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El yugo del amor libre

Por Marcos Apolo Benítez

Es cada vez más habitual que en las redes sociales, en las aplicaciones de levante, o en los cortejos ocasionales los postulantes al amor se vean en el apremio de colgarse la etiqueta de amor libre. “Amor libre”, reza el letrero. ¿Libre de culpa? ¿Libre de impuestos? ¿Libre mercado?

Por supuesto que nadie cree en este imperativo de la época de liberalismo cautivo, al que sin embargo la mayoría suscribe con fe; con fe escéptica por supuesto, que es como funciona toda creencia: bajo sospecha. Así la religión, que subsiste ligando incertidumbres a ilusiones provisorias. La fe escéptica es el capital de las religiones, y de modo similar funcionan las grandes instituciones de la sociedad, inclusive los ideales sobre los vínculos amorosos. Pero el amor escapa de las codificaciones sociales, aún de las prescripciones aparentemente menos restrictivas. Su experiencia más radical atraviesa el cuerpo del amante, lo marca de una pérdida irrevocable, y esa herida, si bien es transferible a un relato singular, no se colectiviza en una narración general.

¿De qué sería libre el amor? ¿De qué yugo se supone que debería librarse el amor para disfrutar de la plenitud? Del amor mismo, sería la absurda respuesta que la pregunta tautológica fuerza a contestar. Pero el amor libre es como la utopía de la revolución permanente, dice el ensayista chileno Martín Cerda. Y la libertad es el infierno de los otros, diría Sartre. Entonces, amar enferma, pero no amar también. Entramos en la encrucijada de los amantes. Ni justo equilibrio, ni relación armoniosa. Amar es enfermarse en la aporía del amor.

Sin embargo hay salida. Las aporías se resuelven en las paradojas. Y así, de la encrucijada del amor se sale a través del amor.

En el quincuagésimo versículo del poema Fragmentos de un Evangelio apócrifo, del libro Elogio de la sombra, Borges dice: “Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor”. La rareza de la frase radica en aquellos felices que prescinden del amor. ¿Son los que no aman? En absoluto, son los que aman al amor, al sistema ficcional del amor, a ese tercero en fuga (estrella de los amantes) que mediatiza y salva de lo que de otro modo sería el mutuo amor, esa ilusión de reciprocidad que sumerge en las aguas espejadas de la confrontación muchas veces fatal.

Pero tampoco el amor podría ser libre puesto que el que ama compromete su cuerpo en el torbellino de las pasiones del ruido (tantas veces sordo) y del silencio (tantas veces atronador). Por eso un elogio del amor también es un elogio de la sombra, de la parte de odio que conlleva el amor, esa parte de doloroso desprendimiento que en el mejor de los casos traspone (dispone) al amante para otro amor.

Los amantes suelen ser frustrados de la telepatía. Alucinación, confabulación y paranoia conforman el decorado tragicómico del rigodón de los enamorados. “Te exijo que adivines lo que deseo”; “esperaba que cumplieras tu promesa”; “decime la verdad”; “como sabía que te iba a molestar entonces lo omití para no herirte”… Todos ejemplos de enredos, cortocircuitos y demandas imposibles en el baile entre vampiros. Algo del amor no reflejan ni esclarecen los espejos donde los amantes se buscan.

Pero no es que el amor sea imposible sino que siempre ocurre ahí donde no se lo espera. El amor no es una pasión ni un sentimiento, es un discurso sobre el amor, y un discurso no se estabiliza nunca, porque el referente se nos escurre, las palabras proliferan y las respuestas jamás colman las preguntas. En todo caso, la única chance de estabilizarse en el discurso es aceptando su inestabilidad polifónica. Y esa es la gracia de lo sintomático amoroso: ruina y belleza, burla y estima, abandono y caricia, fragilidad y fuerza.

Al contrario de lo que habitualmente se cree, la fatalidad del amor se da en la supuesta coincidencia, o en el trágico “tal para cual”. Felices del amor aquellos que prescindan de la literalidad caníbal y se entreguen al banquete literario, al enigma inescrutable que hace el amor, es decir al equívoco de los que se aman, para evitar que el beso se transforme en dentellada y salve de la devoración recíproca.

Prescindir del amor es prescindir del amor como destino, como pura necesidad negada al azar; es acertar errando y encontrar perdiendo. El amor es un malentendido sobre el encuentro. Por eso el amor logrado es el amor equivocado.

 

 

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