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Cuando el gas lacrimógeno sale de su granada

Por Luciano Sáliche

Cuando el gas lacrimógeno sale de su granada, de su bomba, eso que un policía disparó hacia el medio de una manifestación, no pasa nada. No pasa nada porque al momento en que el proyectil está en el aire recorriendo un trayecto de emboquillada, ese gas ya salió al mundo, ya está en fuga como la estela de una estrella fugaz que surca el cielo anunciando una dirección y, por consiguiente, un posible impacto cercano.  Tienen que pasar quince segundos al menos para que ese humo espeso, blancuzco y tóxico haga efecto en los activistas que se encuentran manifestándose. Pero claro, antes de que eso ocurra —el olor, el ardor, la tos, la desesperación— hay una cadena de sucesos que se tensionan y colisionan hasta dar lugar a lo que la hegemonía mediática le busca sinónimos escurridizos —choque, enfrentamiento o la mejor: incidentes— pero que tiene una sola definición: represión.

Son las dos de la tarde de un lunes 18 de diciembre soleado y caluroso. En el Congreso de la Nación el oficialismo se frota las manos porque está a punto de llegar al quórum para tratar la Reforma Previsional, algo que no pudo hacer la semana pasada pero que ahora, con el aval de los gobernadores que apuntalaron a sus diputados, lo va a conseguir. Y lo consigue, pese a los multitudinarios cacerolazos en todo lados, a eso de las ocho de la mañana lo consigue. Pero ya desde el día anterior el barrio está completamente vallado en dos y hasta tres cuadras a la redonda. Nadie puede pasar. Una muralla de Robocops custodia lo que la burguesía cree que es la democracia: tipos que renuevan su free pass cada dos años para hacer lo que se les cante el orto. Lo que ahora empiezan a votar es la forma de medir cuánto avanzan las pensiones, las jubilaciones y la Asignación Universal por Hijo. Votan un cálculo que alcanza a los sectores más bajos, sobre todo a la clase trabajadora informal, ¿pero qué significa realmente ese cálculo?

Hoy el mínimo que cobra un jubilado es de $7.246. El próximo aumento que se da en marzo de 2018 es de alrededor del 12% (870 pesos, pasando a $8.116) pero con esta reforma pasaría a ser de un 5,7% (menos de la mitad: $413 de aumento, dando un total de $7.659). El beneficio tiene que ver con una actualización trimestral y ya no semestral pero, ¿y en el medio qué? La movilización de la semana pasada —que tuvo una feroz represión de respuesta— y la falta de quórum hicieron que la sesión se postergara a este lunes donde la cosa llegó un poco más barajada aunque no menos apresurada. El gobierno necesita esa guita y ya decidió de dónde sacarla. Se mencionó un bono compensatorio, pero tampoco alcanza. Este ajuste en la seguridad social —dos meses atrás, cuando a Maurucio Macri le preguntaron cuánto ganaba un jubilado, le erró por dos mil pesos: dijo “nueve mil y pico”— representa un ahorro fiscal de cien mil millones de pesos para el próximo año y, según especialistas, la cifra equivale al favor que se le hizo al agro, a las grandes industrias y a la minería con la quita de retenciones.

¿Qué hace un gobierno que se siente fuerte y musculoso luego de convalidar en las urnas su hegemonía y estabilidad? Se mira al espejo, aprieta el puño, traba abdominales, pone carita de malo y sale a pegar.

Es difícil tomar el mapa del tiempo último y armar una línea cronológica de la escalada represiva en el gobierno que ya lleva dos años. Se podría nombrar el caso de Santiago Maldonado con una Gendarmería Nacional que entra a los tiros —práctica que tiene antecedentes en el gobierno anterior, sobre todo con la comunidad La Primavera del pueblo Qom— en la comunidad Pu Lof de Cushamen sin orden judicial. Durante casi un mes y medio Santiago Maldonado estuvo desaparecido; su cuerpo fue encontrado en el río. Aún se investiga cómo murió y si, efectivamente, se ahogó al huir de una violenta represión donde peligraba su vida. Más tarde, en las marchas a Plaza de Mayo por su muerte, las fuerzas policiales salieron a cazar gente, a manotear a cualquiera sin motivo alguno y tirarlo adentro de un calabozo, algo pocas veces visto en los últimos años. Luego vino la muerte de Rafael Nahuel de la comunidad mapuche Lafken Winkul Mapu que, en la zona del lago Mascardi de Río Negro murió de un disparó por la espalda de parte de Prefectura. No se probó que haya atacado a la fuerzas de seguridad, ni que en su poder haya tenido armas de fuego. La Ministra de Seguridad Patricia Bullrich defendió el accionar de sus tropas, cada vez más agresivas, más desbocadas, como perros hambrientos que muerden hasta matar.

Pero algo pasó en las calles que ahora, en esta tarde de lunes, el operativo ya no está a cargo de Bullrich, ya no está Gendarmería. Ahora todo lo maneja Horacio Rodríguez Larreta y su Policía de la Ciudad. Pero, ¿por qué alguien piensa que esa violencia represiva podría ser menor? Desde la Avenida de Mayo y sobre todo ya pisando el césped de la Plaza Congreso lo que se escucha es el dulce cántico de la conciencia de clase: “¡Unidad de los trabajadores y al que no le gusta se jode, se jode!” Banderas, columnas, organización. Manos extendidas que se flexionan y vuelve a extenderse, todas en coreografía, agitan y agitan. Hay redoblantes, hay quienes aplauden, pero todos cantan por la unidad de los trabajadores y al que no le gusta, es corta: se jode, se jode.

Cuando el gas lacrimógeno invade el aire la manifestación se dispersa y corre. Hay un olor picante que se percibe y empieza a invadirlo todo. Luego es la garganta la que se grajea; la nariz se tapa, moquea agua, se congestiona; y los ojos se astillan como el vidrio del parabrisas de un auto que recibe el impacto de un piedrazo. La multitud huye, el desorden prima y ya uno no es el que corre sino que es la misma multitud la que abraza a todos los manifestantes, los pone sobre su lomo y los transporta muy lentamente hacia atrás. Cuando el gas lacrimógeno invade un cuerpo el efecto es nocivo, los ojos arden a mansalva y la tos brota como un acto reflejo. El medio ambiente se vuelve un cuadro tétrico de mucho pánico y la sensación es la de ser, ya no el dibujo agónico de Edvard Munch, sino una de esas bestias desfiguradas que pinta Francis Bacon.

Cuando el gas lacrimógeno se mete en los poros y los síntomas no aflojan y la multitud sigue huyendo despavorida pero lentamente, preocupada más por los balazos de goma que se escuchan —y vaya que se escuchan— que por lo que su cuerpo experimenta, ya todo se vuelve desesperación. Entonces aparece, sí, una imagen volada: la cara de un bebé de ojos curiosos, la de una esposa de sonrisa sensual, la postal de algo que quizás, si la perra suerte se pone chota, podría desaparecer. Entonces se corre, se corre mucho, se busca refugio. Transpirado y perdido, solo, en cueros y con la remera en la boca para tratar de respirar algo que no sea gas lacrimógeno, el activista termina escondido en algún lugar de la ciudad y ve, desde un rincón oscuro, cómo la policía dispara y caza manifestantes y el mundo es el peor lugar para haber nacido.

 

 

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