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Metonimia y dirección moral

Por Leandro Germán

Hace muchos años, en 2003, 2004, 2005, a poco de haber fundado Razón y Revolución y bastante antes de perder definitivamente el rumbo, Sartelli decía (con o sin Gramsci de por medio) que el movimiento piquetero había ejercido la “dirección moral” del íntegro movimiento social que había derrocado a De la Rúa y puesto en jaque a Duhalde. Los piqueteros habían sido los primeros en salir a la calle, en reclamar Fuera De la Rúa – Cavallo y hasta en ofrecer un programa político. Política y acción directa. Detrás suyo lo hizo la clase media. Aún cuando ésta buscó darse su propia fisonomía política a través de asambleas vecinales, la fuerza gravitacional del movimiento piquetero no pudo jamás ser sorteada.

Me llevó años coincidir con Sartelli y con lo que yo juzgaba apresuradamente como “piqueterismo”. Me parecía que los piqueteros y los sectores medios habían salido a la calle bajo coordenadas políticas distantes una respecto de la otra. Distintas sensibilidades culturales. Pero dirección moral no es necesariamente dirección política, aunque sea su prerrequisito: como su limítrofe concepto de hegemonía, es volver aceptable determinado curso de acción y hasta conquistar que determinado repertorio sea asumido como propio. El malestar de los sectores medios con el gobierno de la Alianza ya era palpable en octubre de 2000. La gran incógnita era si pasarían a la acción. Cuando finalmente lo hicieron, hubo otro actor que había señalado el camino y que podía hacerlo valer moralmente.

Lo que quiero decir es que, entre las decenas de miles de movilizados al Congreso el 18 de diciembre y las centenas que se enfrentaron con la policía hubo metonimia. Lo propio vale para la relación entre estos últimos y quienes cacerolearon por la noche. Metonimia es dirección moral. No siempre se logra. La frontera que separa la dirección moral del putschismo suele ser demasiado fina. Es un arte establecer cuándo sí y cuándo no. El putschismo dinamita puentes. El lunes 18 hubo metonimia, no putschismo.

Beatriz Sarlo escribió en Perfil un artículo en el que la violencia del lunes 18 es remitida de los pelos a un continuo que empieza con el robo de un celular en el conurbano. Es la noche en que todos los gatos son pardos. No faltan las referencias al presunto deseo de CFK de “renacer de un incendio” ni las advertencias a la “izquierda ideológica” de que no abandone sus “mejores tradiciones”. Pero fueron los progresistas quienes primero salieron a desmarcarse de la “violencia” del 18. Invocaron, sobre todo, lo que mostraban las imágenes televisivas, porque para el análisis que se pretende semiológico y en el que se entrenaron de modo amateur durante ocho años nada puede dejar de pasar por la televisión. Sarlo pasa por alto que entre las “mejores tradiciones” de la izquierda consta el haber participado de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, tanto para los militantes que estuvieron como para quienes desearían haber estado y vivieron estos últimos días como un bautismo. Es proverbial, por otra parte, que el progresismo apostrofe como “almas bellas” a quienes permanecieron fieles al acontecimiento dosmilunero.

Poco después de la batalla del 18, Pablo Gerchunoff, ex miembro del equipo económico de Machinea, escribió en Twitter que el país había asistido a “la más impresionante manifestación de la izquierda radicalizada en la historia argentina”. La apreciación peca de impresionismo: el lunes 18 reunió en el Congreso a un conglomerado ideológicamente variopinto. Pero, por otro lado, un acto de la CGT no habría tolerado que la izquierda se ubicara en la cabecera. La izquierda se ubicó junto a las vallas el 18 de diciembre y fue parte del cuerpo a cuerpo con la policía. Que Gerchunoff caracterice a la jornada como la caracteriza habla a las claras de que la metonimia fue evidente hasta para los ajenos.

 

 

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