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Cuatro reglas

Por Isabelle R | Ilustración: Sandra Chevrier

— Te hago una pregunta.
— Pregunte.
— ¿Te tocaste alguna vez pensando en mi?
— Uf, más de una. ¿Vos?
— También.

Le sonrío al teléfono. Borro el mensaje y cierro todo. Respiro profundo y me voy a buscar a mi hija al colegio.

Las reglas son cuatro y las puse yo. Por fin nos íbamos a encontrar. Hacía meses que hablábamos por chat. Lo vi una sola vez y apenas lo recuerdo. Lo conocí vendiendo una mesa de ping pong que no usábamos. Tenia el pelo corto y cuando sonreía se le hacían bolsitas en los ojos. Lo ayudé a subirla a la camioneta. Después me empezó a escribir.

— Ésto es lo único que podemos tener. Los dos lo sabemos.

Ésto eran momentos robados donde jugaba a sacarme fotos con la ropa más sexy que encontraba en el cajón. Y él describía lo que haríamos juntos. Un día me animé y le mandé un video. Otro día lo vi acabar en vivo por el celuar y hasta sentí su transpiración arriba mío.

— Vos no sabés lo hermosa que sos.

No respondo, le mando una carita con un beso. Le mando tres más. Me siento una adolescente.

Nunca lo vi. Pero lo siento. Hace tiempo que no me siento tan deseada por alguien. El tipo solo quiere coger. Sí, lo sé, pero conmigo. Ésto no está bien. Ésto me gusta. El diálogo en mi cabeza no para. Tengo que hacer algo.

Después de siete meses calentando los celulares me animé. Nunca había hecho ésto. Lo tomé como un mimo, un premio, un escondite secreto para mí en tanta rutina de todos los días. Algunas mujeres cuando cumplen cuarenta hacen una fiesta, se van a un spa. Yo me iba a acostar con un perfecto desconocido. Alguien que vi una vez y que con un par de palabras me hacía calentar. Y no le iba a contar a nadie.

Regla 1: Silencio. No hablemos.

— Fácil. Voy a poner una mano en tu boca. Apoyarte por atrás. Tocarte esas tetas que me encantan y sentir cómo tus pezones se ponen duros. Manosearte. Sentirte húmeda. Ver como mis dedos se mojan y escuchar tus gemidos ahogados en mi mano.

Regla 2: Oscuridad. Apaguemos las luces.

— Quiero recorrerte con la lengua. Sentir tu piel, darme cuenta el punto exacto cuando estás por acabar. Chupar tus pezones. Agarrarte de la cintura fuerte. Secuestrarte. Robarle al tiempo dos horas para nosotros.

Regla 3: Sin Marcas. Nadie puede notar nada.

Me levanto temprano, miro a mi marido dormir. Duerme boca abajo, respira fuerte. Tiene un león tatuado en un hombro. No sé a qué hora llegó anoche, tampoco me importa mucho. Mi hija duerme en el medio, las manos abajo de la mejilla. Tienen la misma nariz. Miro mi celular. Ningún mensaje. Nunca lo aclaramos pero los fines de semana no nos escribimos.

Regla 4: Carta Blanca. Este es mi juego.

Si no me siento cómoda, paramos y listo. Nos volvemos a casa amigos y sin rencores. Compré, contesta.

A veces siento que todo pasa en mi cabeza. Que hay una ventana de diálogo continuo con él, que está en todo lo que hago. Si lo llevás a la realidad va a bajar la ansiedad, dijo la doctora. Vamos a andar más tranquilos, contestó él. ¿Y si todo sale mal?

El día lo elegí yo. El lugar también. Veo a mi hija entrar al colegio y me subo al auto. No prendo el GPS, nada tiene que quedar registrado. Trato de acordarme de memoria ese hotel que venía antes con mi marido. Antes de la cicatriz en la panza y la estrías en las piernas. Antes de las alianzas. Antes.

Manejo y repito las reglas como si fueran un mantra. Llego y lo veo en la esquina. Tiene un jean y una remera negra. Es más alto de lo que me acordaba. Se levanta los anteojos y me sonríe. Veo las bolsitas en sus ojos. Hace años que no me tiemblan las piernas así.

Serie Mojada

 

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