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La administración del goce

Por José Luis Juresa

¿Es posible que la sociedad entera se comporte adictivamente, y responda a los estímulos que permanentemente la “tientan” a cortocircuitarse en satisfacciones de corto alcance, que prometen paraísos artificiales sostenibles durante el tiempo en el que el consumo se efectúa, a lo cual no le sigue nada más que lo que habitualmente se denomina “el bajón”? Sí, es absolutamente posible. Y no solo eso. Así vivimos, y de esa lógica no se exime nadie, ni siquiera quien hace un culto de la “vida sana”, otra de las variantes del consumo –esta vez, “responsable”–.

Son muchos los pacientes que llegan a la consulta enrollados en la impotencia para no dejarse tentar por los “paraísos artificiales”, y acceder a diluirse en un ensueño de indiferencia, en una hermandad perfeccionada y retratada, por ejemplo, en la frase “me pintó el amor”, enunciada en ocasiones de aflojamiento de las inhibiciones y las dudas que interfieren el comportamiento supuestamente “libre” y “auténtico”, que todos tendrían librados de la presión del “deber ser” y de la lógica diplomática de las relaciones formales. Se sostiene un supuesto antagonismo entre “lo formal”, una mirada social que pediría ciertos rasgos comunes e indiferenciados de comportamiento, y la soltura en la que cada uno libera su “ser” y se hace auténtico, desprejuiciado y cercano a los demás paradójicamente, estimulados por aquello mismo por lo cual se sostienen todas las reservas anteriores: el consumo. Así se cierra un círculo casi perfecto, de una tiranía que parece un modo perfeccionado, autoimpuesto, de disciplina social, de vigilancia y castigo, en donde hasta la libertad y el goce están reglamentados, o normalizados y, sobre todo, administrado, cuya eficacia es la misma que promueve el verdadero motivo de todo el conjunto sistémico: la productividad capitalista.

“Pintar el amor” es una frase cursi, un poco amañada por las circunstancias en las que ese tipo de amor “pinta”: fiestas electrónicas bajo los efectos del consumo de éxtasis. Pero no es específicamente el consumo de sustancias prohibidas lo que nos importa especialmente, sino el modo en que el goce se organiza como parte de una economía que deja a los cuerpos expropiados del goce, precisamente, cuando los sujetos que se relacionan con él creen exactamente lo contrario: que son sus dueños, tanto como de sus cuerpos.

Una risa suelta

No vamos a profundizar las evidentes razones por las que esta estructura no se limita a las sustancias llamadas peligrosas y prohibidas. Al contrario. El sistema las necesita para justificar el consumo “libre” y sin culpa, a través del cual las corporaciones venden mucho más que un producto específico, sino una completa y entera forma de vida. Esa forma de vida es la que termina haciendo de los cuerpos un territorio a conquistar, un cercado como el de un territorio o una estancia, en donde las ideas y la vida misma “pastorea” como una vaca que no tiene la menor idea de su destino de matadero. Ese es el éxito más profuso e invisible a la vez, pero se hace sentir, todos los días, en cada caso que llega al consultorio, en la esencia misma del malestar cotidiano. El goce está administrado, vigilado y empaquetado, perfeccionado, ya sin tiranos a la vista, más que el propio “yo”, que ha tomado el relevo de los padres reales, esos seres detestables y, a la vez, facilitadores, que permitían dejar ver una salida a sus “hijos” en el asesinato o la revuelta. Ahora la tiranía es yoica, pero haciendo del yo no más que un tonto que se cree todo, un “débil” afectado de dudas y de ataques de pánico, desesperado de que lo instruyan y le digan qué mierda es lo que tiene que hacer para seguir sobreviviendo, sin más valentía que la de seguir constatando, día a día, que sigue existiendo, que sigue siendo “yo”.

Lo que pude observar en el consultorio es que la risa, una risa suelta, que no sea cínica o irónica, se va perdiendo. Parece que se tratase, también, de una risa administrada. Una risa que solo se atreve a mostrar los dientes, que deja a la vuelta de la esquina la mordida del perro en el que se han convertido muchas existencias. Guardianes. A veces solo se trata de eso, de que en un análisis se suelte la risa, en “poetizarla”, una risa que no se apoye en el fetiche de la mercancía, o que, ella misma, no se venda como una mercancía, como se venden las existencias humanas a través de las redes sociales, cada día un poco más. Soltar una risa sería y es un signo que dejaría librado el goce a lo que en realidad es: pura pérdida, en el sentido de que no especula con ninguna conveniencia, ninguna “ganancia”, y se libera desprejuiciadamente sin temor al qué dirán y sin pensar en las consecuencias. Eso es una risa.

¿Cómo hacer para no arruinarse?

La administración del goce logra que el capitalismo sea el más perfeccionado de los comunismos, si reescribimos el término “comunismo” como la borradura de las diferencias, el culto de la igualdad –al punto de que los sujetos “desaparezcan” en la masa–, la reducción de los matices de la vida al “blanco y negro” de las reacciones morales. Finalmente, la propuesta capitalista es apenas un cambio de corporación: de la del estado a la “coalición de las corporaciones del mercado”, que hace de este apenas una excusa para fundamentar su existencia totalitaria y abarcadora, gris y aplastante, también sin matices, sin color. Las antiguas burocracias estatales se repiten en las modernas expendedoras y proveedoras de servicios y tecnologías modernas, y el individuo se ve tan aplastado por sus lógicas como en el viejo y archivado caso de la “dictadura del proletariado”. El malestar solo consiste en sostener el fetiche de la mercancía, la cual antes estaba encarnada por la ideología y el líder, y ahora por los objetos y el dinero. En verdad, siempre fue esto último, porque lo anterior solo se basó en una férrea, compacta y laberíntica administración visible y represiva. Esta lógica aún generaba la ilusión de que todo acabaría con la caída del líder, sea éste real o simbólico. En la dictadura del mercado, no hay “enemigo a la vista”, salvo que las corporaciones lleguen a tomar ese lugar, con nombre propio. Por ahora, supieron colocar a la política y a los políticos en el lugar de “chivos expiatorios”, pero ahora, como en el caso de la Argentina, tienen que salir a tomar el poder en forma directa, o al menos de forma bastante menos embozada. Corren un riesgo.

¿Cómo hacer para no arruinarse? ¿Cómo podríamos ponernos al menos a un costado para que la lógica arrasadora de esta maquinaria cada vez más “perfecta” no nos tome de lleno, no nos deje “chupados”?

Es importante usar este término, “chupados”, porque no nos resulta ajeno a las dramáticas extremas, trágicas, de la verdad oculta del sistema, en las que miles de seres humanos se hundieron. La lógica que se perfecciona es desaparecedora. El consumo del que nadie se da cuenta, hasta que es demasiado tarde, es el de la existencia humana. No es la intención ser pesimista, pero esa es la tendencia: finalmente, somos el desecho del sistema que ayudamos a sostener con nuestros cuerpos gastados de antemano, y con la administración, planificación y dosificación de nuestro goce por parte del falso amo capitalista, que jamás corre riesgos. Jamás vamos a tener una idea de nuestras vidas dejándonos pasivamente expropiar la chispa vital del goce modalizado por el propio sujeto. Vuelve la pregunta entonces: ¿Cómo hacer para no arruinarse? Subvertir, ponerse a un costado, no dejar que lo tomen de lleno la mercantilización de la vida y la administración absoluta del goce, de lo cual está atiborrados los medios de comunicación publicitarios, y la hipnosis colectiva que generan cuando los individuos creen exactamente lo contrario: que están haciendo “sus” vidas.

Reapropiarse de la existencia suena bonito, dejar de temerle a las diferencias, deponer las armas, tomando conciencia del modo en que se tiende a convertir el vínculo social en una guerra fría y cotidiana, incorporar civilmente los conflictos, recuperando algo de la fe en la palabra. Suena todo muy bonito, e incluso idealista. Pero es lo que se experimenta en un análisis. Por ejemplo, perderle el miedo a la pérdida de tiempo. Hoy en día los niños crecen ante el temor paranoico de muchos padres que les exigen “no perder el tiempo”, prepararse para estar a la altura de “los desafíos” de la vida futura. Y, con las mejores intenciones, no los dejan fantasear, jugar. No es un asunto de los padres, lejos está de eso solo eso. Los padres también son “víctimas”, aunque subjetivamente responsables. El sistema está preparando niños mientras va reduciendo sus infancias al entrenamiento en juegos programados para no “perder el tiempo”, aunque parezcan todo lo contrario. Generan ganancias corporativas.

Lo que finalmente nos “arruina” es no ser generosos con el tiempo que nos toca vivir, “amarretearlo” como si fuera pura y exclusivamente “mío”, y desperdiciarlo en el sostén de tótems, como aquel exitosamente erigido en torno a la frase: “mi vida”.

La vida siempre es compartida. No hay duda. Y una buena manera de evitar “arruinarse” es no perder esa orientación, que, al fin y al cabo, como el psicoanálisis lo descubre y propone, es a lo que responde la estructura del deseo: tiende al Otro, y a “lo Otro”, es decir, a la diferencia. No se trata de “borrarlas” en la compra de paraísos, sino de perderle el miedo a lo que se abisma en la soledad de los seres humanos, aquello que, entre todos, se comparte.

 

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