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Reivindicación del miedo inteligente

Por Luciano Sáliche

No hace falta mirar una película de terror para sentir el miedo. Basta con caminar por los senderos de lo reprimido, de lo marginal, de lo esotérico para encontrarnos cara a cara con eso que nos acorrala contra el pánico. ¿Qué es el miedo? Para la fisiología, el alerta frente al peligro. El cerebro lo detecta y el cuerpo se manifiesta: se incrementa el metabolismo celular, el corazón bombea sangre a la adrenalina, aparece la taquicardia y el sudor, aumenta la presión arterial, la glucosa en sangre y un largo etcétera. Es una respuesta defensiva; las pupilas se dilatan para facilitar la admisión de luz y ver mejor, por ejemplo. El cuerpo se pone en guardia cuando el cerebro lo determina, ¿pero quién determina al determinante? Los médicos insisten con esto: el miedo no siempre es el espejo de algo real. Ahí aparece la cultura, la subjetividad, el lenguaje. Si el terror es el miedo más intenso, el más descarnado, su escala máxima, ¿puede la literatura trabajar sobre esas sensaciones y hacer algo inteligente con el miedo?

La casa de los eucaliptos, el último libro de Luciano Lamberti, lo hace. Doce cuentos –algunos más cortos, otros más largos– que reivindican el género de terror pero que van más allá de esa etiqueta. Doce microuniversos que, enlazados por una órbita, giran alrededor de una idea: no existe la tranquilidad en un mundo como el nuestro. Cualquier vida, ya sea que se desarrolle en un departamento frente a la 9 de Julio o en un rancho detrás de la Puna, no está exenta de enfrentarse al caos. Porque, ¿qué es el caos sino una improbabilidad probable, algo que siempre, en algún momento de calma, termina abarcándolo todo? Los personajes de Lamberti son personas tranquilas, simples ciudadanos, algunos talentosos, otros inútiles, pero todos se transforman. Pasan de ser sujetos sujetados a una cotidianeidad llana a lidiar con un suceso trascendente que les cambia los mapas.

En el primer cuento, “Los caminos internos”, un médico rural va a asistir a una paciente en medio del campo, se pierde y termina metido en un pueblo exactamente idéntico al suyo sólo que de hace 20 años atrás. Lo familiar allí se vuelve seductor al principio pero luego se torna ominoso, terrorífico. En el segundo, el cuento homónimo al libro, un hombre común y corriente con una vida común y corriente recibe el llamado de “La Visita”, una suerte de fantasma que le ordena asesinar mujeres lujuriosas (el link a los femicidios de la actualidad es inquietante). En el tercero, “El tío Gabriel”, un niño cuenta cómo su tío se levanta del cajón fúnebre hecho un zombie y no queda más remedio que llevar ese cuerpo frío y bobo –pero vivo al fin– de nuevo a casa y convivir con eso que sigue siendo su tío. En “El Espíritu Eterno”, el presidente electo baja al sótano y recibe órdenes del cuerpo de un escalofriante Perón momificado que aconseja a todos los presidentes de este país. En “Muñeca”, una mujer vuelve a visitar a una vieja amiga y se da cuenta por qué hacía tantos años que no la veía, y en “Santa”, el último, aparece la religión en forma de estigmas. En todos, en los doce, el miedo aparece como un camino barranca abajo que cada vez se vuelve más profundo y oscuro hasta poner patas arriba la tranquilidad y hacer que la sangre se suba a la cabeza.

Estamos acostumbrados a ver terror en la pantalla. La secuencia es un poco impostada: sentarse en el cine rodeado de personas, introducirse en la trama, el silencio, mucho suspenso, y de golpe… ¡zas!, el susto, el salto de la butaca, el corazón palpitando, el golpe narrativo que zambulle al espectador hasta el fondo pero al mismo tiempo lo saca del agua para recordarle que todo fue artificio, que todo fue ficción. Ese es el poder de las imágenes: el lenguaje cinematográfico es una construcción, una impostura, pero eso que se ve en la pantalla es una proyección de lo real: ese bosque por donde corre la chica existe, también la chica; no así su miedo. En la literatura la cosa es diferente, porque trabaja directamente sobre la imaginación. Es el texto el que va construyendo esas imágenes de forma subjetiva, logrando eso que decía Roman Jakobson, “violentar organizadamente el lenguaje ordinario”. Lo cotidiano se altera, se mueve un centímetro o directamente se da vuelta, pero el objetivo es generar un extrañamiento o desautomatización. “El propósito del arte –escribió Víktor Shklovski– es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas”, es decir, trabajar sobre el terreno de lo sensitivo más que de lo racional. Entonces, ¿para qué sirve el terror sino es para llevarnos a situaciones de extremo peligro, de miedo intenso y descarnado, para mostrarnos algo que (ojalá) jamás viviremos pero leerlo como si estuviésemos ahí, padeciéndolo todo?

Lamberti es un especialista en construir este tipo de historias. Como la literatura no es cine y no puede aparecer una imagen de golpe que nos haga saltar de la butaca, el truco es más trabajoso: construir climas verosímiles y de mucha tensión haciendo del miedo un globo que se va inflando de a poco. En sus libros de cuentos anteriores, El loro que podía adivinar el futuro y El asesino de chanchos, se ve claramente su estilo, su capacidad narrativa, también en la novela La maestra rural, incluso en sus poemas de San Francisco hay algo de esta naturaleza, pero es en La casa de los eucaliptus donde la máquina se vuelve más sofisticada y poderosa. Su prosa está despojada de descripciones, detalles insignificantes o diálogos vagos; la energía está puesta en contar acciones, en enumerar hechos. No hay explicaciones –¿para qué? –, las cosas simplemente suceden. El ingreso al microuniverso de cada cuento es sencillo, no hacen falta saberes previos ni competencias específicas. Uno simplemente se deja llevar por la historia que avanza como un tren eléctrico y de pronto, casi sin saberlo, ya alcanzó una velocidad considerable. Si el tren choca, ya es tarde, hay que dejarse llevar.

“Tenía la impresión de que en algún momento de su vida algo se había torcido”, cuenta el narrador de uno de los relatos. Otro: “Mamá me hace rezar. Yo cierro los ojos y rezo por que se mueran todos los chicos del segundo año turno mañana del colegio Iturraspe”. Otro: “Dios nos da, no lo que merecemos, sino lo que podemos soportar”. En todos los casos, la tragedia es inminente, ahí viene, es sorpresiva, imponente, imposible de esquivar. De esa vida simple sólo quedan las cenizas, el caos llegó para quedarse. Quizás alguno de sus personajes superan las lesiones de la embestida, pero lo cierto es que, como cualquier experiencia traumática, queda la depresión posterior: lidiar con los fantasmas. Después de ver el abismo, algo cambia en nosotros. ¿Para qué sirve el terror? ¿Para qué sirve narrar el miedo? ¿Por qué leerlo? En tiempos de optimismo vacío, del imperativo de la felicidad, de la exposición de todo lo bueno de la vida en las redes sociales, de la alegría como parche momentáneo, de discursos que reproducen acríticamente el status quo, unas buenas historias terroríficas vienen muy bien para no esquivar las tragedias cotidianas y verlas desde su ángulo más extremo. El miedo, cuando es inteligente, nos hace más fuertes.

 

La casa de los eucaliptus
Luciano Lamberti
Randon House, 2017
186 páginas

 

 

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