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Los silencios del polaco

Por Isabelle R | Ilustración: Sandra Chevrier

Ahora veníamos los jóvenes. Por dos razones: porque eran más de las once y por Julián, el profesor. Él trajo a los pibes al tango, decían en la barra. Sólo sé que el club de fans de Julián alcanzaba para llenar el Desireé y el bar de al lado.

En el Desireé la música, la gente y los tragos eran siempre los mismos. Hoy había un poco más de gente que lo normal. Turistas, dice George. George atendía en la barra desde que el Desireé era Desireé. Antes se llamaba Mónaco, solo vendían birra y las cortinas eran rojas. George era Jorge y manejaba un taxi. Por suerte, eso ya pasó.

Alguien me tocó el brazo. Era un tipo de pelo corto. Me miraba a la cara pero no a los ojos. ¿Querés bailar?, le dije. Asintió sin hacer una facción mas de la necesaria. Me reí y lo llevé a la pista pensando si tenía idea de que el Desireé era la mejor tanguería de todas y que, después de Rita y Marcela, yo era la que mejor bailaba ahí. Me puso la mano en la mitad de mi espalda y me agarró un escalofrio. Me guiaba para armar el primer corte. Sabía. Me miraba fijo pero sus ojos no me veían, sólo me reflejaban. Parecía como si recordara los pasos de memoria. Una memoria más allá de su edad y su país porque ese rubio no era de acá. Bailamos una hora seguida. Para ese momento tenía el vestido arrugado, las medias pegadas y la bombacha mojada. No dijo una palabra. Solo su cuerpo guiándome como si fuera una muñeca. Su muñeca.

El Desireé cerró a las 2.45 como cada sábado. Esta vez me quedé hasta que apagaron la luz. No hablamos. Al principio intenté pero me di cuenta que era inútil. No sabía español. Su cuerpo era su idioma. En la pista y en la cama. Sus manos me dibujaban. Me expresaban. Me descifraban. Cuando acabó fue el único momento en que cerró los ojos. Fueron unos parpadeos para después seguir mirando a la nada. Mi nada. Se fue con el sol. Me dio un beso con gusto alcohol. Vi su pasaporte, era de Polonia.

Con el polaco hacía tres cosas: bailar, tomar y amar. No reía. No lloraba. Sus ojos siempre miraban más allá como si siguieran instrucciones invisibles. Por primera vez no me importó. Con el polaco el silencio era cómodo, como un jogging gastado.

Llegaba a la medianoche. Sin hacer ruido. Me daba un beso, tomaba tres shots y después pasábamos a la cama. Que no era cama, ni campo de guerra. Era un lugar limpio y suave como la piel del polaco. Vacío. Robusto. Parecía un baile. Estábamos fuera del tiempo y del espacio. Sentía al polaco adentro y afuera de mi. Su no olor, su mirada perdida, sus manos. Cuando terminaba, le chupaba los dedos y lo abrazaba. Ese silencio era todo lo que teníamos. Se iba con las primeras luces del alba.  

La última noche que vino trajo una botella de vodka y una margarita. Dejó todo en la mesa y me miró con esa cara pálida y blanca. Me desnudó como si fuera una obra de arte. Su lengua escribía palabras en mi cuerpo. Traté de responderle. El polaco no tenía olor. Su sabor era a mar. En un momento lloré. No se porqué pero lloré. Él me dio un beso. Estoy segura que cuando me besó antes de irse no cerró los ojos.

Son las doce, agarro la botella y me sirvo un shot. Levanto la copa en el aire. La tomo en silencio. Imagino que el polaco donde esté hará lo mismo.

Serie Mojada

 

 

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