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El vampiro de la clase obrera

Por Luciano Sáliche

Todos, al menos una vez, hemos visto un vampiro. Escondido detrás de los brillos de la noche, dentro de las cúpulas de las catedrales o en los balcones diminutos, una mirada que se clava sobre la nuestra, como una ráfaga, los ojos rojos de un vampiro. Allí no hay nada demasiado extraño —la sospecha, luego la sorpresa, luego el pánico—, lo radicalmente atemorizante sucede cuando el vampiro está entre nosotros, desapercibido y agazapado en una identidad cotidiana. En el último año existieron algunos casos. En Bellingham, un hombre mató a puñaladas a su madre porque — así consta su declaración a la Policía— descubrió que era una vampira. A Victoria Vanatter le pasó lo mismo, una mina de 19 años que hoy está presa en la cárcel de Greene, y le clavó un cuchillo a su novio en la espalda luego de que él le hiciera unos cortes en el brazo y le chupara la sangre. Descubrir que alguien con quien compartías cosas —una charla de ascensor, un mate, la cama— es un vampiro. Eso sí debe dar miedo.

De eso trata El conserje y la eternidad (Alfaguara, 2017) de Ricardo Romero (Paraná, 1976), una novela que narra la historia de un hombre que limpia oficinas en un edificio, luego es conserje de un hotel y continúa como encargado de otro edificio. Pero Juan Drodman —ese es el nombre del protagonista— también es un vampiro. No lo dice, no aparece esa palabra en toda la novela, aunque sus actos lo delatan. Secuestra personas que rondan por el lugar que cuida, se alimenta de ellas y luego las deja morir. Su profesión es peculiar: una estadía permanente al lado de los acontecimientos, circundándolos, pero nunca en el centro. ¿Quién se acuerda del encargado de un edificio que, por ejemplo, se prende fuego? Por el contrario, ¿quién no sospecha del encargado de un edificio cuando un cadáver aparece sin demasiadas pistas? Hay algo marginal, oscuro, cansino en trabajar de portero. ¿Qué tipo de vampiro sería el hombre que se pasa sus días caminando por los pasillos de un edificio, subiendo a la terraza, bajando a la caldera, haciendo guardia en el palier?

“El conserje y la eternidad” de Ricardo Romero

La novela está dividida en tres partes que responden a tres épocas. La primera es junio de 1955 cuando ocurrieron los bombardeos a Plaza de Mayo, Casa Rosada y el edificio de la CGT que dejaron 308 muertos y casi 800 heridos. La segunda es abril de 1982, momento en el que, además de estar instalada la dictadura cívico militar, se llevaba a cabo la Guerra de Malvinas. La tercera es diciembre del 2001 cuando la revuelta popular denominada Argentinazo provocó la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa. En las tres épocas, el vampiro anota en un cuaderno todo lo que ve, lo que piensa y lo que hace. “Escribo para que sea otra cosa”, dice. O también: “Escribo sólo para ordenar una experiencia, nada más”. La bitácora de un monstruo que vive entre nosotros como una otredad camuflada.  

“Nada más una superstición: en el momento de la saciedad cierro los ojos porque es el instante preciso en que las cosas y las criaturas invisibles se vuelven visibles”, escribe también. Lo que sucede es que su monstruosidad le quita, justamente, la humanidad. Hay una animalidad que lo desborda. No tiene pasado, no sabe de dónde viene, no hay herencia, no hay familia. ¿Cómo es posible vivir sin identidad? Para él todo es presente, y la vida, una permanente sorpresa por lo acontecido frente a sus ojos. “Había algo hermoso en esa incertidumbre”, anota porque todo lo ya vivido se le revela como novedoso. No recuerda las caras, interactúa de forma breve e ínfima con personas cuyos rasgos no pueden ser almacenados en su memoria. “Es imposible que recuerde mi cara. Si me cruzara conmigo por la calle no me reconocería”, escribe, y después, la única evidencia: “Lo que sucede soy yo”.

Ricardo Romero (Foto de Martín Rosenzveig)

En un documento del año 1047, una nota sobre el final de un manuscrito del Libro de los Salmos, apareció la palabra vampiro en ruso. Fue un sacerdote que la transcribió del alfabeto glagolítico al cirílico para el príncipe Vladímir de Nóvgorod. Esa es, al menos descubierta, la primera vez. Estaba acompañada de otra palabra que, al español, podría ser leída como perverso o hiriente. El vampiro perverso, el vampiro hiriente. ¿Una advertencia del viejo mundo hacia el nuevo mundo, el nuevo milenio que había comenzado? Tardó pero llegó la literatura que trabajó esta figura. El primer texto canónico es anónimo: El extraño misterioso, un relato que se publica en Prusia en 1855. El vampiro es Azzo von Klatka, un tirano despótico que murió ahorcado por los campesinos a los que oprimía, y ahora vive en las ruinas de su castillo, en un ataúd. El segundo texto se llama Carmilla, una novela corta escrita por el irlandés Sheridan Le Fanu en 1872. Allí el vampiro es una mujer joven que vive en un castillo con su padre y clava sus colmillos a otra mujer, Laura. Y el tercer texto —el más popular, el consagratorio— es Drácula, la novela de 1897 escrita por el también irlandés Bram Stoker, basada en la historia de Vlad Drăculea, príncipe de Valaquia, hoy Rumania. En la historia de Stoker, el vampiro es conde.

En los tres casos, el monstruo tiene prestigio, un castillo y poder. O al menos lo tuvo. O lo va a tener. Se trata de personajes fuertes, solemnes y respetados. Si le quitamos ese carácter aristocrático que los envuelve, en la actualidad serían terratenientes, empresarios o capitalistas. En el Tomo I de El Capital, Marx dice: “El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo chupa”. El vampiro no es otra cosa que un poderoso dependiente de los débiles. Su poderío radica en la facilidad, basado en su posición social, de succionar a sus víctimas. ¿Cómo narrar hoy una historia de vampiros que escape del cliché y el estereotipo? Invirtiendo su rol: en El conserje y la eternidad el vampiro es un trabajador, un ignoto y perdido miembro de la clase obrera. Y como todo obrero alienado, atomizado y despojado de su propia clase, sin saberlo bien se pregunta: “Si no renuncio a este lugar, un día de estos voy a levantar la vista del cuaderno y voy a darme cuenta de que ya no puedo salir.”

Béla Lugosi en la película “Drácula” de Tod Browning en 1931

El conserje y la eternidad es un libro con un esquema sólido que traza líneas entre la familiaridad de los tres contextos, los tres acontecimientos narrados —los bombardeos del 55, la Guerra de Malvinas y la crisis del 2001—, y la extrañeza de un personaje oscuro, deshumanizado y antipático. No hay espectacularidad ni una historia de amor que le de trascendencia o una ambición imponente. Nada de lo predecible del género ocurre. Más bien es un viaje subterráneo hacia lo insoportablemente cotidiano, lo terroríficamente consuetudinario. ¿No se trata de eso ser un trabajador? La época cambió y Juan Drodman, el personaje principal, carga con todas las dolencias de los tristes vampiros del siglo XXI: los trabajadores que, muchas veces huérfanos, aislados y alienados, optan por sobrevivir y preguntarse, como se pregunta Drodman, si “la sangre, toda esa sangre, toda esa sangre, me nutre o me envenena”. Llegará el día en que todos los vampiros podamos elegir qué sangre beber. Ese día el mundo será un lugar mejor. O no.

 

El conserje y la eternidad
Ricardo Romero
Alfaguara, 2017

 

 

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