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La tecnología que me asesinará

Por Luciano Sáliche

En el mundo de los negocios tecnológicos, David Goldberg era muy respetado. No sólo por haber sido CEO de SurveyMonkey, una popular web que permite crear encuestas, también por haber estado casado con Sheryl Sandberg, la  directora de operaciones de Facebook (número dos de la compañía después de Mark Zuckerberg). El primero de mayo de 2015, Goldberg estaba de vacaciones hacía algunos días en México. El sol permanecía imponente en el cielo mientras corría en una en cinta en el gimnasio de la villa privada donde decidió pasar esos días, frente a las playas de Punta de Mita. Tenía 47 años, carisma, principios progresistas y eso que el macrismo llama ímpetu emprendedor. Corría para que no lo alcance la obesidad, tal vez también para concentrarse en sus negocios. Esa fue su última vez en un gimnasio. Una distracción, un movimiento involuntario, una falla en el algoritmo de la máquina… vaya uno a saber qué; lo cierto es que esa mañana Goldberg terminó expulsado de la cinta de correr de forma repentina y tras un golpe severo en la nuca y mucha pérdida de sangre, los médicos decretaron muerte por traumatismo craneoencefálico con shock hipovolémico. ¿Casualidad? Nadie se animó a decir que lo mató una máquina de correr, pero muchos levantaron las cejas y prefirieron salir a hacer running a la calle.

¿Pueden las máquinas domésticas o recreativas con procesadores básicos y simples configuraciones matar personas? ¿O acaso son sólo los androides lo que nuestra mente se permite imaginar como verdugos cibernéticos? ¿Y si la tecnología asesina es en realidad la más consumida, la más cotidiana? ¿Qué tiene que ver el capitalismo con la muerte de Goldberg? ¿Podría haber ocurrido en otro período de la historia? ¿Qué canción sonaría en los auriculares de este empresario al momento de la caída? ¿En qué grado estaba el aire acondicionado en el gimansio? ¿Qué números marcaría la pantalla de la cinta de correr: kilómetros por hora, calorías quemadas, tiempo de actividad, número de rutina, distancia recorrida? ¿Se puede pensar la muerte de Goldberg sin el contexto tecnológico que lo rodeaba?

“A veces, para triunfar, es necesario suspender ciertas preguntas” se lee en la página 152 de Pyongyang. Lamentablemente David Goldberg ya no puede preguntarse nada, o quizás sí, quizás lo está haciendo ahora mismo desde algún plano del universo; pero ya es tarde. Pyongyang no quiere triunfar, o al menos de la forma en que quería Goldberg, entonces no suspende preguntas, las formula en clave ficcional. Pyongyang ya no es el último libro de Hernán Vanoli –acaba de salir Los dueños del futuro, que escribió junto a Alejandro Galliano–, sin embargo, y porque no hay motivos para correr ciegos tras la novedad, este artefacto publicado por Random House principios de este año merece mucho más que unas cuantas líneas. ¿De qué se trata Pyongyang? En principio, de un libro dividido en cuatro cuentos proporcionalmente similares, largos, que tranquilamente podrían independizarse y ser nouvelles. La decisión de no engordarlos puede que tenga que ver con su trabajo previo, Cataratas: una novela extensa, distópica y delirante como un mutante. Con su prosa entramada e inclusiva con las subordinadas, con su tono seco pero a la vez en permanente tensión, con sus metáforas cínicas y cotidianas, Vanoli narra un mundo que pone de manifiesto el cambio de paradigma que trajo la simbiosis entre capitalismo y nuevas tecnologías. El deseo, el consumo, la paranoia, la conspiración y la volatilidad de las relaciones sociales son, en Pyongyang, charcos que uno necesariamente debe pisar. Es una invitación a mirar nuestra sociedad sin prefiguraciones contemporáneas, como si viniéramos de otros siglos lejanos y nos encontramos, de golpe, con una cultura totalmente transformada.

Cuatro cuentos. Ursus americanus kermodei, el primero, es un relato paranoico y surrealista de una chica que viaja en Uber con desconocidos. Un oso kermode –aparentemente imaginario–  la persigue todo el tiempo, pareciera que para cuidarla. La chica viaja con miedo y el contacto con el taxista y el hombre que luego se sube al vehículo para compartir el viaje está lleno interferencias, de dudas, de prejuicios. “La paranoia ha vuelto; quizás nunca se fue”, dice para sus adentros. La pregunta  que sobrevuela es: si vivimos atomizadas en nuestro individualismo paranoico, ¿cómo convivir amablemente con un prójimo que nos aterra? El segundo, Los sintonizadores, habla de las miserias narcisistas que aparecen en el cerebro de una mujer que ansía, por todos los medios y más allá de su alrededor, transformarse en mamá. Ese ímpetu la vuelve –ya lo sabemos– paranoica y empieza a desconfiar de su marido; no es para menos, la baja fertilidad afectó su masculinidad y lo llevó a aferrarse a una secta. De nuevo, la imposibilidad de comunicarse en medio de tanto ruido de época. El último, el cuarto es El comando central: nacimiento, esplendor y caída del emprendedurismo de redes sociales. Un intenso relato en segunda persona que cuenta cómo se forma una agencia social media con aspiraciones nacionales, una campaña electoral como objetivo y un equipo de trabajo que se torna un exceso. Si el trabajo es uno de los grandes ejes para pensar las narrativas de cada tiempo y ver cómo las personas se apegan socialmente al proceso de producción, este cuento sugiere replanteárselo todo de nuevo porque aquí el trabajo desclasa y desdibuja.

Pero es el tercero, Pyongyang, el que le da el título al libro. Se podría decir que es el relato que delira en la serie, que acentúa la curva con algo de exageración. Una gema de la ciencia ficción en estado puro: máquinas de gimnasio que, además de enamorarse, buscan arrebatarle la hegemonía del mundo a la raza humana. “Al no poder soñar, tenemos una predisposición congénita al suicidio”, cuenta una de las máquinas –aparece así la falencia del robot–, y otra, la líder, dice: “El universo es monstruosamente indiferente a la presencia del hombre”. De esa forma se construye el relato de la venganza, del zarpazo, del cambio en el orden mundial: ahora sí, las máquinas al poder. Las intenciones de Vanoli con este cuento parecen ser más claras –aunque más solapadas en la máscara de la ciencia ficción–: la humanidad es la que construye su propio cadalso. “La tecnología es una expresión de la pura voluntad creadora humana. No existe en ninguna otra parte del universo”, vuelve a decir la líder de las máquinas. Si los humanos somos una especie única y destacada, ¿entonces la tecnología también?

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, escribió Fredric Jameson. ¿Por qué? El capitalismo está metido en todos nosotros, en nuestros gustos, en nuestros deseos, en nuestros sueños, en nuestras pesadillas. Es voraz pero también imperceptible. Tal es así que cuando pensamos en la tecnología le damos un carácter frío y gris, y cuando pensamos en “la rebelión de las máquinas” nos sospechamos peleando contra androides o robocops comandados por un Cthulhu metálico que los guía desde el centro del planeta Tierra. ¿Y si la verdadera rebelión se trata de pequeños e insignificantes objetos de consumo cotidiano fallando sospechosamente y provocándonos la muerte; o mejor: funcionando perfectamente y llevándonos a un adormecimiento letal? ¿Y si el verdadero error es creer que la tecnología es algo ajeno a nosotros, que la inventamos y que la manipulamos a nuestro antojo, pero en realidad se trata de un pistón clave en el sistema de nuestra subjetividad atomizada?

La paranoia humana de que la inteligencia artificial se revele y ataque a sus propios dueños y creadores viene desde hace tiempo. Es difícil precisar los momentos embrionarios en que la literatura vislumbró el costado oscuro de la tecnología, pero sin lugar a dudas Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley es una clave para pensar el asunto. La historia es conocida, pero vale la pena recordarla brevemente. Víktor Frankestein construye una criatura usando partes de cadáveres diseccionados que cobra vida con la ayuda de la tormenta eléctrica y el galvanismo. Al ver lo horroroso de su creación, huye espantado del laboratorio y al regresar el monstruo ya no está. Esa suerte de paternidad denegada hace que la criatura le tome odio y mate a un hermano de Frankestein. Hay un momento en que Frankestein y el monstruo se encuentran en la montaña; él le cuenta que aprendió a hablar espiando a los humanos porque siempre que acercaba a ellos se horrorizaban y lo despreciaban. ¿Qué quiere ahora? Una compañera, su soledad es insoportable. Frankestein lo logra, crea un ser similar a su engendro pero enseguida decide matarla al ver (de nuevo) lo horrorosa que es su creación. Allí el monstruo nuevamente se escapa y, tiempo después, cobra su venganza: mata a toda la familia de su creador. Finalmente –aquí cierra el spoiler– mata a Frankestein y decide suicidarse prendiéndose fuego.

Shelley lo escribió en 1818. Eran los tiempos de la Revolución Industrial. Ferrocarril, barco a vapor, industria textil, éxodo rural, nacimiento del proletariado. Muchos cambios que decantan en la narración de un monstruo que no quiere conquistar el mundo, sólo quiere compañía. Al denegársele todo tipo de afecto, incluso el de su padre/creador, asesina. Así como Shelley muestra la soledad del monstruo, Vanoli relata las dolencias sentimentales de las máquinas del gimnasio en el cuento homónimo de Pyongyang. Estas sí quieren conquistar el planeta, unirse a otras máquinas de otros rubros y arrebatar la hegemonía humana. ¿Por qué muere Víktor Frankestein y todos los hombres que mató su monstruo? Por desprecio, por horror a lo distinto. ¿Por qué moriremos nosotros en manos de los productos tecnológicos que consumimos diariamente adormecidos, alienados y atomizados? En el fondo ya lo sabemos.

 

 

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