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Todo eso que pudo haber no sido

Por Luciano Lutereau | Ilustraciones: Andy Denzler

1.

Frente a un conflicto ético, la represión no es la única opción. También es posible hacer una regresión narcisista. La más común: la regresión sádico-anal. Es la de aquellos varones que, después de una decepción amorosa, se convierten en seductores que tratan a las mujeres como la mierda. También la de quien piensa: “Si no lo hago yo, lo hace otro” y si, por ejemplo, se encuentra una billetera en la calle, se queda con el dinero. Esta regresión narcisista le permite robar sin sentirse un ladrón, porque el ladrón sería el otro. Es una forma sádica de confrontar con ley, pero también un pedido de castigo.

Quedarse con algo que es de otro, suele llevar a alguna tragedia. Entre las generaciones produce consecuencias: la muerte de los jóvenes. Nuestra época es cada vez más arcaica y regresiva. Nunca hubo otros primitivos, salvo nosotros.

2.

El modo en que el neurótico se defiende de la contingencia (“Lo que pudo haber no sido”) es a través de pensar lo posible (“Que podría haber sido de otro modo”).

3.

Los neuróticos reprimen. Esto quiere decir que se dan cuenta de lo que desean cuando ya no pueden realizar ese deseo. Este efecto diferido se llama “culpa”.

Que los neuróticos reprimen quiere decir que sienten culpa, no de lo que hicieron, sino de lo que podrían haber hecho y no hicieron. Por eso Lacan decía que sólo se puede ser culpable de ceder en el deseo. Esa frase es una traducción de lo que Freud llamaba “represión”.

4.

“Si no hubiera hecho tal cosa”, “Si hubiera actuado de otro modo”, “Por qué no fue diferente”, son preguntas habituales que demuestran nuestra alienación a elecciones forzadas. El cine juega con este esquema desde Manhattan, de Woody Allen, hasta La la land. Es quizá lo que explica el efecto conmovedor y eterno de Casablanca. Es el mismo efecto que sentí ayer cuando en chiste le conté a una amiga que es el aniversario de El amor después del amor y ella, también en chiste, mencionó la canción “Brillante sobre el mic”. Entonces me quedé pensando el resto del día en el final de la letra: “La noche que dejaste de actuar / solo para darme amor”. Me gusta pensar en la equivocidad que podría tener la palabra “solo” en la frase; pero ahora me interesa más la elección forzada: “La bolsa o la vida”, “El amor o el acto”.

¿Qué sería un amor que no sea un acto? ¿Qué acto no es amoroso? Igual la canción habla de otra cosa, cada uno sabe de qué. Lo importante es “otra cosa”. La elección forzada suele reconocerse a través de la culpa retroactiva. Por eso Lacan decía que sólo se puede ser culpable de ceder en el deseo, porque la culpa es alienante y hace pensar en mundos posibles. Así el sujeto se indetermina en posibilidades abstractas. Restituir el deseo en un análisis no es ubicar un amo deseante, un agente que encima tenga que hacerse responsable de lo que (no) pasó, sino situar el punto en que la contingencia se hizo necesaria (y viceversa): el carácter no determinado de la elección. Forzada, pero no determinada. En esa recuperación no culpable de una posición en el deseo consiste la separación.

5.

La “renegación” es no querer escuchar nada diferente de lo que uno piensa. Sólo prestar atención a lo que confirma lo que sabemos. Es la posición infantil por excelencia; según Freud, es la actitud del varoncito que desmiente la diferencia sexuada. Desmentir la diferencia, creer que hay sólo un sexo, y que el otro está castrado, es la fuente del terrorismo fálico. Se puede tener una postura fálica incluso con ideas progres. Es parte del falicismo (y del facilismo) creer que hay obviedades, evidencias, que “los hechos hablan por sí mismos” (como decía Stalin). El fa(li)cismo no es sostener tal idea u otra, sino la apelación a los hechos. La diferencia sexual no es anatómica, sino entre “varoncitos renegadores” (con o sin pito) y los que pueden destituirse del uso defensivo del saber.

6.

El sujeto es un efecto. El individuo cree que se emociona, pero su afecto es un efecto. Ejemplo: “X corre para no llegar tarde a un lugar, y llega tarde. Del otro lado de la puerta ve una sombra y no se anima a golpear”. De regreso a casa piensa en cómo nuestra manera de vivir el amor depende de que existan las puertas. Y los balcones y las ventanas. Desde Romeo y Julieta, o después del poema de García Lorca que dice “Deja el balcón abierto” y que Joe Strummer incluyó en una canción de The clash con este verso: “Oh, please, leave the ventana open”. Como la canción de Jovanotti, “Serenata rap”, que canta en el estribillo: “Affacciati alla finestra amore mio” y luego dice “amor ch’ a nullo amato amar perdona” (que es el verso 103 del canto V de la Divina Comedia) y que muestra que el amor es una pasión forzada. “Uno” quiere amar, X quisiera creer que el amor es algo personal y propio, pero el amor se impone como una estructura; y sólo por haber corrido para no llegar tarde, X se enamora, como Woody Allen en la última escena de Manhattan, cuando llega y ve a Mariel Hemingway, del otro lado de la puerta, lista para irse. Todas la puertas, ventanas y balcones, en la literatura, la música y el arte para reproducir la forma de ese avatar fisiológico que, una vez, alguien llamó “amor”. Hace no mucho. Canciones que dicen: “Flores en tu ventana”, “Acércate a la reja”, o la de Richard Hawley que dice: “Oh, open up your door/ Cos we’ve time to give”. El amor es un efecto de la arquitectura moderna. No amaríamos si no existiera esa topología mínima del espacio cerrado en el que entrar. Adentro/afuera: dame “la llave de tu corazón”, estás “en mi mente”, etc. ¡Ni siquiera hablaríamos del coito como una “penetración”! Todo Occidente amó con esta distribución espacial de lo interno y lo exterior, hasta que Fito Páez cantó “El amor después / del amor, tal vez / se parezca a este rayo del sol”.

7.

En su artículo sobre las teorías sexuales infantiles (1908), Freud dice que lo primero que llamaría la atención de unos extraterrestres es el modo en que los humanos separamos formas de vida en función de la diferencia sexual. Al igual que un ser de otro planeta, el niño no se interesa por esta cuestión sino por el origen de los niños. “¿De dónde vienen los hijos?” es la pregunta que despierta la curiosidad infantil (Freud dice “esfuerzo de saber”) cuyo primer correlato es la incredulidad en la palabra del adulto. Dicho de otra forma, a partir de la herida narcisista que implica esta inquietud, algo en el lazo entre el niño y el adulto se rompe. El niño ama al adulto, pero no le cree. Freud llama a esto “complejo nuclear de la neurosis”. Que el neurótico no cree en la palabra de quien ama lo demuestran los celos histéricos y la duda del obsesivo. Toda la clínica de la neurosis se ordena a partir de esta división entre creencia y amor: “¿Me querés?”, “¿Estás seguro/a?”. En el niño se verifica a nivel de la pregunta por el “por qué” de las cosas, en las que no se busca un saber sino interrogar el estatuto de la palabra de quien se espera… una decepción. Este es el fundamento de la noción de demanda en Lacan, pero más importante es que la incredulidad respecto de la palabra se desplaza a la primera teoría sexual infantil: que no es la creencia de que todos los seres tienen pito, sino que aquellos que no tienen… ya les crecerá, porque les falta. Es la asignación universal de la falta, basada en la renegación, el primer saber inconsciente en la infancia (y en la neurosis: la interpretación fálica del deseo).

8.

Toda elección implica condiciones, es en cierta medida una “elección forzada”. El neurótico suele quejarse de eso, del modo en que la elección se le impuso; el idiota suele decir que él no eligió ni quiere elegir. En este punto, el neurótico es un ser ético y el idiota es un idiota. A un obsesivo le pasó una vez que, después de un fallido, con el que terminó seduciendo a una mujer (¡así de peligroso y romántico es el inconsciente!) se encontró con la pregunta de si ahora no tenía que separarse. La duda es la forma en que el obsesivo interpreta una elección de manera forzada: una oposición excluyente. La vía del análisis no espera el heroísmo ni el acto resuelto por el que se toma partido por uno de los dos términos, sino que interroga la división. Si hay separación en un análisis, es de la elección que se impone, del modo neurótico de pensar una elección y, en el caso del obsesivo, hacerla imposible. Es lo que le pasó a otro varón que, ¡con otro fallido!, equivoca el nombre de su mujer y dice el de otra. En el análisis se da cuenta de que este nombre es anagrama del primero y, por lo tanto, en lugar de pensar que “quizá” (esa forma de indeterminarse) desea a otra mujer, pueda amar a la suya como otra, de otra manera. El análisis no apunta a la determinación del sujeto, sino que va de la indeterminación a lo no determinado.

 

 

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