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Un Buenos Aires para Buñuel

Por Bárbara Pistoia

“Él me dijo que era la película más deforme que vio en su vida”, podría ser el nombre de una banda indie platense, pero no. Con ese remate, Pablo Maurette me preparó para entregarme de lleno a la ópera prima de Sergio Corach, Quizás hoy, guionada por ambos. Sergio, además, la protagoniza y la dirige.

El protagonista es Miguel, un treintañero que es cadete en un estudio jurídico, y que vive sumergido en una adolescencia tardía, colmada de desidia, y contenida en rutinas hechas a medida de esa pesadez existencial, crónica. El desinterés con el que enfrenta su vida es el mismo con el que se relaciona, en principio con él, y luego, naturalmente, con todo lo demás, volviéndose por momentos despiadado.   

El mismo día en el que escribe en su diario íntimo, producto del psicoanálisis, “No sé para qué sigo escribiendo esto. ¿No bastaría con sacar fotocopia de lo que escribí ayer y antes de ayer?”, algo cambia. Yendo para el trabajo se encuentra con un compañero del colegio al que no veía hacía 15 años, y al que vuelve a encontrarse unas horas después cuando sale a almorzar en su horario laboral. A partir de allí, Miguel busca, intenta, y se entrega a un nuevo ritmo.

Estrenada en el BAFICI 2016, llega al Cine Gaumont el próximo jueves, y es un buen motivo para sentarse a charlar con la dupla Corach/Maurette.

Pablo me comentaba que hubo mucho de juego en la experiencia que compartieron guionando Quizás hoy. ¿Cómo surge la idea de sentarse a guionar juntos, fue con la idea de llegar a hacer una película o fue algo más experimental?

Sergio Corach: El guión surgió a partir de la idea de transportar Cleo de 5 a 7, de Agnès Varda, al Buenos Aires de hoy. Cambiar ese artista pop por un personaje que fuera similar a mí, y reemplazar el problema vida/muerte por otros conflictos universales, pero menos drásticos. Tenía ciertas ideas de cómo quería que sea la película, y luego de algunos meses de pensar se lo comenté a Pablo, con quien ya habíamos escrito un guión antes, y le gustó.  

Pablo Maurette: Desde el momento en que nos pusimos a trabajar estaba claro que estábamos haciendo una película. Yo, para serte franco, no tenía muchas ilusiones de que se filmara porque sé cuán difícil es hacer una película independiente en Argentina, y también porque ya habíamos escrito ese guión que comentaba Sergio y que, hasta el día de hoy, nunca se filmó.

La película tiene un timing muy marcado. Todo lo que parece absurdo o insólito encuentra un lugar perfecto de ser, la risa y la gracia aparece incómoda, pero termina por distender, es como un rompecabezas armado perfecto. ¿Cómo fue el proceso para lograr que un guión de estas características sea tan íntegro?  

PM: En un momento nos dimos cuenta de que la película tenía que ser contada por varias voces, pero siempre por el mismo personaje. Por eso Miguel es una trinidad dramática: sus pensamientos, su escritura y su voz hacia afuera, lo que dice. Creo que esta polifonía ayuda a que el absurdo termine por tener sentido, lo gracioso y lo triste distiendan, lo incómodo se acomode, etcétera.     

SC: Partimos de una idea clara, y cuando Pablo estaba en Buenos Aires nos juntamos un par de veces y delineamos juntos cuales serían las escenas. Los detalles iban y venían en intercambios de mails. Lo íntegro se logra también porque nos llevamos bien, tenemos un sentido del humor parecido que creo, incluso, que se formó y creció junto.

PM: Bueno, somos amigos desde los 13 años, hicimos el secundario juntos y compartimos muchos recitales, cine, viajes, y demás. Fue muy armónico y muy divertido el proceso, y ahora que lo pienso, puede que las tres voces de Miguel de alguna manera reflejen nuestras dos voces más la voz conjunta que creamos, el personaje.

La película tiene mucho de un tipo de cine que no es habitual en Argentina, un cine “Buñuelizado”, por llamarlo de alguna manera, y que se hace más insólito en la combinación de psicoanálisis con surrealismo. ¿Lo hicieron a conciencia y con el deseo de llenar ese vacío, o llegan a lograr esa aura surreal -que también recuerda a Maddin, a Cocteau, Bresson- a partir de la realización visual?

SC: A los dos nos encanta Buñuel y su tipo de humor. También me gustan muchísimo esos tres directores que mencionás. Creo que lo surreal se da por lo que decís, una cuestión de gustos y sensibilidades que compartimos. A ninguno de los dos nos interesa el realismo en el arte. No nos suele interesar lo pretendidamente naturalista. Nos interesa que sea creíble. Y si logramos ayudar a la voluntaria suspensión de la incredulidad del espectador, ya estamos satisfechos.

PM: A mí no me gusta Maddin, pero Buñuel, Bresson y Cocteau sí. Buñuel quizás sea mi director favorito. Igual tengo que confesar que, viviendo afuera hace casi quince años, veo muy poco cine nacional, casi nada te diría. Sergio conoce mejor la escena local. Para mí no era tanto una cuestión de intervenir en la escena local, sino de hacer el tipo de humor que nos gusta en el escenario que mejor conocemos, que es Buenos Aires.

Y si se puede decir algo más es, justamente, sobre cómo la ciudad se muestra en Quizás hoy, con una generosidad melancólica y comprensiva, sabiendo que -detrás de toda su neurosis- a los porteños nos une una historia de amor con sus calles. Ese lugar dado a Buenos Aires es uno de los varios aciertos que la realización tiene. Una realización visual con detalles exquisitos, en el sentido más amplio, pero también en su uso más profundo: lo que vemos, cómo lo vemos, y lo que elegimos no ver, potencian nuestras acciones, forman y/o conforman nuestros pensamientos.

Quizás hoy, en definitiva, le encuentra la vuelta a ese “día de la marmota” sin convertirse en una frase motivacional vacía, ligera. Muestra otra manera de reconocer el humor y la tristeza -que muchas veces se parece a la pereza- apostando al absurdo y sin imperativos, con la complejidad que siempre implica la ternura.

 

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