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Asuntos de pareja

Por Luciano Lutereau | Ilustraciónes: Riccardo Mannelli

1.

Hay síntomas “de” pareja y también síntomas “en” la pareja. En el primer caso se trata de una formación conjunta, con circuitos propios; en el segundo, se trata de la pareja como superficie de impacto de un síntoma previo. Es el síntoma-parásito de una relación. Incluso podría decirse que la salud mental es la capacidad de sintomatizar con el otro, a veces de sintomatizarlo a él (o ella). Es el síntoma-huésped.

El síntoma-parásito es otra cosa. Es un síntoma que polariza la relación hacia una fantasía recurrente. Por ejemplo, la fantasía histérica de poner a prueba el amor del otro, de la pelea como causa del erotismo en la reconciliación.

Una pareja puede funcionar una vida con este circuito. O la fantasía obsesiva del miedo a perder al otro como forma de recuperar el deseo. Son esas parejas que van y vienen, cíclicamente, sin línea de fuga. El síntoma-huésped trabaja, produce fantasías y las atraviesa, es el de las parejas que se reinventan en los conflictos.

2.

¿Por qué los varones les mienten a sus esposas? Muchas veces escuché a mujeres quejarse de eso. No se trata de grandes engaños, sino que a veces no cuentan nimiedades. Es que se trata de eso: no es tanto la mentira como voluntad de engañar, sino la reserva de algún detalle, la preferencia de callar. Entonces, la pregunta se vuelve más interesante: ¿por qué a los varones no les gusta contarle todo a sus esposas?

Al menos, no les gusta responder a todas sus preguntas. Se trata del modo en que el varón frustra el deseo de saber de la mujer. Es una especie de protesta masculina. Si le respondiera, ella sería su madre y él sería su falo. “No soy tu falo”, es la posición del varón que prefiere no hablar. Si no es falo, es para tenerlo. Es en este caso, “tengo un secreto”. Y algunas mujeres se enojan mucho con eso: “¿Cómo no me contaste que…?”. A veces este ocultamiento puede motivar celos y sospechas. Es inevitable: ser la mujer (y no la madre) de un hombre, sintomatiza. Aunque también es cierto que el varón que prefiere callar es el que más complicidades tiene con su madre, es el más edípico de todos.

3.

Una de las preguntas clínicas más interesantes (y de sentido común) en el análisis de varones es: ¿por qué no se masturban pensando en sus esposas, en lugar de fantasear con otras mujeres o ver pornografía? La respuesta salvaje sería que la mayoría no desea a sus esposas, pero no es cierta.

Muchos de ellos desean bastante a sus mujeres, entonces la pregunta se vuelve más interesante. Es un aspecto fundamental de la sexualidad masculina. Por un lado, la respuesta se relaciona con la fantasía como forma de recuperar la posibilidad. El deseo desprecia la efectividad y es línea de fuga.

Por otro lado, la cuestión tiene que ver con un punto específico de la masturbación masculina: el varón se masturba para tener el falo, y eso implica dejar de serlo. Dejar de ser el falo es una especie de traición (en la infancia, a la madre; en la adultez, a la pareja) y produce culpa, por eso la masturbación no tiene que ver con un acto “manual” sino que puede estar en diferentes actividades cotidianas (como perder el tiempo, usar mucho las redes sociales, etc.).

En la niñez es bastante claro: en determinado momento, el varón dice que “extraña” a su mamá. Eso quiere decir se masturba, porque ya no es su falo. Y eso produce culpa, por eso el niño no quiere quedarse solo a partir de ese momento. En el adulto ocurre lo mismo, por ejemplo, cuando dice: “¡Que pajero! Pasó todo el domingo y no hice nada”. Quizá hizo un montón de cosas, pero la culpa masturbatoria no entiende de meritocracia ni de justificaciones. Entonces: el niño traiciona a la madre, el varón adulto no tiene más remedio que traicionar a su esposa para masturbarse. A veces es masturbatoria una relación extra-marital; por ejemplo, en los tipos que pueden tener amantes y, por cierto, nunca van a dejar a sus mujeres.

Por eso los varones tienen mayor predisposición a la “piratería”. Porque son unos pajeros. Y en la masturbación la culpa por haber traicionado, se resuelve con otro hombre. Por eso los varones disfrutan de contarse sus aventuras con amantes. Es pura pantalla para el homoerotismo. Es otra idea freudiana: en la fantasía masturbatoria se recibe el golpe del padre como castigo (“Pegan a un niño”). “Soy un pajero” es una frase que expone el castigo paterno. El padre erotiza con su golpe. De este modo, el varón se masturba para ser seducido por el padre. Por eso los varones ven pornografía para masturbarse y no lo hacen pensando en sus esposas: porque al ver pornografía se identifican con la mujer seducida.

4.

La fantasía de separación es típica en muchas parejas. No quiere decir que quieran separarse, sino que pensarlo les permite estar juntos. Cuando ésta es la principal fantasía que une a dos personas, la pareja puede prolongarse una vida… con un costo grande para el erotismo. La fantasía de separación es una fantasía histérica que, como tal, une a muchas parejas insatisfechas. Así vuelve a introducirse el deseo en la relación, sólo que el histérico nunca quiere lo que desea, y si desea separarse… más se une, para que no pase nada.

5.

Si la fantasía de separación es histérica, ¿qué ocurre en el obsesivo? Respuesta: el obsesivo bien puede tener fantasías histéricas, de hecho eso es lo que hace posible su análisis. Quizá no exista la fantasía obsesiva, por el modo de relación de este tipo clínico con el deseo. En todo caso, al obsesivo (y respondo por el varón ya que la pregunta fue por éste) se le impone la separación a partir del deseo (que se divide entre términos excluyentes). Me explico: ante la situación de mirar a otra mujer (o acostarse, da igual) por su tipo de síntoma fundamental (la duda) el obsesivo piensa que tiene que separarse de su mujer porque ama a otra. El obsesivo es infiel por definición, es decir, por su deseo. Es algo típico: es el obsesivo varón quien ante la duda del deseo deja claves para ser descubierto y, por lo tanto, hace decidir al otro. El obsesivo infiel siempre deja pistas, o al revés: el varón que deja pistas innecesarias es un obsesivo.

6.

Hace un tiempo leí una nota que titulaba “Los varones son más torpes que las mujeres en la infidelidad”. Es una generalización inadecuada: son torpes los que se hacen descubrir, y eso tiene un fundamento psíquico propio en la neurosis obsesiva.

7.

En la relación entre un varón y una mujer, después de cierto tiempo, llega un momento en que el erotismo se detiene. De manera consciente suele decirse que ella se transformó en su madre, pero en el inconsciente se trata de lo contrario: se relaciona con el momento en que él comienza a ver los aspectos infantiles de ella (puede ser la relación tierna con su padre, que no pueda sustraerse a la demanda materna, la complicidad incestuosa con los hermanos, etc.). Es la historia de Cenicienta, que espera al Príncipe a pesar de la mirada envidiosa de las hermanas; o la de Blacanieves, exiliada por la competencia con la madrastra. Y así, porque los cuentos de hadas (desde los clásicos hasta Frozen) hablan de la endogamia femenina. Esta endogamia es deserotizante para un varón, porque conduce a una fantasía pedófila. Es lo que muestra la novela Lolita, de Nabokov, que desdobla lo femenino en esos dos términos: la mujer y la niña. La caída del erotismo es una defensa contra la posibilidad de convertirse en un pederasta. Por eso los varones suelen quejarse, y mucho, de las familias de sus mujeres. Atravesar esta fantasía es parte del erotismo de muchas parejas después de cierto momento. La idea difundida de que una mujer se puede convertir en la madre para un varón vela este otro aspecto. La mujer-madre es el retorno consciente de la represión de la fantasía de la mujer-niña.

8.

Una de las cosas más importantes para pensar el lazo de una pareja es cómo administran el dinero: lo comparten, forman un fondo común, cada uno tiene el suyo y distribuyen gastos, etc. Hay diversas opciones, que se podrían pensar desde variantes antropológicas, sociológicas, etc., pero también de la fantasía. La economía también es libidinal. Pienso en un caso típico (de la clínica y está en mil novelas y películas): el varón que se queja de los gastos de su mujer. No sólo en gastos personales, sino también de la casa: en el supermercado ella compra cosas que él no se permite. Ella compra un pan rico, él el más barato. No se trata de que él sea un obsesivo (puede serlo o no) sino que es un síntoma de pareja: él ahorra, ella gasta. Y podría ser al revés también, porque lo que importa es que en esa estructura uno hace pagar al otro: en este ejemplo, él paga gracias a ella, y al reprochárselo puede proyectar en ella la culpa (por su goce miserable, muchas veces incestuoso y relativo a privar a la familia que armó con esa mujer, quien tiene a su vez la culpa de haberlo arrancado del seno materno).

En el caso inverso, las mujeres que se quejan de los gastos de sus maridos, se juega otra cosa, no es simétrico: a veces el desamor, otras la herencia para los hijos, etc. El común denominador es que no se refiere esta queja a una culpa proyectada. Por eso las mujeres son más exogámicas que los hombres, aunque se diga lo contrario.

9.

Me entrevistaron para una revista de actualidad. Cuando escribo en circunstancias como ésta, me divierte dar respuestas burdas, torpemente taxativas y retrógradas. Si la verdad no se dice ridículamente, no es verdad. Porque la verdad es algo ridículo. Me preguntaron por el “poliamor”. Respondí que no sé qué es, pero que me interesa decir algo sobre la poligamia y la monogamia.

Esta última no es una restricción social. En nuestras sociedades es una condición psíquica. Es algo propio de las sociedades cuya filiación depende de la paternidad. Una mujer necesita apenas un marido (que puede ser otra mujer) para destituir el apellido de su padre. Por eso las mujeres son más fácilmente monógamas, y más fácilmente infieles: una mujer puede tener un marido para ponerle los cuernos, no es algo raro; mientras que entre las solteras no es corriente que salgan con varios sin fastidiarse después de cierto tiempo. Las excepciones confirman la regla: la identificación con el deseo del varón en la fantasía de seducción; la fantasía de prostituirse (que muchas veces es un modo de degradar al padre), etc. Por eso suele decirse (y quizá sea cierto) que las chicas de colegios católicos no son ningunas santas.

En el caso de los varones, en cambio, la monogamia tiene otra fuente: el amor materno. Mientras un varón le diga “mamá” en la infancia a una sola mujer, no tendremos verdaderos poligamos. Porque un varón no soporta más que el amor de una mujer. Y puede ser que para huir de ese amor insoportable se convierta en seductor, para competir con su padre, pero sobre todo con el de ellas (porque Don Juan es, ante todo, un ladrón de hijas; por eso se llama “robacunas” al tipo que sale con mujeres más jóvenes).

La poligamia, en nuestras sociedades, es una fantasía para escapar de la monogamia constitutiva. Todo esto es tan inexacto, pero tan verdadero al mismo tiempo.

 

 

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