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Golpes a la susceptibilidad

Por Luciano Sáliche

Cuando Roberto Arlt publica Los lanzallamas en 1931, ya era una figura reconocida en el ambiente literario. Los siete locos iba por la tercera edición y El juguete rabioso por la segunda. Por eso, en esta tercera novela decide escribir un prólogo que, hasta el día de hoy, funciona como manifiesto: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula”. Esta analogía con el golpe de boxeo refleja, no sólo una metáfora barrial, cotidiana, masculina, sino también una cosmovisión de la literatura: la violenta relación entre el escritor y el lector en la que el primero despierta y sorprende al segundo.

Ochenta y cinco años después aparece Desahogo, el séptimo libro de Sergio Fitte, en el cual se podría decir que retoma este consejo de Arlt. Sesenta y nueve cuentos cortos reunidos (ninguno sobrepasa las 450 palabras) por los que el lector se ve obligado a atarse a una silla y dejarse sacudir por pequeñas descargas eléctricas que, a lo largo de las páginas, se vuelven más y más fuertes. Publicados por Prosa Editores, estos relatos fueron vertidos previamente en Facebook, logrando llamativa repercusión (no hace falta decir que hoy el tráfico de likes se va hacia las “narraciones soñadoras”; este no es el caso). En el pasaje al formato libro, en la transposición de dispositivos, hay algo que se gana: la pausa de una lectura más atenta, pero no por eso menos sorpresiva.

En un mundo donde los ciudadanos —que ahora son además de consumidores, usuarios— se pierden en la bruma de internet y las redes sociales en las que predomina lo efímero y la memoria a corto plazo, en un mundo donde todo parece ser lo mismo, hacer buena literatura es una tarea complicada. Frasecillas, flyers y memes deambulan con optimismo condensando los sentidos literarios y anulando la posibilidad de crear sentidos más complejos. Por eso, un escritor como Fitte, que aparece en las redes publicando cuentos que esquivan el tono celebratorio de la novedad superficial, se vuelve un oasis indispensable para resistir el avance de la simplificación.

“El problema de la familia es que no se va. Una vez que tuviste una es para siempre”, comienza uno de sus relatos. La crueldad a la hora de develar los tradicionales mecanismos de la sociedad es impresionante. Por eso puede molestar, herir y lastimar a un lector desprevenido, sin embargo ese parece ser su propósito. Si el cuento, como dice Julio Cortázar siguiendo con la analogía del boxeo, tiene que ganar por knock out y la novela por puntos, entonces estamos hablando de diferentes tácticas. Las de Fitte son claras: un golpe por relato, 69 a lo largo del libro, todos con la fuerza del vencedor. Y tiene experiencia para hacerlo, porque ha publicado seis placas previas, todas de cuentos: Señor Canario (2001), A no chillar (2003), Dios con lapicera (2006), Proyecto de difusión (2007),Prostíbulo (2009) e Institucionalizaciones (2012).

Tapa de “Desahogo” de Sergio Fitte

En el año 2012, Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero publican un libro titulado Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988) donde aparece una a Roberto Arlt de agosto de 1929. Fue unos meses antes que apareciera Los siete locos, sin embargo con El juguete rabioso había generado tanto ruido en un extraño escenario literario que ya empezaba a consagrarse como una figura respetada. Allí dispara contra diferentes autores (los atiende de a uno, se podría decir coloquialmente) que en ese momento eran considerados parte del canon, pero además remarca lo que hacen los escritores del grupo de Boedo, destacando “su interés por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que ha realizado lo que estaba al alcance de su mano y la inquietud que en algunas páginas de estos autores se encuentra y que los salvará del olvido”.

¿Por qué interesarse en el sufrimiento humano? En una sociedad fragmentada y violentamente desigual, narrar la miserabilidad es ponerla de manifiesto. Fitte utiliza su ficción frontal para hacer un pantallazo de época y dar testimonio de un mundo en crisis donde las instituciones tradicionales —familia, amor, amistad, diversión— tambalean ansiosas por desplomarse en el piso. “¿Cómo hicieron esos tipos para no dejarse contagiar por esa ola de modernismo que dominaba en todas partes?”, se preguntaba Alrt en dicha entrevista y ese interrogante puede hacerse en estos tiempos. ¿Cómo escapar de las novelas de la autoreferencialidad del yo y el tono celebratorio y acrítico de muchos escritores actuales? ¿Cómo hacer literatura fuera de la órbita del entretenimiento banal?

Si la literatura que importa es, como sugiere el crítico Maximiliano Crespi, “la que nos saca de la modorra de la comodidad y lo previsible para hacernos caminar por la cornisa“, entonces hay que buscar en esos disparos literarios que tienden a herir una susceptibilidad preseteada por el sentido común. Es aquí cuando el libro de Sergio Fitte adquiere otro valor, cuando aparecen golpes, todos cross a la mandíbula, directo al knock out, donde la verdad está tan oculta que, cuando sale, duele. “Quien sabe vivir es aquel que se olvida que tiene corazón”, escribe en otro relato, entonces el lector tiene dos opciones: o se ofende y abandona el libro con enojo, o se apasiona con la narración y lo disfruta hasta el final. Y como se sabe, el que se enoja pierde.

 

Desahogo
Sergio Fitte
Prosa editores, 2016

 

 

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