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Sarmienstein

Por Diego Fernández Pais

(Texto leído por Diego Fernández Pais el día 24/10/2017 durante la presentación del libro La mala educación, de Helena Rovner y Eugenio Monjeau, en la Biblioteca Córdoba de, precisamente, la ciudad de Córdoba.)

 

A Eugenio Monjeau –de ahora en adelante: Monyó–lo conocí por las redes sociales a principios de 2013 y ya desde entonces había librado una guerra solitaria contra el kirchnerismo. Recuerdo que fue por la época en que eligieron Papa a Francisco y, mientras los adictos al gobierno de turno todavía lo identificaban con el Cardenal Bergoglio, quien tan aborrecido fuera por el difunto Néstor Kirchner, él ya se anticipaba a la gestión populista que viene llevando a cabo.

A diferencia de muchos otros exponentes de la clase culta a la que tan bien representa –Monyó es un egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires–, nunca se dejó seducir por la retórica falsamente progresista de los K, así como tampoco nunca dejó de recordar las raíces nacionalistas y católicas del montonerismo.

Y esto porque Monyó es, sobre todo, un liberal coherente, consecuente y bien formado. Aunque cursa la carrera de Filosofía en Puán, más que a Hegel, Nietzsche, Freud y Marx, leyó muy bien a Karl Popper y a Guy Sorman: del segundo se podría decir que heredó la ironía y del primero el talento para titular. También recuerdo que en alguna oportunidad coincidimos en que ojalá que el siglo XXI se parezca más al XIX que al XX, porque este último fue un siglo eminentemente antiliberal.

Poco tiempo más tarde a través suyo conocí a Luis Thonis, quizás el próximo mito de la literatura argentina, y entonces, además del ideólogo, se me reveló otro Monyó, probablemente el que más me interesa: el literato Monyó, lector de Jeffrey Eugenides y de Marcel Proust, sobre todo de Proust. Sucede que, como buen escritor que es, tema que toca Monyó lo convierte en un objeto interesante, sin importar que a priori no aparezca como una materia atractiva.

Como algo ya habrán podido intuir, Monyó aspira a encarnar la figura del intelectual del siglo XIX, un intelectual generalista, diletante, al que ningún aspecto de la realidad le resulta completamente ajeno. Hijo del prestigioso crítico musical Federico Monjeau, a quien Fogwill le dedicara uno de sus más musicales poemas, titulado “Contra el cristal de la pecera de acuario”, seguramente más fácil le fue abrirse camino en ese ámbito, aún cuando no careciera de méritos. El Monyó crítico musical también es alucinante, y no me importa que escriba o hable sobre Talking Heads o Chamamé, una vez que lo hace el objeto de estudio desaparece y su espíritu melómano acapara el protagonismo, rompe nuestros prejuicios y nos contagia las ganas de escucharlo todo. Una vez más: todo.    

Helena Rovner y Eugenio Monjeau

Algo similar me sucede con el asunto por el que nos reunimos hoy, el primer libro de Monyó, escrito a cuatro manos con Helena Rovner y que se titula La mala educación (¿Qué pasó con la escuela en la Argentina?). La educación, más allá de la sentimental, no es un tema sobre el que a mí me interesaría escribir, pero el periodista Monyó, apelando a las mejores técnicas del ensayo y la no-ficción, agarra un cúmulo de datos duros que seguramente le aporta Rovner y lo convierte en algo sumamente didáctico y entretenido.

Por empezar, la tapa o portada: un Sarmiento devenido en Frankenstein. La primera tesis de la dupla Rovner-Monyó es precisamente ésa: al gran inventor de la educación argentina, Domingo Faustino Sarmiento, el invento no sólo se le fue de las manos sino que encima se le volvió en contra. Sin embargo, hay un punto en el que disiento con ellos, que ven como algo muy negativo que el revisionismo haya convertido a Sarmiento en el malo de la película. Yo lo veo como algo verdaderamente positivo, los malos siempre fueron mis personajes preferidos; creo que, en la era de los anti-héroes, por fin llegó la edad de oro del autor del Facundo.  

De mis tres autores preferidos de la literatura argentina (Domingo Faustino Sarmiento, Jorge Luis Borges e Ignacio Braulio Anzoátegui), seguramente hay dos que comparto con Monyó. Al otro estoy convencido de que lo detesta. Pero Anzoátegui, además de nazi, fue el mejor propagandista de Sarmiento. Si bien dijo sobre él que era: “El niño que nunca faltó a clase y el hombre que nunca tuvo clase“, no escatimó elogios a la hora de hablar de sus cualidades espirituales, su estilo como escritor y su temperamento guerrero. Alguna vez incluso dijo que a Sarmiento: “Ni la política ni la literatura consiguieron ganarle. La política era demasiado mañera para que le gustara y la literatura demasiado zonza para que le preocupara“, sentencia esta última que también le cabe a Monyó, sin que para mí exista mayor elogio.

Son precisamente los críticos reaccionarios de Sarmiento los que este segundo revisionismo intentó borrar y los que el libro que hoy nos convoca viene a resucitar. Porque la idea de Sarmiento sobre la educación popular, que debía ser impartida, sin distinciones, tanto a varones como a mujeres, fue de verdad revolucionaria para el siglo XIX, muy resistida por los conservadores de la época, progresista en el mejor sentido de la palabra.

Adentrándonos ya de lleno en el libro, luego de un prólogo esclarecedor, en el que los autores comentan: 1) cómo surgió el libro –esto es: a raíz de una toma del Nacional Buenos Aires– y 2) cómo lo escribieron –esto es: a través de un intercambio de mails y recopilando artículos publicados principalmente en el blog Los trabajos prácticos–, los tres primeros capítulos, cuyos hilarantes títulos son: “La razón en la noche de ignorancia”, “Tu diagnóstico” y “La educación abierta y sus enemigos” respectivamente, abordan sobre todo el problema de la escuela, tanto primaria como secundaria. Cada capítulo, a su vez, nos ofrece un anexo que en la mayoría de los casos funciona como la frutilla del postre, al menos para mí los momentos más oxigenantes del texto.

Básicamente, la estrategia de abordaje de la cuestión para la dupla Rovner-Monyó es la de, cual Mafalda del nuevo milenio (recordemos que Monyó es devoto de humoristas gráficos como Quino y Landrú), replegarse sobre el sentido común y limitarse a describir las cosas como son, intentando que el juicio (a veces irónico, otras más bien indignante) se vaya formando solo, deductiva y democráticamente, hasta diría que sin forzarlo. En tal sentido, resultan elocuentes dos momentos del libro. Primero, cuando hablan sobre la película Secuestro y muerte de Rafael Filippelli y concluyen que: “Si sale de Secuestro y muerte pensando que Rafael Filippelli es un gorila, el gorila es usted“. Y la otra es cuando se acogen al sabio consejo de John Searle o, como diría Sarmiento, Se-ar-lé: “La lección que debemos sacar del affaire Sokal es que la exposición de lo absurdo es tan efectiva y, de hecho, desde el punto retórico, a veces incluso más efectiva que su refutación directa“.

Eugenio Monjeau y Diego Fernández Pais

Yo diría que la idea que late a lo largo de toda La mala educación es la de que el progresismo es un gesto pequeñoburgués. Y las conclusiones son varias: 1) que los índices en materia de educación nunca habían empeorado hasta que llegó el menemismo; 2) que los funcionarios vinculados al ministerio de Educación del menemismo se reciclaron durante el kirchnerismo; 3) que los datos de deserción escolar no paran de aumentar desde entonces; 4) que la calidad educativa decae; 5) que hay prejuicios ideológicos que contribuyen al deterioro, como el temor a las evaluaciones internacionales, a la meritocracia, a las jerarquizaciones y a la formación para la inserción al mercado laboral; 6) que hay pereza o mala fe para recopilar información confiable; 7) que la migración de la escuela pública a la privada por parte de la clase media creció a la par de la inflación y de la hipocresía en el discurso; 8) que si bien la inversión en educación fue más grande durante el kirchnerismo, ese incremento no fue del 6% sino del 4,8% del PBI y que no se vio reflejado con mejorías a través de cifras concretas en términos de calidad educativa; 9) que entre las buenas intenciones y el pragmatismo de Alfonsín ganó este último; 10) que el discurso progresista entendido a la manera K está enquistado en todas las carreras de grado y posgrado que forman a los futuros burócratas de esa cartera del Estado, 11) que el modelo educativo a seguir es el de Finlandia y 12) que si le hacemos caso a ese discurso sobre educación pública y seguimos formando para el crecimiento espiritual y no para el más tangible rédito económico la brecha entre pobres y ricos se seguirá expandiendo, toda vez que las universidades privadas, a las que unos pocos privilegiados acceden, tienen menos pruritos y pretensiones morales, o mejor dicho: no suelen considerarse moralmente superiores a nadie.   

Como hace poco escribió en Facebook el español Raúl Ascaso Badenas: “Los auténticos valores populares son los llamados ‘conservadores’, mientras que los auténticos valores elitistas son los llamados ‘progresistas’. La moral ‘conservadora’ es la que te permite sobrevivir en un entorno hostil; la moral ‘progresista’ es aquella que sólo pueden permitirse practicar quienes viven entre algodones: el tipo de juego o experimento que sólo tienen el lujo de disfrutar los que cuentan con tiempo y dinero suficiente para que ese continuo ensayo y error no merme gravemente sus expectativas y/o necesidades vitales. Las personas de escasos recursos tienen que ir a lo seguro; carecen del privilegio consistente en imaginar mundos ideales y dedicarse a moldear las mentes de las masas para que les sigan hacia un más que probable fracaso y decepción“.

Recomiendo especialmente el anexo al capítulo 3: “La carta robada. Monyó en el huevo de la serpiente”, el único trabajo de ficción que hay en el libro, nota al pie de “La educación abierta y sus enemigos”, donde desnudan que “suelen ser los padres de los sectores menos favorecidos económicamente quienes más se preocupan porque sus hijos se orienten a carreras con más y mejores opciones de empleo, y probablemente el progresismo educativo haría bien en escucharlos“.

La otra parte del libro, compuesta por los capítulos “Esbozo para una teoría política de la Universidad de Buenos Aires” y “Si nos organizamos, incluimos a todos”, es todavía más dinámica que la anterior, se ocupa principalmente de la educación superior y del Colegio Nacional de Buenos Aires (por encontrarse éste bajo la órbita de la UBA) e incluye una brillante historia abreviada de la educación en la Argentina.

De esta parte, me gustaron mucho sus disquisiciones en torno a que si la democracia y su principio básico de “un voto, un hombre” también es el modelo ideal de gobierno para una universidad, el análisis sesudo de la destrucción del contrato de la educación pública en América Latina denunciado por el economista mexicano Luis Felipe López-Calva y el hallazgo de algunas frases geniales, como ser: “La historia no se repite, tartamudea” o “Por qué tomamos“.

Portada del libro “La mala educación”

Precisamente, los autores se ocupan con irreverencia de las tomas del Nacional Buenos Aires por parte de padres e hijos y lo cierran con una pregunta incómoda: ¿hay algo más patético que esa suerte de incesto ideológico? Sin duda que los tiempos de Ricardo Rojas, cuando la escuela debía rescatar a los jóvenes del aparato reaccionario de la familia, quedaron muy lejos.

En “Primero lo segundo”, otro apartado excelente, dicen: “En el contexto del estado de la educación pública argentina, los reclamos por la universidad son algo exótico. Exótico por lo inexplicables, no –lamentablemente por lo inusuales. Nadie ataca a la universidad pública, nadie la quiere cerrar. Lo cierto es que mientras no mejoren los indicadores de la secundaria, hasta que no crezcan los niveles de egreso del ciclo completo, no decrezca la repitencia, nos vaya mejor en las pruebas internacionales, la universidad será esencialmente elitista“.

El anexo al capítulo 4, titulado “Apocalipsis Now: la Facultad de Filosofía y Letras” probablemente sea lo mejor del libro, y el anexo al capítulo 5, que se titula “La buena reforma”, probablemente sea lo más justo. Allí se lo critica duramente a Iván Petrella, cara visible de Cambiemos en lo referente a educación, y se barre con el mito de que los presidentes con doctorado en universidades del primer mundo son más democráticos que los legos.

Monyó estudió en el Nacional Buenos Aires, pero casi todo el libro se dedica a atacar el paternalismo moral que sus alumnos ejercen por sobre los de los demás colegios. Nunca abandonó la educación pública, sin embargo no le tiembla el pulso a la hora de señalar la decadencia en la que se encuentra inmersa. Estudia Filosofía, quizás la carrera con menos salida laboral del planeta, pero pide que se eduque para insertar en el mercado. En definitiva, parece que escribiera contra sí mismo en un acto de extrema generosidad.

Para finalizar, me gustaría hacerle algunos reproches:

1) Que no haya ninguna referencia a las Cátedras Nacionales, creadas tras la intervención de Onganía a la UBA y verdadero huevo de la serpiente del pensamiento corporativista.

2) Que tampoco se diga nada sobre las intentonas privatizadoras de López Murphy.

3) Que no se hable de la relación de este gobierno con la figura de Sarmiento, y allí, además de la desaparición de la cara de los próceres de los nuevos billetes, entrarían los mezquinos ataques del escritor oficialista Federico Andahazi al padre del aula.            

 

La mala educación
Helena Rovner y Eugenio Monjeau
Sudamericana, 2017
272 páginas

 

 

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