Blog

Mi corazón

Por Bernabé De Vinsenci | Ilustración: John Holcroft

Por esos días tenía mucha tos, peor que la de un tuberculoso (no sé si en verdad los tuberculosos tosían, pero mi padre solía decir “se hacen los tuberculosos y ni tos tienen”), o peor que la tos de perro; la tos de perro, a decir verdad, es inigualable, seca y tenaz y moribunda. No sé cómo sucedió, quizás sea el único humano de todos los tiempos, de la humanidad entera, al que le sucedió. Por esos días, vale decir, fumaba casi tres atado diarios de cigarrillos, o cuatro, eran tantos los cigarrillos que fumaba que perdí la cuenta. Todos me veían toser y fumar y me decían “estás entabacado”, “te vas a morir”, “dejá de fumar” y yo, pese a los dichos por el bien de mi salud, seguía fumando empecinadamente. Me acosté la siesta, cerca de la una. Hacía mucho calor, tanto que estaba bañado en sudor: la espalda y los pelos mojados. Soñé con un chico mongólico de cuando vivía en el orfanato. Fue un sueño extraño, extraño por la sensación de que, una vez más, volvía al orfanato. Desperté, por suerte; digo “por suerte” porque salí de la pesadilla y el orfanato era cosa del pasado. Fui al baño y cuando volví me recosté mirando el cielo raso, aburrido y tedioso de todo. De pronto comencé a toser. Tosía y tosía como un perro, como nunca antes, como si los pulmones bregaran por escaparse. Me puse morado como una berenjena, después rojo como la sangre. Me llevé las manos al pecho. Sentí que algo, no sé qué, adentro mío, se rompió: crack o crick, hizo. Fue una sensación de desprendimiento. Los pulmones, pensé. Pero respiraba, no podía ser, me dije. Tenía los ojos como huevos de tanto toser. Me vinieron ganas de vomitar. Fui al baño y nada, apenas dos o tres arcadas. Volví a recostarme. Y otra vez la tos. Tos de perro. Sentí que algo salía de mi garganta y que me causaba mucho pero mucho dolor. Me tomé el cuello y lo noté inflamado, más ancho de lo común. Sentí que me moría. Lo pensé, incluso. Poco a poco lo que salía de mi cuerpo llegó hasta mi boca. No quería morderlo. Abrí la boca grande, pero tan grande que se me dislocaron los huesos de la mandíbula. Por fin vomité. Era como una placenta, pero me dije que la placenta solo la tienen las mujeres. Era rojo y deforme y latía. Me negaba a decir que eso había salido de mi cuerpo. ¿Cómo podía ser eso parte de mi cuerpo? ¿Era posible, acaso? Me negué a decir que eso era parte de mi cuerpo hasta que me habló. Ey, hijo de puta, me dijo. Creí que había tenido un brote psicótico y comencé a mirar para todos lados buscando a la persona que me hablaba. Acá, volvió a decir la voz. ¿Quién mierda sos?, dije y pensé: lo único que falta, a mis veinticuatro años escuchando voces. ¿Sos ciego o te hacés el pelotudo? Soy tu corazón, dijo una vez más la voz. Agarré eso que era mi corazón, que suponía que era mi corazón (porque más que por fotos nunca vi un corazón real) y me lo puse en el oído. Hijo de putaaaaaaaaa, me aturdió, todas las que me hiciste. ¿Cómo mierda hablás?, le dije, ahora, entendiendo y convencido de que era mi corazón. ¿Y vos cómo mierda hablás, tirano?, me respondió. ¿Tirano?, pensé. ¿Por qué me decís tirano? Ja, ja, ja, se rió mi corazón; y dijo: todas las que me hiciste pasar con esa loquita, sos peor que Hitler, tirano. ¿Qué loquita?, pregunté. La Luciana, quién mierda va a ser. ¿Y vos qué mierda sabés?, dije. Yo sufrí, tirano, sufrí mucho por esa loquita, casi me hacés agarrar arritmia. Lo agarré con las dos manos y lo apreté, sentí un profundo dolor en el pecho. Mi corazón gritó: ves que sos un tirano. Yo también sufrí, dije. Sufriste porque quisiste, porque se te puso en la cabeza esa loquita y no otra, y yo me tuve que comer toda tu cursilería y después, lo peor de todo, te arrepentiste. Lo miré fijo y vi que latía despacio. Qué bien se siente fuera de tu cuerpo, añadió, unas vacaciones no me vienen mal. Lo volví a agarrar y lo apreté y volví a sentir un profundo dolor en el pecho. Desistí. No se supone que mi cerebro es el que maneja mi corazón, pregunté. No, no, no, no me vengas con boludeces, tirano, en vos pasa todo lo contrario, yo, tu corazón, manejo los sentimientos de tu cerebro, dijo. Mirá, no me jodas, porque todos mis sentimientos pasaron siempre por mi corazón, es decir, por vos, dije, así que sos responsable. No, cabeza hueca, ya te dije que en vos funciona al revés. ¿Y qué cosas te dolieron que hice yo?, le pregunté. Cuando te dejó la loquita, sufriste como un maricón y todas tus penas, todas, fueron a parar a mí, y lo peor de todo, tiranito, es que ahora estás arrepentido. Mirá, dije, a mí no me vengas con la culpa, yo no te elegí a vos y vos no me elegiste a mí, así que lo mejor será que nos llevemos bien. A ver, tiranito, yo voy a morir afuera de vos y si yo muero, vos, por lo tanto, también te vas morir, dijo y rió. Dame una oportunidad, casi rogándoselo. No. Dale. No, te digo que no. No seas forro. No, tirano. Hagamos una cosa, yo no me enamoro más, te dejo en paz y vos me dejás vivir, ¿estamos?, dije. Dale, respondió. ¿Y cómo tengo que hacer para que vuelvas a mi cuerpo? Comerme. ¿Cómo?, dije, sorprendido. Claro, tirano, me salteás con una cebolla, un morrón y un ajo y yo vuelvo a ser parte de tu cuerpo, dijo, es casi mágico. Le hice caso. Mi corazón salió sabrosísimo. Cada bocado que comía era un dolor en el pecho. Yo pensé que así mi corazón podía volver a mi cuerpo. Fui crédulo con él. Comí la mitad. Luego me desvanecí, atorado con mi propio corazón. Siempre vas a ser un tirano, fue lo último que me dijo y dejó de hablar. Como yo.

 

 

Etiquetas: , ,

Comentarios

Comments are closed.

JIF Diseño y Comunicación