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Quiero ser madre

Por Bernabé de Vinsenci

Después que acabó con Leo —aunque no quería—, engordó veinte kilos. Se veía fea, como una vaca de feedlot. Le salieron, al poco tiempo, estrías en los brazos y en las piernas, moradas, como cicatrices mal curadas. Medían entre cinco y diez centímetros, como rasguñadas de gatos. La depresión, acaso, la había sobrexcedido de peso o, quizás, aunque era poco probable, comería más, pese a que probaba bocados. Esa noche, al igual que otras, discutió con Leo. Él, con los puños cerrados, se golpeaba una y otra vez la cara. No soportaba, no te entiendo, le decía, que ella, después de dos años de relación y meses, le exigiese de un día para el otro lo que no podía. Marley, semanas atrás, había comprado una mamadera, dos pares de escarpines y un body azul por si era varón y uno rosa por si era mujer. Desde niña, según recordaba, había deseado la maternidad. Admiraba a su madre, La Pocha, amamantando a su hermanito Tincho, y admiraba, además, que del vientre, de una panza redonda como una piñata, saliese una cosa chiquitita, con ojos, manos y piernas y un llanto insoportable. Esa noche Leo le dijo basta, que había ido muy lejos, no entendés, le dijo, no se puede. Agarró sus pocas pertenencias, una guitarra eléctrica (porque Leo tocaba la guitarra en una banda de blues llamada Tomate ácido) y un par de mudas de ropa, y una pelota de básquet de cuero, y se fue. Esa noche Marley, por segunda vez, durmió sola. Era la segunda vez que dormía sola desde que Leo, en enero, la había engañado con Nancy, la prima de Marley. Al principio lloró hecha un ovillo, con las manos en el vientre y los pelos desparramados. Maldijo, mordiéndose los dientes de la bronca, a su padre y la incomprensión de su madre. Se aferró a la almohada como si fuese el tórax de Leo y la apretó con fuerza. Miró el póster de Gonzalo Heredia, colgado en la habitación, a quien amaba, de manera platónica, estúpida, y pensó que él, tal vez, por ser buen mozo, por partirse en dos, por rajar la tierra, podría probablemente darle un hijo o dos, o más. Después descolgó el póster y lo hizo un bollo, lo rompió en mil pedazos y se lo introdujo en la boca y lo escupió. Su esperanza de ser madre, de golpe, se había truncado, o mejor dicho, estaba truncada desde siempre, pero ahora, más que nunca, era una necesidad imperiosa y, al mismo tiempo, una necesidad imposible. Agarró un espejito de la cómoda que tenía para maquillarse y se miró: se veía estúpida, con la cara redonda y la nariz puntiaguda, igual que la de su padre; pero tenía, eso sí, la mirada de La Pocha, su madre. Estuvo apenas unos minutos mirando su reflejo en el espejo, boca arriba, con las manos apoyadas en el vientre, abstraída de todo. De pronto, cuando estuvo más calma, apenas un poco, agarró la almohada, se levantó la remera y la puso en el vientre y sonrió y, a la vez, sin saber por qué, lloró. Chiquitita de mamá, dijo y acarició su panza y escuchó, como si fuese de otra persona, su risa torpe. Sentía que, como nunca antes, la almohada en su vientre le calmaba el vacío que arrastraba desde que tenía uso de memoria. Se sintió mejor de ánimo. Se maquilló, se puso un vestido rojo, para llamar la atención, pensó, y unas sandalias negras de cuando su madre, La Pocha, era joven. Puso la almohada debajo del vestido y encima una faja para que la sostuviese. Una vez más se miró al espejo y se vio espléndida. Sentía que, después de tantos años, su deseo se volvía real. Salió a la calle. El sol la encandiló. Todos la miraban, extrañados, acaso no sabiendo que ella, una mujer como ella, iba a ser, al fin, madre. Faltaban esperar nueve meses o, en caso de ser prematuro, menos, siete u ocho. Se trataba, creía saber, solo de esperar. Se sentó en Amelie Petit Café, en San Lorenzo y Buenos Aires, una zona poco frecuentada de Rosario. Encendió un cigarrillo y se acarició la panza. En un momento, inesperado para ella, vio que el mozo hablaba con el encargado. El mozo hacía un gesto de afirmación con la cabeza. Sí, le dijo ella cuando el mozo estuvo parado a tres pasos de distancia. Disculpe, señor, la casa se reserva el derecho de admisión. Marley se paró, omitió al mozo, que quedó parado como un imbécil y se fue. Llegó a su casa media hora después, cansada. Le dolían los pies. Se acostó y sacó la almohada de su vientre. Volvió a llorar. Tomó del piso un bollo de papel, lo que quedaba del póster, con un ojo de Gonzalo Heredia y cerrando los párpados, con un poco de repugnancia, se lo comió.

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