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Cuatro cuentos para no perder la memoria

Ilustraciones: César Magnone

 

Digo 30.000 | Por Diego Abragiano

Primero escuchamos los ruidos. Ruidos lejanos, casi imperceptibles, que a nosotros ni siquiera nos molestaban para dormir. Fue por entonces cuando nos enteramos de que empezaron las ausencias. Uno faltó al colegio, otra faltó a la hora de la cena. Quedaban pupitres vacíos, platos sin tocar. Faltaban al trabajo en la fábrica, al ensayo con la banda de rock. Y mientras tanto, aquellos ruidos iban creciendo. Alguno faltaba al taller de teatro, a la cita con la novia, al turno con el dentista. Faltó el profesor a la Facultad. Y los ruidos ya estaban en nuestra casa, lo sentíamos detrás del ropero y bajo la mesa de luz. Supimos de alguien que no estuvo para acunar al hijo que lloraba, para la última despedida al abuelo, para el saludo de cumpleaños a la madre. Faltaban y faltaban. Entonces sentimos que el ruido se nos había metido adentro. Se percibía claramente en ese breve lapso que hay entre dos latidos del corazón. Algo en todos nosotros cambiaba de forma y de textura. Algo de lo que nos constituye como humanos perdía para siempre su suavidad y su transparencia para fraguar como un cemento. Para hacerse duro y áspero. Pesado de llevar. Como un cascote en el alma.

El arte de la dictadura

Sosegada dicción | Por Tamara Roldán

Dice una canción que cuando duele, nunca se olvida. Debe ser por eso que tu recuerdo sigue intacto en mi memoria. Aunque inexorables y punzantes se presentan las escenas del dolor, es tu presencia murmurante la que me invade de paz cuando te encuentro. Difícil, hasta diría imposible, es desterrar todo el dolor con el que convivo desde que te quitaron de mi vida. Y me arrebataron la mía.

Recuerdo ese miércoles de mayo y no sabes cuánto me duele. Habíamos terminado de almorzar sin sospechar que sería nuestro último instante grato en esa casa, donde convivíamos con Inés y Julián. Me senté en una de las sillas, así trenzabas el lacio que aún conservo, mientras los compañeros preparaban el traslado de documentos para la organización. Tan solo un instante después, oímos el sonido de frenos clavados en la calle. Puertas de autos que se cerraban con intensidad y una voz grave por megáfono que anunciaba que debíamos salir o en breve destruirían el lugar.

Inés repartió las armas escondidas: dos a Julián y una a vos. Corrías tomando mi mano, inventando una voz calma para no alarmarme: “Todo va estar bien, hay que resistir”. Nuestro enfrentamiento falló, puertas y ventanas fueron tiradas mientras hombres armados entraban: el frío del fusil desprendió una serie de tiros para Inés y Julián que terminó con sus vidas.

Vos me llevaste al baño, mientras decías que trabe la puerta y por nada del mundo salga. O eso creo. Tres disparos impidieron que prosigas con la oración y quedes tendida frente a mis ojos. Toda una bella mártir. Entre miedo y llanto grité la bandera sostenida: “¡Patria o muerte!”.

Cuarenta años después, con lágrimas de orgullo y susurrando suave como tu voz, te digo y elevo: “Patria o muerte, mamá”.

Persecución a sexualidades disidentes

Fosa común | Por Zulma Zubillaga 

Cuando volví en mí, (si es que he vuelto en mí, yo no lo sé); quiero decir, cuando pude incorporarme después de las patadas, los escupitajos y los gritos, “hablá pendejo, hablá o te barremos”,  antes de ser expulsado del infierno, supe que serías el vacío de la fosa común, esta ausencia que hiere la memoria, papá.

Destruccion de la capacidad cientifica

 … | Por María Eugenia Cazanave

La noche está cerrada y el frío húmedo me cala los huesos. El frío y el miedo. Espero con desesperación la llegada de Carlos (que en realidad se llama José) a una cita de reubicación. Pero por la hora es probable que ya no llegue y yo no tengo dónde caer.

Mi enemigo es el reloj. Ya pasó más tiempo del que debía. Ya no debería estar acá. Carlos ya no llega y si no rajo ahora mismo soy boleta. Me están buscando. Me vendió el Tuerto. Tuerto hijo de puta. Tantas veces le limpié el culo a ese hijo de puta. Tuerto la concha de tu hermana. Me vendió.

La Gringa me puso al corriente de la situación. Estaba ahogada en lágrimas cuando me contó. Cayeron a la casa. Eran seis. Me buscaban a mí y a Licho. Licho ya está en Venezuela. Tiene guita Licho. El viejo es médico. Licho zafó.

Al Tuerto lo chuparon hace tiempo, pero el muy turro en vez de morder la pastilla se sube a los Falcon y sale a señalar aguantes con el dedo. Entonces vienen y nos revientan.

Me sudan las manos y los pies. Se agolpan en mi cabeza mil recuerdos, mil olores, mil ilusiones, mil promesas sin cumplir, el rostro de mi madre y de mis hermanas, el delantal blanco planchado con almidón, el glorioso día en que Ella nos visitó en la escuela y nos llenó de regalos y nos habló de igualdad.

Carlos la puta que te parió. ¿Dónde estás? ¡Carlos! ¿dónde mierda voy?

 

 

 

*Ilustración en portada: “El silencio de la sociedad”

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