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Ojos idénticos a los míos

Por Bernabé De Vinsenci

Ella y yo. Seis de la madrugada. Ella desnuda y yo semidesnudo. La cama deshecha, con el preservativo usado en la almohada. El corpiño y mi remera en el piso. Me levanto y toco las baldosas con la punta del pie. Me corre, de los pies a la cabeza, un escalofrío. Recién amanece. Nos desvelamos acariciándonos y penetrándonos. Como nunca. Voy a la ventanita de la pieza, saco el brazo y enciendo un cigarrillo, el tercero. Es raro, me digo, apenas fumé. Porque yo, como ningún otro, fumo: un atado y medio, dos, por día. Después me siento en el borde de la cama. Ella con las tetas desnudas, se arrodilla en la cama y con la punta de los dedos me acaricia la espalda. De repente tengo la piel de gallina, como pelotitas pequeñas en todo el cuerpo. En la pieza, sobre una silla, hay un espejo rectangular, en el que cabe un cuerpo entero. Me miro. Veo —apenas puedo ver— mi cara reflejada: las ojeras, el pelo desordenado, y ella detrás de mí. Me levanto, agarro el preservativo con asco y, sin mirarlo, lo tiro en un tachito contiguo a la cama. La conocí por Facebook, ambos lo sabemos o creemos saberlo, pero nos tratamos como de toda la vida. Viajé trescientos kilómetros para verla. Ella me pagó un pasaje. El de ida. La agregué por agregar y a través de un posteo entablamos conversación que se prolongó tres años. Ahora la tengo enfrente, mirándome y tocándome como una pieza prehistórica. Le pregunto, mientras me acaricia, si le gustó. Ajá, dice, pensé que la tenías más grande, y se ríe. Afuera cantan pájaros. Los cantos son ensordecedores. Me doy vuelta y le encajo un beso, húmedo y largo. Me muerde los labios. ¿Tomo la pastilla?, dice inesperadamente, refiriéndose a la pastilla del día después, y se pone el corpiño y me mira. Usamos el mismo preservativo tres veces. Me parece innecesario. No, le digo, no pasa nada. Tengo la certeza de que hemos hecho las cosas bien. Si quedo, te hacés cargo, dice irónica, ¿qué nombre le pondrías?, añade. Imagino nombres: Abel, Leonardo, Jesús, ¿por qué no Caín o David? Pero la idea, con solo pensarlo, me estremece. No seas estúpida, le digo, acentuando la “u”, para terminar de pensar en nombres. Pienso que, ahora y nunca, no podría ser padre y menos aún con una desconocida. Se viste con lentitud. La miro y vestida —le sobresalen las tetas— me parece más atractiva. Tiene puesta una remera de Los Rolling Stones. La usa como pijama o para entrecasa. Va a la cocina y prepara el mate. ¿Dulce o amargo?, dice desde la puerta. Le hago un gesto con la cabeza, encogiendo los hombros, como diciéndole “me da lo mismo”. Pero el agua bien caliente, le advierto. Me da el primer mate y me quemo; me arde la lengua. Ella es, aunque no parezca, mucho mayor que yo. Yo tengo 26 y ella 37. Ella es de Aries y yo de Libra, ella cumple los años en marzo y yo en octubre… Otra vez, posándose detrás de mí, me vuelve a acariciar. ¿Y?, dice mirando el mate. ¿Qué?, le digo. El agua. Está bien. Me recuesto sobre la cama, al revés, con los párpados cerrándoseme. Me quedo así unos segundos. Escucho, adormecido, que ella se mueve. Abro los ojos y la miro. Se pone la almohada debajo de la remera y con la voz suave me dice “mirá, nuestro hijito”. La comprendo o intento comprenderla. Leí no sé dónde —creo que en la revista Muy interesante— que las mujeres, a cierta edad, quieren tener hijos. Se toca la panza con ambas manos y me dice que me acerque, que escuche como se mueve. Pienso que está desquiciada, pero me niego a decírselo. Yo le pondría Benjamín, dice y se toca la panza. No quiero, una vez más, pensar en nombres, no quiero verme como padre. Me estremece el llanto, la caca amarilla, los balbuceos… Después de todo yo también fui un bebé. Se saca la almohada y la agarra como si fuese un bebé. La mece. Mirale los ojitos, dice y ríe mirando con detenimiento la almohada, son iguales a los tuyos. No me animo a decirle que, por favor, termine de una vez. Mis ojos son únicos, pienso. No porque sean bellos o feos, sino porque no se pueden heredar. A menos que me los extirpe. Deja la almohada en la cama. Se sienta junto a mí, rozándome las piernas. Por segunda vez tengo la piel de gallina. Las mujeres tienen el encanto de ponerme la piel de gallina. Sin esperarlo me toma la cara, me aprieta los cachetes, y me besa y me muerde. Yo también la muerdo. La empujo y queda desplomada en la cama, con los pelos desparramados sobre la cara. Me subo arriba y le recorro el cuerpo, besándola. Ella me aprieta la cabeza con sus manos flacas. Como me gustan a mí. Me pide, por lo bajo, que la bese. Pendejito, me dice y gime. Hago caso omiso de todo lo que hablamos. La desvisto. Los pájaros siguen cantando. El sol, poco a poco, invade el cielo celeste. Son la 7 a.m. Le tomo las manos y mientras le beso el cuello y las orejas, la penetro. Nos olvidamos del preservativo. Coitus interruptus. No. Coitus interruptus. No. Acabo adentro y sigo penetrándola hasta quedarme dormido. Sueño con nombres y un hijo que tiene los ojos idénticos a los míos. Me despierto, el sol me encandila, y ya no me puedo dormir. La miro y abraza a la almohada. Voy a la ventanita y enciendo otro cigarrillo. El último por hoy.

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