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Lo cotidiano, disfrutar lo cotidiano

Por @horaciogris

Cuando llegamos, vomitó, tomó algo de agua y se sintió mejor. Entonces preparé dos tazas para que compartiéramos algo más antes de terminar la noche. Sentados frente a frente hablamos un rato, un poco de todo, mientras terminábamos cigarrillo y café. El tono de su voz y su cara no disimulaban el sueño pero aún en ese estado ella hablaba con indirectas, era evidente que me buscaba. Una insinuación patética, tuve en claro que ella no tenía ganas y sin embargo me hacía saber que podía cogerla. Se sentía en deuda, era eso, ¿qué otra cosa? Le dije que durmiera en mi cama, que yo me arreglaba en el living, pero no hubo caso y sólo accedió a dormir en el sillón.

Descomprimiendo la situación, fui a buscar una frazada. Me demoré unos minutos revolviendo el armario. Cuando volví, ya estaba dormida; acurrucada sobre uno de los apoyabrazos, hecha un ovillo. Estuve unos segundos en silencio mientras afuera amanecía. Era un crepúsculo mortecino, el sol saliendo y ella arruinada pero en paz. La contemplé sintiendo una tristeza que debía ser ternura pero que nunca llegaría a madurar hacia ese punto: ¿cómo conseguirlo ante el hecho de que no hubiese nada por hacer? Lo inevitable anula la belleza de lo que podría ser y te deja una piedra fría de certeza entre las manos para que te arregles como puedas.

Quise quedarme a su lado, en mi sillón, dándome la excusa de cuidarla. Me puse a leer ahí sentado, buscando alejar las ideas que venían a mi mente. No me parecía bien la tentación de coger ante todo lo que ella atravesaba. Dormité lo que pude, con Cheever en mi regazo, abriendo los ojos de vez en cuando para ver si ella seguía ahí.

Se despertó cuando me escuchó poner la mesa. Comió mucho. Estaba muerta de hambre o comía de más por si acaso, por no saber qué planes tendría para ella el futuro. Cualquiera se daba cuenta de que era campeona olímpica de saltearse comidas.

Charlamos sobre proyectos, me contó una idea. Era algo arriesgada, así que iba bien con ella.

—… entonces cuando consiga algo de guita tendría que viajar al interior

—¿Viajar o escapar? —contesté. Mi comentario le pareció hilarante, arrancó a carcajadas, pero yo no le había hecho la pregunta en chiste. Me quedé callado, no conseguí acomodarme a su reacción, en parte porque daba impresión ver a su flaquísimo cuerpo contorsionarse de risa.

Después Hablamos de JJ. En verdad es una forma de decir: ella mascullaba puteadas entre bocados, que lo odiaba y cosas así mientras quizás por reflejo se acariciaba el moretón que se le veía cerca del codo, pero al toque dijo que prefería cambiar de tema.
Quise saber cómo seguirían los próximos días. Deslizó la posibilidad de quedarse más o menos una semana, “hasta que se acomoden las cosas”. No había dudas de que no tenía mucha idea de qué hacer, así que le dije que podía quedarse el tiempo que quisiera. Incluso ofrecí darle la plata que necesitaba para su proyecto y, atajándome, le dije que no se preocupara por devolvérmela, aunque ella dijo que sí, que lo iba a hacer.

La tarde transcurrió en un disfrute casero, a los dos nos hacía bien la compañía. Con mucho esfuerzo de su parte y voluntad de la mía me enseñó a jugar al truco, aunque yo resulté pésimo jugador; la verdad es que prefiero el póker. Después dejé todo listo para que ella se bañara y entré a mi habitación. Me acosté mirando el techo y empecé a imaginarla desnuda: estuve seguro de sus filos, un abdomen cóncavo y sus costillas marcando líneas profundas; contrastes con la redondez de sus tetas. Cerré mis ojos y la recorrí en mi fantasía mientras todo lo que no fuese su silueta se iba oscureciendo. Pero me incorporé sobresaltado cuando escuché el ruido del cajón del mueble. Me había quedado dormido. Ella estaba adentro de mi habitación.

—Uy, ¿te desperté? Estaba buscando otra remera porque la que me diste se cayó al piso y se me mojó. —Envuelta en un toallón blanco estaba a un metro y medio mío. Era cuestión de pararme, acercar mi cuerpo al suyo. Así de simple. Pero fue ella la que se acercó a mí.

Sentada a mi lado en la cama, no quiero mirarla y lo nota, me pregunta qué me pasa. Siento sus uñas moviéndose por mi pierna.

—Dale, ¿qué te pasa? Decime —insiste. Tamborilea con sus dedos en mi muslo, espera respuesta. Intentando conservar la calma respiro profundo, suspiro. No sé qué voy a decirle. Busco una excusa para el no o una justificación para el sí.

—Vos tenés que hacer lo que quieras. Lo que de verdad te nazca. No me gustaría que te sientas obligada —le dije como pude.

—Si no quisiera, no estaría acá. —contestó acercando sus labios y los apoyó contra los míos. No me negué. Apenas me besó y abrió los ojos. Lo que debía de hacerse lo acababa de hacer.

Puedo contar distintos momentos del tiempo que pasamos junto. En pocos días fueron muchas cosas. Recuerdo una escena en una plaza que terminó con el termo volcado. Intentar en vano dormir una siesta, interrumpidos por el deseo de cogernos. Acompañarla al médico y después a buscar un bolso a lo de una amiga. Cogerla en cuatro mientras el ambiente se iba llenando del olor a bizcochuelo en el horno rumbo a quemarse; merienda que, aunque saliera torcida y algo chamuscada, comeríamos igual. Lo cotidiano. Disfrutar lo cotidiano.

Acordamos para esa noche, la última noche en mi departamento, hacer sushi. Ella nunca había probado y yo tenía antojo. Terminé de trabajar y compré salmón, algas nori, vinagre de arroz e incluso camarones. Pero al volver no la encontré. Varios cajones estaban abiertos, algunas cosas tiradas en el piso. No dudé de que el desorden fuera por la plata. Había agarrado casi la cantidad hablada. Sólo un poco más.

Recuperé algo de tranquilidad cuando encontré la nota y otro papel con la letra de una canción también manuscrito. Me decía cosas que el pudor te hace guardar y pedía que por favor no la buscara. Revisé el contestador. No había mensajes pero en el identificador figuraba un número que no conocía. Al mes siguiente corroboraría un intercambio de llamadas desde mi teléfono con ese número. Algo más tarde me enteraría que pertenecía a JJ y que él también se borró para la misma fecha.

Pienso en ella mientras guardo las compras. Después mastico un pedazo duro de bizcochuelo y junto algunas cosas suyas que dejó desparramadas por el departamento: Un encendedor, un atado, una remera toda cortada de una banda de rock barrial que alguna vez le mentí al decir que iba a escuchar. Pongo todo en una caja, sé que en algún momento va a volver. Muerdo otro pedazo de bizcochuelo pero esta vez lo escupo en una servilleta. La verdad es que nunca me gustó el Exquisita.

Serie Autoporno

 

 

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