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Nazareno Petrone y la infinidad de mundos dentro del fútbol

Por Federico Capobianco

El mejor de todos nuestros tiempos en la materia escribió, en el cuento Viejo con árbol, a través del mismo viejo: “[el fútbol] está muy emparentado con el arte. Muy emparentado”. Fontanarrosa planteaba así los diferentes, pero recíprocos, ángulos desde los cuáles mirar, sentir y vivir el fútbol: como pasión desbocada, como obra de arte, como estrategia ejercida o sufrida.

Cualquier amante de dicho deporte habla de él; se siente, con facultades o no, capaz de brindar un relato construido en sabiondas y concluyentes observaciones. Aún así, todos pueden hacerlo porque todos tienen motivos para hacerlo. La anterior reciprocidad de análisis se complementa con lo que Osvaldo Soriano –otro del club de los mejores- escribió en el último capítulo –que se publicó luego de su muerte- de Las memorias del Mister Peregrino Fernández, cuando Américo Tesorieri explicaba la forma de aprender sobre fútbol: “No basta ver jugar. Hay que estar en los nervios y el corazón de los jugadores y prever las amenazas de catástrofe para el arco”. Y si así fuera, cualquiera de nosotros que haya sentido en carne propia tanto el mal juego de su equipo favorito como las glorias o haya pateado una pelota en alguna canchita, puede decir que algo aprendió.

El libro El fulbito de los lunes y otros cuentos (Qeja, 2017), del escritor Nazareno Petrone, aparece dentro de la ficción futbolera con la virtud de saber hablar del tema, de plasmar en relatos breves el aprendizaje que puede tener un buen hincha de fútbol y un jugador amateur: celebrar y enaltecer los destellos para alumbrar ahí donde la miseria del deporte lo oscurece todo. El libro, además, llega conjuntamente con la creación de la editorial Qeja, que Petrone dirige, y que se dispone a ubicarse dentro del amable e interesante terreno de las editoriales independientes pero también en el complicado y centrífugo mercado literario.

El fulbito de los lunes…

Encarar de lleno la temática futbolera no es algo habitual. Puede contextualizar, pintar un escenario, etcétera, pero no suele plantearse como eje. Fueron pocos antes –como Fontanarrosa y Soriano- y son pocos hoy. Petrone es uno de ellos, y deja en claro sus porqués en la cita que inicia el libro, cita que no lleva firma porque no es necesaria, todos conocemos la palabra de Dios. Pero para brindar detalles, cuenta el autor que sus motivos son “principalmente mi pasión por el fútbol, el amor por la pelota, mi futbolista frustrado, el placer de jugarlo con amigos, Messi, el disfrute de pensarlo de diferentes formas y otras tantas respuestas que podría seguir enumerando relacionadas al deporte”. Aún así, el surtido de motivaciones no convierte al fútbol en algo fácil de interpretar: como un fenómeno sociocultural que incluye todo lo bueno y lo malo de nuestra sociedad, su difícil interpretación puede volver difícil su explicación y, mucho más aún, su escritura, aunque, retomando las palabras de Tesorieri, puede aprenderse sobre él si se cumplen ciertos requisitos: “No me resultó tan difícil –explica Petrone- porque es un mundo que conozco bastante. Desde chico miré mucho, siempre voy a la cancha, lo juego todas las semanas, entonces no hay tema que conozca más que ese. Además de eso, traté de no ponerme muchas limitaciones a la hora de escribir los microrelatos. Me hice un regalo que la gente no suele hacerse muy seguido: la libertad de que cualquier idea podía tener un lugar.”

Dentro de la ficción futbolera parecería ser que, a diferencia de aquellas que solo abarcan el costado pasional del deporte, el humor es el único género que brinda las herramientas para abarcar al fútbol en su totalidad, con sus luces y, fundamentalmente, sus sombras. Reírse de es la única forma de exponerlo por completo, sin el humor se leería un ensayo que, a veces, puede ser puro sopor. Pero bien se sabe que decir a través del humor es una tarea compleja, que hay que manejarlo con cuidado para no excederse ni salirse de lo que realmente se quiere escribir. Para Petrone, “en el humor uno puede decir todo, más allá de la policía moral que tanto anda dando vueltas por estas épocas. Como decía, traté de no limitarme, aprovechar el humor para tratar todos los temas que quisiera. Me dio un margen muy amplio, flexible. Además, el lugar común de la pasión (que uso y disfruto) no creo que sea lo único del deporte, ni lo más importante. O sí, pero no la competencia de a ver quién es más pasional. Creo que la pasión pasa más por conectarte, como pasa al leer un buen libro. Olvidarte todo lo que pasa afuera, no exagerar lágrimas para que te enfoque la tele. Descubrir la infinidad de mundos dentro de ese mundo.”

El fulbito de los lunes inicia con el cuento homónimo con el que Petrone logra exponer lo que significa escribir un libro: su conocimiento del tema, su sentimiento, su análisis, su opinión, su relajación, su disfrute, todo está ahí, demostrando que el fútbol además de ser algo que manifiesta realidades ajenas e inalcanzables es también aquellas que se presentan en un contexto propio y cotidiano. Demuestra el autor, además, que es un terreno que le sienta cómodo y que le permite desplegar creatividad e imaginación. Durante 95 minutos, un relato por minuto -90 de tiempo reglamentario más 5 de adición- Petrone mete desde goles al ángulo hasta patadas criminales al pecho, con pases cortos, lujos y alguna que otra escupida en el medio: “El formato apareció primero –cuenta-, venía de leer Caza de conejos de Mario Levrero y me había parecido una genialidad. Y como pasa con todo lo que te gusta, también te influye, te inspira, te dan ganas de aunque sea acercarte. Mientras viajaba en un micro a Montevideo se me ocurrió un pequeño relato, dos, tres, y en un rato ya tenía varios y pensé que podía hacer algo. Después me di cuenta que encajaba de forma conceptual con los minutos del fútbol y tuve que hacer 90 (al final fueron 95).”

Qeja Ediciones

Nazareno Petrone es también Director de Qeja, la editorial que desde la segunda mitad del 2017 nació para sumarse al diverso grupo de editoriales independientes de nuestro país que apelan más a la calidad que a la cantidad, a lograr un buen catálogo y a hacerlo con las herramientas disponibles y el arduo trabajo que significa hacer todo solos. En palabras de Petrone: “Qeja surge porque hoy las ideas se pueden llevar a cabo con relativa facilidad. Tomamos como punto de partida lo que hacen las bandas de música con los sellos independientes. Saltean a las grandes productoras para hacer ese trabajo ellos mismos. Sin dejar de lado nuestra prioridad que es escribir, nos pudimos meter de lleno en todo lo que gira alrededor del libro. De a poco vamos aprendiendo todas sus etapas, desde la producción hasta la venta. Apuntar a ser una gran cadena nos parece utópico, no es la idea. Lo que sí queremos es tener un buen producto”.

El rol de las editoriales independientes es importante en el ámbito literario porque sus producciones no tienen lugar en las grandes editoriales, lo que da vida a un sinfín de obras de un sinfín de autores interesantes que, por no ser grandes productos del marketing, quedarían fuera del espectro de la gran industrial literaria. Sin embargo el contexto se presenta adverso en la cuestión financiera del sector: con la ausente intervención estatal, el mercado se torna desigual y en beneficio de los grandes, los costos se elevan y los ingresos no convierten a la actividad en redituable. Es así que, cuando los aspectos económicos no son prioridad por imposibles, lo que escala a la cima son los intereses culturales e intelectuales, quizás motores más loables y que mueven también a Qeja: “Básicamente porque nos gusta leer y escribir, entonces, si podemos aportar algo al rubro, por qué no hacerlo. Ojalá podamos publicar muchos buenos libros, conocer gente y nunca dejar de leer ni de escribir.”

El fulbito de los lunes y otros cuentos
Nazareno Petrone
Qeja, 2017
132 páginas

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