oficial, pero tengo que reconocer que lo que pasó el día del Único sobrepasó todo tipo de expectativas, fue muy emocionante y me sacudió. Y en lo personal, me reconcilió bastante con una parte de esa historia que tenía medio obturada.

Muchas veces fuiste muy crítico con todo lo que tiene que ver con la cultura rock, la cultura del aguante. ¿Tenías miedo de que tal vez el público más fiel de Caballeros te diera la espalda?

Sigo siendo muy crítico con la cultura del rock, pero la verdad no tenía ese miedo. Además, en ese sentido, las bandas -y Caballeros no es la excepción- amortiguan ciertas antipatías que pueda haber con alguno de los miembros.  A lo mejor, a alguna de la gente que fue al show durante todos esos años, yo les caí antipático, pero para ellos está primero la banda. Otra cosa que pasó y fue muy conmovedora fue la incorporación de otra gente que nunca nos había visto. Fue muy emocionante ver la cantidad de padres con hijos que fueron al show.

Más allá de lo que se vio arriba del escenario, ¿cómo fue el encuentro entre ustedes?

También superó las expectativas, porque creo que fuimos muy inteligentes desde el minuto cero. Una vez que nos pusimos de acuerdo, que no fue fácil porque pasaron unos cuantos años, coincidimos en que la única manera de hacerlo era yendo al grano en lo musical, o sea encerrarnos dos meses a ensayar mucho, y no hacer ningún tipo de revisión de cuentas que ya prescribieron. Cuando las bandas se separan siempre quedan rencores, resentimientos, deudas pendientes, asuntos por aclarar. Pero como habían pasado quince años e incluso la sensación era que los tipos a los que les había pasado eso no éramos los mismos de ahora, dijimos: “muchachos, si nos vamos a sentar a discutir sobre lo que pasó esa vez en Catamarca, o si estuvo mal tal cosa o tal otra, no tiene ningún sentido”.

Decís que no eran los mismos. Muchas de las canciones que cantaste tienen más de veinte años. ¿Te creíste cantando esas letras o algunas te costaron más que otras?

El ochenta por ciento de las canciones me fue absolutamente fácil, y hubo una pequeña porción, te diría tres o cuatro que a primera vista dije, no me gustan tanto.

¿Se puede saber cuáles eran?

Por lo general eran las más viejas: “Carlito” es una y “Primavera Negra”, otra.

(Foto: Martin Bonetto)

Paradójicamente son las que más festeja gran parte del público. ¿Qué es lo que no te cerraba?

Escuchaba la letra y me parecía oscura, retorcida, medio críptica. Yo nunca más volví a escribir así ni lo haría, pero entendía que en ese momento estaba bien.

Muchas veces dijiste que ya no te imaginabas como frontman de una banda de rock, ¿tenías miedo de no encajar con el público?

Tenía miedo de no creérmela yo, no en cuanto a lo que me pasaría con el público. Pero los ensayos fueron como un banco de prueba, porque para funcionar arriba del escenario, tenés que funcionar en la sala. Te tenés que creer las canciones: son remeras que te ponés y tenés que salir a la calle como si tuvieras puesta la más linda del mundo. Eso pasó, y además la emoción de esa noche le pasó por encima a cualquier tipo de duda.

¿La vuelta sirvió para que se acerquen como amigos?

Elegimos una forma de vincularnos que fue -desde el minuto cero hasta hoy que estamos terminando de armar el DVD- estrictamente profesional, pero en el mejor de los términos, no fría. Intentar otra cosa sería revivir una época que ya pasó; ir a buscar a tipos que ya no están. Antes nos quedábamos hasta las cinco de la mañana después de los ensayos tomando cerveza y tocando la guitarra; hoy eso ya no va a pasar, cada uno tiene que volver a su casa.

Además del DVD, ¿proyectan algo más o eso sí es lo último?

El DVD va a quedar buenísimo y la verdad me parecería raro que no hagamos algo más, al menos para presentarlo, pero por ahora no hay nada cerrado. Si me preguntás a mí, a lo mejor me entusiasmaría tocar de vez en cuando en un ámbito parecido a donde lo hicimos.

¿Y la idea de componer canciones nuevas?

Hoy no está ni ahí, pero a lo mejor en tres o cuatro meses me llaman Guerra o Méndez y me dicen, “tengo una música, ¿le querés poner letra?”, y por ahí lo hago. Pero la verdad no me imagino haciendo un disco nuevo con Caballeros, no está esa ambición.

Salgamos de Caballeros. ¿Cómo fue el contraste entre el show del Único y volver a Al fin solos, esta gira que venís haciendo por todo el país vos solo con tu guitarra?

Lo necesitaba. La intimidad a la enésima potencia es una situación que me gusta cada vez más. Me siento muy cómodo en un escenario, solo con la guitarra y con las canciones desguarnecidas. Es un tipo de show que me obliga a conectarme con los temas de otra manera. Descubrí con el tiempo que cuando uno recrea las canciones, casi constantemente hay mucho de piloto automático. La gente le agrega emoción; a veces más, a veces menos, pero podés de un modo u otro, poner el piloto automático. En cambio, en este tipo de show no podés porque la canción es otra. Solo están tus dedos, la garganta y nada más.

¿Por qué pensás que es tan difícil que un solista genere la mística que genera una banda de rock?

Porque me imagino que, por un lado, las bandas tienen esa cosa más de equipo de fútbol y por otro, los orígenes suelen ser míticos, siempre hay un mito fundacional: el barrio, los pibes que se juntan, el garaje, etc. Eso colabora en alimentar un mito y los mitos siempre provocan más empatía.

Antes hablábamos del público. A los escritores siempre se les pregunta si a la hora de escribir tienen algún lector en mente. En tu caso, cuando componés una canción, ¿sabés para quién cantás?

Cada vez me cuesta más imaginarlo. Hasta hace unos años, pensaba que más o menos sabía qué tipo de canciones le podían gustar a cierto tipo de gente o qué cosas se escuchaban en la radio. Hoy en día, los cambios tan abruptos en la forma de consumo musical hacen que sea muy difícil que puedas plantearte un target específico. Por otra parte, a la hora de escribir, eso nunca sirve para nada. Cuanto más grande te ponés y más distancia empieza a haber entre tu público y vos, también sigue siendo mucho más difícil. Para mí lo mejor sigue siendo escribir canciones que te gusten, que en algún momento de la hechura te provoque esa sensación de querer mostrársela al mundo. Ese es el filtro básico para los tipos que hacemos canciones y tenemos la convicción de que ojalá duren mucho.

Enrique Symns dice que en los años ´70 y hasta en los ´90, para los rockeros el mundo era la calle. En cambio, hoy están encerrados en sus mansiones yoicas y las calles están vacías. ¿Pensás que el hecho de haberse alejado de la realidad hace que sea más difícil componer una canción que arañe el corazón de la gente?

Yo creo que las bandas nuevas están en la calle igual que estábamos nosotros hace treinta años. Yo no estoy en la calle o estoy muy poco. Desde hace un tiempo, las canciones que escribo son lo que llamo “de piel para adentro”. Son más introspectivas que callejeras, porque hoy en día escribir sobre una madrugada en un andén de Morón, me es imposible. Sólo usando la memoria emotiva o poniendo en tercera persona a un personaje; pero esa pretensión sería sobreactuada de mi parte. Si alguna vez Los Caballeros, Los Piojos o La Renga, fuimos algo así como cronistas de la época, yo creo que hoy no estamos en condiciones de serlo, o al menos yo. Hoy confío más en las canciones como autopsias personales que en las de un tipo que sale a sacar Polaroids, como decía Fito, y con eso hace una canción. Me es más fácil escribir sobre miedos, fobias, mañas, temores, de piel para adentro.

Alguna vez hablando de los letristas de tango, hablaste de ellos como tipos con más bagaje cultural, con más recursos literarios. De algún modo, ¿pensás que al rock le faltó ilustrarse?

Al principio no, en los ’70 eran tipos muy ilustrados, pienso en tipos como Javier Martínez, Moris o Spinetta. A partir de los ’90, consciente o inconscientemente, se subvaloró esa formación cultural clásica a la hora de escribir canciones y fue más notorio el compromiso con la experiencia en carne viva. Eso está bien porque sin eso las canciones tampoco funcionan, pero salvo excepciones en los ’90, no sé cuántos tipos que escriben canciones, leen. A mí me parece que una minoría, y eso para mí se termina notando. No quiere decir que por el hecho de ser lector, tengas un cheque en blanco a la hora de escribir, pero sí es una herramienta más.

Hablás de escribir canciones. En una nota muy vieja que Symns le hizo a Julieta Ortega, cuando todavía vivían juntos, ella decía que vos tenías cierto miedo de que esto de vivir de tus canciones un día se acabe, ¿seguís teniendo ese miedo o ya no?

Ya no tengo tanto ese miedo, pero la verdad es que tampoco me imagino tanto tiempo más haciendo esto. Siempre dije que hacerlo diez años más estaría bien, pero después sólo cantaría cuando se me dé la gana. Me imagino más -si uno pudiera ser hacedor de su propio destino, lo cual es discutible- escribiendo a secas, que estando arriba de un escenario, tal vez por una cuestión de pereza personal.

La música es un trabajo bastante atípico y supongo que eso hace que se genere una relación distinta con lo material. En tu caso, ¿sentís algo de culpa por la forma en que te ganás la vida?

Mucho tiempo me sentí con culpa, ahora ya no tanto, o al menos no está a flor de piel. Pero me pasó con respecto a mis viejos, y a otros amigos míos que son mucho más laburantes. Pero después entendí que no le estaba robando la plata a nadie y que además uno tampoco es millonario. Pero cuando empezás a prosperar está esa especie de culpa pequeño burguesa, incluso inducida por el público. En los ’90 pasaba mucho eso de dejar el coche a tres cuadras del lugar en el que se tocaba.

A finales de los ´90 fue tu etapa de mayor exposición. En esos años, ¿tuviste tus momentos más “pomelescos”?

Sí, fui un imbécil un rato, sobre todo cuando empecé a salir con chicas conocidas y a aparecer en lugares donde no sabía cómo se nadaba en esas aguas, y claro, metí la gamba más de una vez.

¿Te arrepentís de algo?

No, porque la verdad salí bastante rápido y no quedé detenido en esa situación. Salí rápido porque una vez que se acaba la primera fascinación, te acomodás. Además, tengo amigos inteligentes, con los pies muy sobre la tierra, y ni siquiera hizo falta que me cachetearan mucho.

Ese perfil alto, sobre todo en la época del romance con Natalia Oreiro, ¿pensás que te jugó en contra a la hora de valorar lo que hacías con la banda?

Si, puede ser. Es probable que eso haya erosionado cierta credibilidad, pero la verdad es que me chupa un huevo. Hoy, un pibe que sale con una modelo o una actriz no provoca estupor en la gente, pero en esa época sí.

En alguna nota dijiste que no te interesa tener un yate, ni salir en la tapa de la Rolling Stone ni que tus canciones se vendan en España. ¿Tan en segundo plano está tu carrera?

No soy un tipo demasiado ambicioso. En cualquier oficio detecto gente napoleónica, gente con una mirada de estrategia global a mediano y largo plazo. Después creo que hay gente, entre la que me ubico, que es más lagunera, más perezosa, y que nos conformamos con el statu quo que uno tiene. Además, lo agradezco y me va mejor de lo que nunca imaginé. Ya tengo casi cincuenta años, la verdad no me imagino yéndome a hacerme de abajo a España. Eso tendría que haber ocurrido hace veinte años atrás y no ocurrió. Cuando la banda estuvo a punto de regionalizarse, nos separamos. Después, como solista remé desde muy abajo, y nunca ocurrió eso. Soy un tipo que viaja muchísimo por el país, soy casi de cabotaje y a mucha honra; hago cincuenta o sesenta shows por año, casi todos en Argentina, alguno que otro en Uruguay y Paraguay, pero casi todos acá, y estoy muy cómodo así. No necesito el aplauso internacional, que por otro lado tampoco sé si lo tendría.

Decís que sos bastante perezoso, ¿no tenés el dilema que tienen muchos autores entre tiempo y obra publicada?

Por ahora no tengo una angustia al respecto y esto puede sonar un poco naive, pero casi todo lo que me pasó como tipo que hace canciones fue inesperado para mí. Yo no era un tipo que hacía canciones a los diez años ni tocaba un instrumento desde los siete ni nada de eso. Era un tipo que hasta los veinticuatro años iba a ser sociólogo y de repente la música, que era una especie de hobbie, se transformó en un oficio. No solo eso, sino que además terminé siendo cantante, que era algo que imaginaba mucho menos. Entonces, todo lo que vino fue parte de un sueño no soñado, así que, si dentro de un año no pudiese escribir más canciones, no está tan mal lo que ya hice. No me imagino ad eternum haciendo esto; me interesa la literatura, y de a poco voy teniendo ese antojo. Tuve una primer y muy breve experiencia en un libro de poemas con Cucurto y ahora estoy terminando otro de relatos cortos.

¿En qué etapa del proceso de escritura está?

Está en proceso de corrección. Son relatos cortos en los que uso mi relación con el oficio como excusa para hablar de las cosas que le pasan a un tipo de cuarenta y pico.

¿Creés que por ser Iván Noble vas a tener que mostrar más credenciales?

Puede ser que se me mire de reojo, como suele ocurrir cuando un forastero ingresa a una disciplina que no es la suya. Igual, si ya me tiene sin cuidado la crítica musical, imagínate la literaria que ni siquiera pertenezco ahí.

 

Gentileza de Quid

 

 

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