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Un judío rezando en La Habana

Por Giovanny Jaramillo Rojas | Fotos: Dahian Cifuentes

Sobre la calle Obispo, en Centro Habana, un mundo de turistas. Gentes de todos los colores transitan atrapados en un impulso de consumo y complacencia que los excede. Una pareja de francesas intenta bailar un viejo son. Un argentino bebe un mojito, con detenimiento, mientras las observa. Un pequeño contingente de japoneses caminan con sus teleobjetivos al pecho. Cuatro yanquis, envueltos en camisetas deportivas, hablan duro, haciendo gala de su borrachera de ron. Alguien, con pinta de latino, posa y sonríe, frente a la pantalla de su celular. Los cubanos ofrecen todo tipo de servicios turísticos. La romería es insuperable. Son las 3 de la tarde y hacen, tranquilamente, unos 35 grados. Yo soy uno más. Un simple mirón.

Sobre la vereda advierto a un viejo. Sus ojos azules lo delatan como extranjero. Su vestimenta no. Permanece sentado y, mientras paso frente a él, escucho su acento cubano. Me quedo pensando. Me devuelvo. ¿Es un indigente? Puede ser. Veo que tiene un Quipa perfectamente adherido a su breve cabello blanco. Y un reloj gigante, plateado, que después descubriría como Rolex, o algo así. Además está limpio, excepto por sus pies que son un verdadero desastre. No puede ser un indigente. Pienso.

—Perdón, señor, ¿usted es judío? —le pregunto.

—Por supuesto. ¿Qué necesita? —fijando su mirada en un pequeño micrófono que no oculté bien en mi bermuda.

—Nada, sólo me llamó la atención verlo sentado ahí, entre la gente.

—Voy dos veces por día a la sinagoga. A la mañana y a la tarde. Ahora espero el turno de la tarde.  

—Ah bien, ¿podríamos charlar un rato mientras llega la hora?

—Claro, sí, ¿cuánto me va a pagar?

Su nombre es Luis Szklarz Tejblum, o por lo menos así lo anotó en mi libreta. Nació el 11 de agosto de 1932 en una Habana “muy diferente a esta, más próspera”, señala. Dice que es representante de una compañía venezolana cuyas actividades no precisa muy bien. Tiene tres hijos, dos nietos y dos bisnietos. Ningún descendiente suyo vive en Cuba.

Luis debió haber nacido en Polonia, el país de sus padres, pero el antisemitismo de la época puso a su padre en un barco que tenía como destino Estados Unidos y, tras una escala en Cuba que debió ser breve (pero que se prolongó por dos años), el viejo se resignó a vivir y trabajar en la isla y, para no sentirse tan solo, mandó traer a su joven novia.

Le pregunto si le gusta Cuba y se limita a responderme: “Yo, simplemente, nací aquí”.

Me cuenta que el primer judío que pisó tierra cubana vino con Cristóbal Colón y se llamó Luis de Torres, pero que, para poder referirnos a una comunidad judía concreta, hay que remontarse a las guerras independentistas del siglo XIX, en las cuales participaron 5000 judíos estadounidenses. Una vez proclamada la independencia de Cuba, unos 100 judíos decidieron quedarse y edificaron la primera sinagoga reformista de Cuba que estaba ubicada en la Avenida de los Presidentes y 21, en Vedado, lugar en el que ahora funciona un hotel.

La comunidad hebrea en la Cuba actual, según Luis, asciende exactamente a 687 judíos, con una notoria supremacía de los sefaraditas sobre los asquenazis. Una cifra que no rima con los datos oficiales que estiman la presencia de poco más de 1300 practicantes repartidos en toda la nación. Sin embargo, se ve convencido, de todas y cada una de sus historias y, al notar mi imperiosa atención, prosigue: “Hasta 1959 habían unos 25000, pero después de la Revolución Comunista empezó un éxodo que llevó a unos 20000 hacia los Estados Unidos y otros 2000 para Israel”.

Finalmente, que sus padres se hayan quedado en Cuba, no fue un error, puesto que en la isla no hay —ni hubo— ningún tipo de antisemitismo. Luis asocia este fenómeno de aparente “libertad de culto” a que algunos de los mayores dirigentes cubanos son de sangre judía, empezando por la familia Castro Ruz, de la cual asegura que el abuelo materno de Fidel era sefaradita de El Líbano y su apellido original era Ruzzo pero que, cuando emigró, le quitaron la o y se quedó en Ruz.

—¿Cómo es la relación entre las religiones que hay en Cuba?

—Aquí hay un consejo ecuménico en el cual no participa la iglesia católica, pero sí los cristianos protestantes, los musulmanes, los afro descendientes y nosotros. En Cuba no hay problema con las religiones. El partido mismo remarcó varias veces que para ser comunista lo único que hay que hacer es trabajar y los judíos, puntualmente, eso es lo que mejor sabemos hacer. El Estado no se mete con ninguna creencia siempre y cuando ellas no intenten involucrarse en asuntos políticos.

Le pregunto de qué vive y me explica que muchos judíos en Cuba viven gracias a donaciones, sobre todo de la comunidad hebrea mexicana, que muy amablemente les gira un dinero anualmente. Le aclaro que mi pregunta iba a que si tiene algún tipo de jubilación y me cuenta que el gobierno de Panamá también los ayuda con contenedores llenos de alimentos que son vendidos por la sinagoga ortodoxa (Adath Israel) “a diferentes precios, dependiendo de la frecuencia con la que uno asista a rezar: a los que van más, se los dejan más baratos”.

—¿Entonces por eso es que usted va dos veces al día?

—Claro, entre otras cosas —reconoce con media sonrisa—. Mucha gente nos apoya. El estado cubano nos da más comida que a los cubanos. Por ejemplo, solo a nosotros nos da 375 gramos de carne cada 9 días. A nadie más.

Luis Szklarz Tejblum tiene que irse a rezar. Saco de mi bolsillo 25 pesos cubanos (lo equivalente a 1 CUC, o un dólar) y, exponiéndome sus brillantes ojos y con voz parca, me dice: “Usted sabe que esto no es nada ¿cierto?”

 

 

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