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La década cosechada: a 10 años de la 125

Por Federico Capobianco

I.

Cuando el 17 de julio del 2008 el entonces Vicepresidente Julio Cobos habló y anticipó su voto negativo a la 125 con “que la historia me juzgue” quizás no imaginó la cantidad de títulos que le valdrían, de forma fugaz -porque su figura fue fugaz- pero intensa: de pacificador social a traidor; de respetuoso de la función pública y la institucionalidad a irrespetuoso del cargo ocupado -lo mismo que traidor pero dicho por otros funcionarios-; y, quizás la menos presente pero no menos importante, de rescatar al histórico sector productivo nacional del atosigamiento estatal a perpetuar el orden de acumulación burguesa en un país de escasa redistribución de la riqueza.

Lo que Martín Lousteau como Ministro de Economía anunció el 11 de marzo del 2008 en la 125 no era la revolución agraria que tanto exigían los bajos sectores agrarios del NOA sin siquiera acceso al agua. Tampoco hay que exagerar la interpretación del primer párrafo. Lo que sí anunciaba era la intervención estatal sobre la excesiva ganancia que el sector sojero de la zona pampeana venía experimentando -con 430 dólares la tonelada- a través del impuesto de retenciones móviles. Además, debido a la tecnología aplicada en semillas de soja esa zona se venía expandiendo lo que significaba mayores ganancias. El objetivo es simple: redistribuir de forma poco más equitativa la riqueza de un Estado.

Es cierto, la medida podría haberse pensado mejor y haber establecido diferenciaciones para con los pequeños y medianos productores a quienes la transformación del proyecto en ley complicaría excesivamente. Pero aunque se haya pensado de antemano ir contra esas relaciones de fuerza internas del sector, éste hubiera estallado igual. Es historia conocida que la regulación que mejor le sentó al campo fue la que inició el gobierno militar del ´76 y profundizó el menemato con una liberalización profunda: disolución de entes destinados al control de comercios y precios del mercado interno; eliminación de impuestos –retenciones-; liberalización del mercado con rebaja de aranceles a la importación de insumos. Aunque durante los ´90 haya habido medidas que lo afectaron indirectamente, como privatización de rutas y cierres de ferrocarriles, éstas terminaron profundizando lo que iniciaron las primeras: el perjuicio al pequeño y mediano productor.

II.

Sería interesante ahora centrarnos en el sector, que podríamos agrupar bajo el concepto de chacarero. En un estudio sobre la conformación del agro nacional, el historiador Waldo Ansaldi explica que nunca pudo encontrarse una definición común, que puede definirse, a la vez y de forma contradictoria, como “empresarios capitalistas con una acusado carácter pequeño-burgués en sus orientaciones políticas, o bien como burguesía agraria frustrada, aliada menor y subordinada de la gama de intereses presididos por los terratenientes, situación que le impide constituirse como burguesía conquistadora.”

En el 2008, las cuatro representaciones fuertes fueron la Sociedad Rural, la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (CONINAGRO), Confederaciones Rurales Argentinas y Federación Agraria Argentina. Que estas agrupaciones representan distintos niveles es conocido y todos vimos quién tenía los bueyes más fuertes.

Hay que reconocerles, sin embargo, un proceder innato: a principios de siglo XX fue la lucha contra las trabas productivas lo que definió a los chacareros como clase, es decir, la lucha a favor de la acumulación capitalista forjó su identidad y sus atributos. La diferencia es que en aquellos años -1910- el enfrentamiento era contra los terratenientes y empresarios colonizadores –quienes traían inmigrantes a formar las colonias agrarias-, y esa lucha les permitió disminuir canon de arrendamiento, aumentar la tierra destinada a huerta familiar, incluso lograr la acumulación en dinero –antes la renta era en producto- necesaria para pasar a ser propietarios. Casi un siglo después no cambió el motivo de lucha, sí cambió su actor y su concepto de acumulación.

III.

Ahora bien, en las manifestaciones y cortes de ruta de aquel 2008 agitado no eran todos chacareros –todos tenemos amigos que hasta sin siquiera una maceta propia iban a las marchas- y desmembrar esos grupos puede ser útil.

Se puede retomar, aunque acá no valga ni un ápice, las características que posee un conflicto étnico: los dos aspectos fundamentales son, por un lado, definirse, y, la otra, lograr la adhesión externa a esa identidad para asegurarse la fuerza del número, principalmente remarcando las características negativas del adversario para diferenciarse. Ésta búsqueda de representación consiguió con efectivo resultado la adhesión de todo un sector que ya veía con malos ojos al kirchnerismo, sean sectores de derecha, liberales o incluso de izquierda –teléfono Vilma Ripoll. El conflicto con el campo puede haber sido una simple excusa para manifestarse o la puerta de entrada a un antikircherismo más acérrimo que hoy es mayoría según los resultados de las últimas elecciones.

Pero hay otro grupo que tiene un trasfondo más profundo relacionado con los intereses de clase: el trabajador rural. Retomando a Waldo Ansaldi: “los chacareros son una clase social específica del capitalismo agrario argentino, utilizan más y mejor tecnología, compran fuerza de trabajo asalariada y, sobre todo, acumulan capital”. ¿Cómo es posible entonces que quienes venden su fuerza de trabajo marchen compartiendo intereses con quienes compran tal fuerza y acumulan capital a costa de ellos?

Es mediante el conflicto que las clases sociales se conforman. De forma más tajante que los conflictos étnicos, los integrantes se reconocen como parte de una clase por el lugar que ocupan en la sociedad, de la solidaridad de intereses y la práctica por lograrlos. Pero es necesario la relación con otras clases para que el principio de identidad tenga sentido por lo que es también el principio de oposición lo que la define. Pero hay una diferencia que Ansaldi deja en claro “no pueden confundirse los planos: una cosa es la lógica de la acción chacarera a través de su asociación de intereses, y otra la lógica de las relaciones sociales.”

El conflicto entre patrón y peón con respecto a la extensión de la jornada, la informalidad y el monto del salario es tan viejo como la constitución de una clase chacarera, pero también es viejo que esa relación mercantil, ubicada en una zona lejana a la presencia burocrática del Estado, se diluye frente al paternalismo. De ahí la coincidencia en la lucha.

IV.

La necesidad de adhesión se hizo carne desde los inicios: “Todos somos el campo” fue el lema utilizado. Claro está: no somos todos el campo. Ese ideario absurdo de la patria agroexportadora sentó las bases para que hoy se acepte sin resquemores el lobby devaluativo por parte de la alta burguesía agraria mientras duermen soja en silo bolsa a la vera de las rutas. La década ganada fue efectivamente de ellos.

Este año serán 10 años del conflicto que incluyó dos paros agropecuarios suspendiendo la comercialización de granos y que fue acompañado por cortes totales de ruta que se concentraron en el área pampeana, que incluyó la tirada de cisternas completas de leche, el cierre de paso a ambulancias y el deliberado desabastecimiento de alimentos –su principal arma de cortísimo plazo- en los principales centros urbanos del país. Son 10 años del primer gran conflicto económico de peso que tuvo el kirchnerismo que terminó afectando por completo las ideologías populares y terminó confundiéndonos a todos con una grieta que empezaba a abrirse y nos empujaba a ubicarnos a algún lado de ella cuando, en realidad, nos estaba engullendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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